2012-02-01

FEBRERO 2012

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Imágenes de Chip Willis





Juan Gelman

Anne Sexton

Jorge Valdés Díaz-Vélez

Ángel González

Maricruz Pato

Gilberto Owen

Francisco Hernández

Eloy Sánchez Rosillo

Joan Margarit

Sharon Olds

Thomas Transtmer


Juan Gelman




Oración



Habítame, penétrame.

Sea tu sangre una como mi sangre.
Tu boca entre a mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar.
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñeme tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.
Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.


Juan Gelman



Anne Sexton



Canción para una dama
        


El día de los pechos y las pequeñas caderas
la ventana acribillada por una desapacible lluvia,
lluvia arreciando como un pastor,
nos acoplamos, tan cuerdas y tan locas.
Yacimos como cucharas mientras la siniestra
lluvia caía como moscas sobre nuestros labios
y sobre nuestros ojos felices y nuestras pequeñas caderas.
        
«El cuarto está tan frío con lluvia», dijiste
y tú, femenina tú, con tu flor
rezaste novenas a mis tobillos y a mis codos.
Eres un producto nacional, un poder.
Oh mi cisne, mi esclava, mi querida rosa de lana,
incluso un notario daría fe de nuestro lecho
mientras tú me amasas y yo me elevo como pan.


Anne Sexton

Versión de Ben Clark



Jorge Valdés Díaz-Vélez




Canción de febrero

sobre el pecho del cielo, palpitando...
                                                                          Jaime Gil de Biedma

Leve y triste la tarde se retira
contigo hacia el crepúsculo y las horas               
empiezan a doler en los distantes
repliegues de la sábana. De pronto               
la noche ha regresado y es difícil
no pensar en tu boca momentánea               
o en las altas comarcas de tu cuerpo
en lienzos de algodón en alabanza.               
Ahora que no estás, vuelvo a mirar
el rayo que dividen tus pestañas               
y el estremecimiento de tu espalda
moldeándome los brazos, la sonrisa               
de tu sexo en los vértigos del labio,
el instante fluvial de tu alegría.               
A lo lejos respira el mar, asciende
la blanda superficie su clausura               
bajo un raso de líquidos cristales.
La noche sin tu piel crece más honda               
por las calles donde asperjas la lluvia.
En silencio te recuerdo, muchacha,               
con las últimas brasas que se apagan
contra el pecho del cielo, palpitando.


Jorge Valdés Díaz-Vélez



Chip Willis


Ángel González




Aquí, Madrid, mil novecientos cincuenta y cuatro: un hombre solo



Un hombre lleno de febrero,                   
ávido de domingos luminosos,                 
caminando hacia marzo paso a paso,           
hacia el marzo del viento y de los rojos     
horizontes -y la reciente primavera           
ya en la frontera del abril lluvioso...-     
                                             
Aquí, Madrid, entre tranvías                 
y reflejos, un hombre: un hombre solo.       
                                             
- Más tarde vendrá mayo y luego junio,       
y después julio y, al final, agosto -.       
                                             
Un hombre con un año para nada               
delante de su hastío para todo.


Ángel González



Maricruz Patiño




A propósito de Justine



... dice Durrell que la pareja
es un animal bicéfalo
por eso yo
prefiero andar a solas con mi propio cuerpo
yo se que
el beso casto enloquece a las bestias
haciéndolas bramar
Y eso es hermoso

Lo mejor sería
un solo cuerpo sin cabeza
un corazón radiante y bueno
que pueda sublimar el recuerdo salado
de las futuras lágrimas, digo
cuando los cuerpos vuelvan a sus cabezas
y se digan adiós

Sí, inventar un espejo de cuatro dimensiones
en el que reposar despiertos
haciendo el amor en otro mundo.


Maricruz Patiño



Chip Willis


Gilberto Owen





El naufragio



Esta mañana te sorprendo con el rostro tan desnudo que temblamos;
sin más que un aire de haber sido y sólo estar, ahora,
un aire que te cuelga de los ojos y los dientes,
correveidile colibrí, estático
dentro del halo de su movimiento.
Y no hablas. No hables,
que no tienes ya voz de adivinanza
y acaso te he perdido con saberte,
y acaso estás aquí, de pronto inmóvil,
tierra que me acogió de noche náufrago
y que al alba descubro isla desierta y árida;
y me voy por tu orilla, pensativo, y no encuentro
el litoral ni el nombre que te deseaba en la tormenta.

Esta mañana me consume en su rescoldo la conciencia de mis llagas;
sin ella no creería en la escalera inaccesible de la noche
ni en su hermoso guardián insobornable:
aquí me hirió su mano, aquí su sueño,
en Emel su sonrisa, en luz su poesía,
su desamor me agobia en tu mirada.
Y luché contra el mar toda la noche,
desde Homero hasta Joseph Conrad,
para llegar a tu rostro desierto
y en su arena leer que nada espere,
que no espere misterio, que no espere.

Con la mañana derogaron las estrellas sus señales y sus leyes
y es inútil que el cartógrafo dibuje ríos secos en la palma de la mano.


Gilberto Owen



Francisco Hernández





Alto contraste



1

de tus axilas brotan poemas ciegos
como murciélagos de una cueva
en el fondo del mar


2

bastará con mirarte
para que tus pechos se agiganten
y de ellos desciendan
los elefantes de Aníbal
para pisotearme


Francisco Hernández



Eloy Sánchez Rosillo




Aún



Qué misterioso era que ambos, en la distancia
casi impensable que nos desunía,
lográramos oírnos y que habláramos
idéntico lenguaje: el que pronto aprendimos
—bastaron la intuición y unas miradas—
en las contadas veces que la suerte
nos dio para sabernos y estar juntos.

Llegaban tus palabras hasta mí
titubeantes y con decisión,
entre fervores y melancolías.
Atravesaban días y noches, cielos, mares,
y al final enhebraban en un mágico hilo
soledades y asombros de uno y otro.
Imprevisiblemente me mostraban
tu mundo remotísimo, tus quehaceres, tu forma
peculiar de evocarme y pronunciarme,
tu intimidad que entonces pude sentir tan mía.

Sí, no ignoro que todo acaso no fue más
que un sueño que soñamos a un tiempo, pero se hizo
muy intensa la vida.
Y aun ahora
no consigo avenirme a dar por bueno
que aquello sucediera y terminara.
Porque no eres recuerdo: todavía
alienta en mi vivir —no en la memoria—
esa fragilidad tan verdadera
que el aire leve mece, pero no quiebra el viento.
Y es tu imagen un claro presente sucesivo
brotando a cada instante, que me causa
emoción, alegría y gratitud.
Y dolor. Y dulzura.


Eloy Sánchez Rosillo




Chip Willis



Joan Margarit





La carta



Mirabas siempre hacia adelante
como si allí estuviese el mar. Creabas
de esta manera un movimiento de olas
ajeno y mítico en alguna playa.
Nos unía la fuerza peligrosa
que da al amor la soledad.
Aún hace temblar entre mis dedos,
de forma imperceptible este papel.
Camino abandonado entre tú y yo,
cubierto por las cartas, hojas muertas.
Pero sé que el camino persiste.
Si abandono la mano sobre el pequeño fajo,
la siento descansar sobre tu espalda.
Solías escuchar hacia adelante
como si allí estuviese el mar, ya transformado
en una voz cansada, ronca y cálida.
Poco nos une aún: sólo el temblor
de este papel tan fino entre los dedos.


Joan Margarit