Con música de Whitman
TE CELEBRO y te canto a ti misma,
y lo que ahora diga de ti
lo dirán nuevos enamorados
de otras secretarias como tú,
porque cada herida que en mí dejó
cada buenos días, cada gesto, cada sábana,
mañana volverá a abrirse en ellos.
Vago e invito a mi alma
a subvertir el orden del primer cuadro.
Me detengo a mi antojo en cualquier esquina
para ver cómo en la mañana
ellas pasan todas medias, vestidos y perfumes.
Mi verso y cada molécula de mi sangre
nacieron de este tezontle y estos montes,
de padres que engendraron a otros padres
que aquí padecieron.
Cumplidos los veintitrés,
mi salud marcha al ritmo de la ciudad que te recibe,
y en las calles que te ven pasar cada mañana
comienzo a cantarte
con la esperanza de hacerlo hasta la mañana
comienzo a cantarte
con la esperanza de hacerlo hasta la muerte.
No canto ahora las sirenas de aparador,
esas muñecas perfectas que se quebrarían
sólo con mirarlas.
Qué nadie olvide, oh poetas,
cantar alguna vez los muslos rubios, elásticos y eternos
de las muchachas judías que montan bicicleta
en las calles de Polanco,
que nadie lo olvide.
Pero ahora canto en este otro lado,
donde al toque de queda del silencio,
presa en su jaula de oro la sonrisa,
asoma su látigo el nuevo día.
Entonces te celebro y canto
porque te arreglas el maquillaje
antes de pedir la parada
y en la puerta del autobús
eres acariciada sin pedirlo;
porque eres la reina ofendida
esperando la alfombra que no llega
mientras caminas rumbo a la oficina
donde sueñan contigo.
Te celebro y te canto a ti misma,
abro de par en par las puertas de este verso
para que defiendas tu rabioso derecho
a soñar príncipes azules, cielos limpios,
ciudades en las que todos
reconozcan tu monarquía ultrajada.
Vicente Quirarte
Trevor Watson