2009-07-01

JULIO 09






Imágenes de Christian Coigny





Rubén Bonifaz Nuño

Juan Gelman

Octavio Paz

Rosa Alice Branco

W H Auden

Gabriel Zaíd

John Donne

Verónica Volkow

Álvaro Mutis

Rafael Alberti

Ruth Padel





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Rubén Bonifaz Nuño

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Para los que llegan tarde a las fiestas
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Para los que llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues uno no sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;


para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;


para los que fueron invitados
una vez; aquéllos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta
ya mucho después de entrados todos
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;


para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;


para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados
los que no tendrán, los que no pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.



Rubén Bonifaz Nuño
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Juan Gelman




Restaurantes



Las telarañas del tiempo atrapan
sueños de mi pasado
y hacen su pasado así. En
el falso restaurante chino
de México, D.F., recibo
golpes de lo que fue, sus agujeros
llenos de predicciones
que me galopan el final. Allí
hay rostros ilegibles,
se pone gris lo atrás dejado
y el alma poco a poco
se mira en un puñado de
aire delgado y soledad.
Astros que caen en la mesa
y no se pueden comer.
El vino espía
tormentos del adiós y junio
es una calle larga con
un perro que ladra preguntas.



Juan Gelman



Octavio Paz




Relámpago en reposo



Tendida,
piedra hecha de mediodía,
ojos entrecerrados donde el blanco azulea,
entornada sonrisa.
Te incorporas a medias y sacudes tu melena de león.
Luego te tiendes,
delgada estría de lava en la roca,
rayo dormido.
Mientras duermes te acaricio y te pulo,
hacha esbelta,
flecha con que incendio la noche.

El mar combate allá lejos con espadas y plumas.



Octavio Paz
























Christian Coigny



Rosa Alice Branco




Dos palabras para la noche



Ahora soy el día. He ordenado las ropas
del último viaje, tu voz
en el cajón junto a la cama.
¿En qué lengua oigo las primeras vocales
de nuestro alfabeto, el olor de las sábanas
después de dormir? Viene despacio
por la calle estrecha donde se abre una flor
siempre que pasamos. Eres tú quien lo dice,
eres tú quien te abres cuando la flor. Cuando abres
el pan. El aceite en el plato y nuestros dedos
surcando los caminos de la boca y todo el cuerpo
camino uno del otro. También el vino.
El rojo de la noche. También la lengua.
Siento que la gastronomía y el amor
son dos palabras para la misma cosa.
No me acuses de plagio. ¿Cómo puedo
decir lo que todavía no has dicho?



Rosa Alice Branco



W H Auden




Si pudiera decirte



EL tiempo dirá tan sólo: “ya te dije”
Sólo el tiempo conoce el precio que hemos de pagar;
Si yo pudiera decírtelo, te lo haría saber.
Si debiéramos sollozar cuando los payasos hacen su número,
Si debiéramos tropezar cuando tocan los músicos,
El tiempo diría tan sólo “ya te lo dije”.
No hay fortunas que predecir, no obstante,
Porque te amo más de lo que puedo expresar
Si pudiera decírtelo, te lo haría saber.
Los vientos deben venir de alguna parte cuando soplan,
Debe haber razones por las que las hojas se pudren;
El tiempo dirá sólo “ya te lo dije”…
Tal vez las rosas realmente quieren crecer,
Tal vez la visión quiere en verdad permanecer;
Si pudiera decírtelo, te lo haría saber.
Supongamos que los leones se levantaran todos y se fueran,
Y que todos los arroyos y los soldados huyeran;
¿Dirá el tiempo algo que no sea ya te lo dije?
Si pudiera decírtelo te lo haría saber.



W. H. Auden



Gabriel Zaíd




Nocturno




Manantiales del agua
ya perenne, profunda
vida abierta en tus ojos.

Convive en ti la tierra
Poblada, su verdad
numerosa y sencilla.

Abre su plenitud
callada, su misterio,
la fábula del mundo.

Hallan su vocación
del Huerto, su quehacer,
manos contemplativas.

Estalla un mediodía
nocturno, arde en gracia
la noche, calla el cielo.

Tenue viento de pájaros
de recóndito fuego
habla en bocas y manos.

Viñas, las del silencio.
Viñas, las de las palabras
cargadas de silencio.



Gabriel Zaíd
























Christian Coigny
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John Donne




El saludo



Por mi fe, muchas veces me pregunto
qué hacíamos tú y yo antes de querernos.
¿Como niños aún no destetados
seguíamos chupando domésticos placeres?
¿Roncábamos tal vez en la caverna
de los Siete Durmientes? Así era.
Aquel u otro placer sólo fue sueño,
y si yo alguna vez vi. una belleza
que deseé y obtuve, no era nada
sino un sueño de ti.

Y ahora, ¡buenos días!
al doble despertar de nuestras almas,
que de nervios no aciertan a mirarse.
Porque el amor gobierna
todo el amor oculto de las cosas,
y hace de un todas partes, poco espacio.
Bien está que se fueran a buscar nuevos mundos
tantos descubridores, y que muestren los mapas
un mundo y otro mundo,
y el que somos cada uno de nosotros.

En tus ojos mi rostro,
en los míos el tuyo se retrata,
y los rostros reflejan
dos corazones sanos y leales.
¿En dónde encontraríamos mejores hemisferios,
sin crudo norte ni poniente en mengua?
Sólo mueren las mezclas desiguales:
si nuestros dos amores son uno, o tan idénticos
que ni el tuyo ni el mío cede al otro,
ninguno de los dos puede morir.



John Donne



Verónica Volkow




Petición



Dame la humildad del ala y de lo leve,
de lo que pasa suave
y suelta el ancla,
la despedida ingrávida,
y el abandono al vuelo,
la cicatriz que avanza
como ala en su desierto

Dame la humildad del alma
sin cuerpo y ya sin cosas.
Ser la poesía y su luz,
tan sólo la poesía
y la región más de aire,
inaccesible al desastre.

Dame la luz sin límites
acechando adentro
y la noche que soy también y el barro,
con la estrella distante
que la sed no sacia.

Dame la humildad que suelte las cadenas,
la verdad que desnuda
el polvo, el hueso que me fraguan.
Sólo en lo que soy caigo,
me derrumbo.

Déjame andar sin equipaje,
leve,
abierta al horizonte.



Verónica Volkow





















Christian Coigny



Álvaro Mutis




Exilio



Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.
Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Perpignan, Arreglen, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno, a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.
Y es entonces cuando peso mi exilio
y miro la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.



Álvaro Mutis




Rafael Alberti




Retornos del amor en una noche de verano



A tientas el amor, a ciegas en lo oscuro
tal vez entre las ramas, madura, alguna estrella,
vuelvo a sentirlo, vuelvo,
mojado de la escarcha caliente de la noche,
contra el hoyo de mentas tronchadas y tomillos.
Es él, único, sólo, lo mismo que mi mano
la piel desparramada de mi cuerpo, la sombra
de mi recién salido corazón, los umbrosos
centros más subterráneos de mi ser lo querían.
Vuelve único, vuelve
como forma tocada nada más, como llena
palpitación tendida cubierta de cabellos,
como sangre enredada en mi sangre, un latido
dentro de otro latido solamente.
Más las palabras, ¿dónde?
Las palabras no llegan. No tuvieron espacio
en aquel agostado nocturno, no tuvieron
ese mínimo aire que media entre dos bocas
antes de reducirse a un clavel silencioso.
Pero un aroma oculto se desliza , resbala,
me quema un desvelado olor a oscura orilla.
Alguien está prendiendo por la yerba un murmullo.
Es que siempre en la noche del amor pasa un río.



Rafael Alberti




















Christian Coigny



Ruth Padel




Tigre bebiendo de un charco del bosque



Agua, luz de luna, peligro, sueño,
borne de bronce, inclinada
encima de la raíz de un árbol.
Una octavada de luz, luego nada,
una luna roja, vista
a través de las nubes, o casi vista
Y del tesoro encontrado, pero perdido,
coqueteando entre los mundos
de lo perdido y lo encontrado
una ley injusta, anulada, un deseo
hecho realidad, una tristeza
de toda la vida, resanada
el refugio en la mente
de cualquier persona dañada
con mezquindades.
Una oración, rescatada de momento,
la traición perdonada,
llama del enredo, cruje glaseada,
el ámbar reflejado,
en una leche gris jade.
Una vieja canción recordada,
una larga deuda saldada
una pintura sobre seda,
que pudiera desvanecerse.



Ruth Padel