2008-07-01

JULIO 08

.
.


Imágenes de Roy Stuart


.
.
Odiseas Elytis...Hugo Gutiérrez Vega

Fernando Pessoa

Concha Urquiza...Enrique González Rojo

Billy Collins...Delimira Agustini...Margaret Atwood

Eloy Sánchez Rosillo...Carlos Pellicer

Oliverio Girondo







Odiseas Elytis

.
.
.
Sol el primero



No conozco ya la noche, terrible anonimia de la muerte.
En lo hondo de mi alma ancla una flota de estrellas.
Véspero, centinela, brilla junto a la celeste
brisa de una isla que me sueña
para que anuncie yo el alba desde sus altas rocas.
Mis dos ojos en abrazo te navegan, con el astro
de mi verdadero corazón: no conozco ya la noche.

No conozco ya los nombres de un mundo que me niega.
Nítidamente leo las conchas, las hojas, las estrellas.
El rencor me es superfluo en las sendas del cielo.
Salvo que sea el sueño, que me vuelve a mirar
cruzar con lágrimas, el mar de la inmortalidad.
Véspero bajo el arco de tu fuego de oro,
La noche, que es sólo noche, no la conozco ya.



Odiseas Eytis
.
.
.



Hugo Gutiérrez Vega

.
.
.
Canción de amor de Demetrio
.
.
.
Dormida, con la luz del alba tocándote la espalda,
la paz está contigo.
En la noche se arrastraron los sueños,
los garfios se apoderaron de tu carne
y, sin embargo, la presencia de una tarde en particular
en la que las manos se entrelazaron
y el viento llegó con jazmines,
hizo que siguieras dormida con una sonrisa en los
párpados.
En esa tarde las muchachas corrían por el sendero
y el perfume de los pinos cerraba dulcemente
el horizonte.
Nuestras manos iban juntas
y decidimos anotar ese deslumbramiento.
Basta con una tarde recordable, todo esto es tan frágil,
para sentir el esplendor de lo real.
Lo demás son las nubes que anuncian tormenta,
días perdidos en el calendario de la cocina,
palabras dichas descuidadamente,
privadas de su significado por el estruendo
de las horas,
por este vivir sin darse cuenta de que se está en la vida.
Ahora te miro con la luz del alba en la espalda
y una ternura desconocida me obliga a tocar tu pelo
que tiene ya los primeros rayos del sol.
He aquí otro momento de esplendor,
he aquí que, con la mañana, entró a la casa
el ángel de la serenidad.



Hugo Gutiérrez Vega
.
.
.
Roy Stuart







Fernando Pessoa

.
.
.
Llueve en silencio



Llueve en silencio, que esta lluvia es muda
y no hace ruido sino con sosiego.
El cielo duerme. Cuando el alma es viuda
de algo que ignora, el sentimiento es ciego.
Llueve. De mí (de este que soy) reniego...

Tan dulce es esta lluvia de escuchar
(no parece de nubes) que parece
que no es lluvia, mas sólo un susurrar
que a sí mismo se olvida cuando crece.
Llueve. Nada apetece...

No pasa el viento, cielo no hay que sienta.
Llueve lejana e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un deseo grande que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente...



Fernando Pessoa


Versión de Ángel Crespo
.
.
.

Concha Urquiza

.
.
.
Romance de la lluvia


............................¡ay, corazón quexoso, cosa desaguisada!
....................¿por qué matas el cuerpo do tienes tu morada?

.................................................Libro de Buen Amor, 786


Corazón, bajo la lluvia
herido de amor te llevo;
te cerca el campo mojado,
la lluvia te dice versos,
el agua gime al caer
en tus abismos de fuego.
La roja tierra del monte
entreabre el húmedo seno;
en el regazo del valle
ríen los pétalos tersos,
y hacen blanco en el río
las flechas de los luceros.

Bajo la lluvia liviana
herido de amor te llevo;
muchas aguas han llovido
sobre tu herida de fuego;
muchas noches te han cegado,
muchas albas te han envuelto*,
¡tengámonos a gustar*
el dulce llanto del cielo!

Corazón, corazón mío,
descansa bajo mi pecho;
mira cómo se deshojan
las nubes de lento vuelo;
¡cierra la sangrienta boca
y dame un trago de sueño!

Descansa, viajero ardiente,
descansa, ya llegaremos
-allá detrás de la lluvia-
al claro "allá" , de tu anhelo;
ya abrevarán en tu herida
aquellos labios sedientos,
ya templarán tus ardores
aquellos ojos sin tiempo,
ya bajarás al abismo
deleitoso de su pecho,
y anudarás tus latidos
a sus latidos eternos...!

Corazón, bajo la lluvia
herido de amor te llevo:
por los labios de tu herida
silban rimando los vientos,
y el agua gime al caer
en tus abismos de fuego.



Concha Urquiza
























Roy Stuart





Enrique González Rojo

.
.
.
Pequeño asedio a la imaginación



La hechura del mundo,
el acto de prestidigitación
que extrae del corazón de la nada
lo que existe,
está vedada a cualquier criatura
o dios posibles.

La materia, allá en las intimidades de su ser,
no puede ser extinguida,
anulada,
pulverizada hasta el no ser.

La materia es el telón de fondo,
el bajo continuo,
el escenario sempiterno
de nuestras andanzas.
Las mesas, las sillas,
los roperos
no los hace Dios
sino el amoroso acto que unifica al carpintero
con un árbol que no supo defenderse
del afilado viento de un hachazo.
Los barcos, las novelas policíacas,
las murallas chinas
o las pantuflas insomnes,
no forman parte del repertorio,
el currículo,
las galerías de cosas
que dicen poseer las deidades.
No son más que estados de ánimo de los hombres,
fantasías,
juguetes,
cuentos de no acabar
contados por relojes desquiciados.
La única deidad que hay en el mundo
se halla en las manos del poeta.
Ellas le enmiendan la plana a lo que existe.
Corrigen el curso de los ríos,
cambian las cosas de su sitio,
vuelan el papalote de un milagro…



Enrique González Rojo
.
.
.

Billy Collins

.
.
.
Pin-Up



La lobreguez del garaje local no es tan densa
como para no distinguir el calendario de pin-ups
que cuelga de la pared, encima de un banco de herramientas.
Te zumban los oídos con el martilleo
del mecánico en el tubo de escape,
y, cuando te acercas a mirar, adviertes que la de este mes
no es la que empuja el cortacésped, con un
sombrero de paja, unos escasísimos pantaloncitos azules
y la blusa anudada justo debajo del pecho.
Como tampoco la que lleva una gorra de almirante e, inclinada
hacia adelante, apoya las manos en un pilar del muelle
y observa por encima de las anclas diminutas que luce en los hombros.
No, estamos en marzo, el mes de los vendavales.
Muy apropiadamente, es la que pasea al perro
por una acera de la ciudad en un día ventoso.
Una mano está ocupada en evitar que el viento le vuele el sombrero
y con la otra sujeta la correa del perrito,
así que, claro, ya no le queda ninguna para bajarse
la falda que se le levanta y se le lía a la cintura,
dejando al descubierto unas piernas largas, con medias, y, sí, el secreto
aparato del liguero. Huelga decir que,
con la confusión creada por el viento y la excitación del perro,
la correa se le ha enrollado con varias vueltas
en los tobillos, lo que le da un aire de impotencia
y desamparo, al que colaboran también
los tacones imposibles con los que se menea.
Te encantaría acudir a su rescate,
coger al perrillo en los brazos,
desenrollar la correa, infundirle seguridad de nuevo
y recibir su insondable gratitud, pero
el mecánico te llama para que compruebes
algo debajo del coche. Al parecer, se ha
encontrado con un problema y el trabajo va a
salir más caro de lo que te había dicho y tardar
mucho más de lo que había pensado.
Bien, qué le vamos a hacer, te oyes decir,
y luego vuelves a tu sitio junto al banco de trabajo,
sabiendo que, cuando el martilleo se reanude,
levantarás muy despacio la hoja del calendario,
lo suficiente como para vislumbrar lo que
te reserva el futuro: ah,
el paraguas de topos rojos de abril y su
palma extendida tímidamente bajo la lluvia.



Billy Collins
.
.
Versión de Eduardo Moga
.






















Roy Stuart







Delmira Agustini

.
.
.
Tu boca



Yo hacía una divina labor, sobre la roca
creciente del orgullo. De la vida lejana
algún pétalo vivo voló en la mañana,
algún beso en la noche. Tenaz como una loca,

seguía mi divina labor sobre la roca,
cuando tu voz que funde como sacra campana
en la nota celeste la vibración humana,
tendió su lazo de oro al borde de tu boca;

-¡Maravilloso nido del vértigo, tu boca!
Dos pétalos de rosa abrochando un abismo...-
Labor, labor gloriosa, dolorosa y liviana;

tela donde mi espíritu se fue tramando él mismo
tú quedas en la testa soberbia de la roca,
y yo caigo sin fin en el sangriento abismo!



Delmira Agustini
.
.
.

Margaret Atwood

.
.
.
Sin nombre



Una pesadilla te asalta con frecuencia:
llega un hombre herido, por la noche,
a tu casa
-sitúas el agujero en el pecho, a la izquierda...
Su sangre al brotar mancha
tu puerta, al apoyarse,
casi desvaneciéndose...
Quiere que le dejes entrar.
Es como el alma de un amante
muerto y resucitado
hambriento aún
sólo que no está muerto. Y aunque el vello en tus brazos
se eriza y un aire frío
que de él proviene
cruza tu umbral,
no has visto a nadie más vivo que él
cuando te toca, apenas roza tu mano
con la izquierda suya, su mano limpia,
y un "por favor" susurra,
en cualquier idioma...
Tú no eres médico ni nada parecido.
Has llevado una vida normal,
lo que un observador llamaría "sin tacha".
Detrás, en la mesa,
hay un cuenco con fruta,
una silla, un cuchillo,
un plato con pan...
Es primavera, y el viento de la noche
huele, húmedo, a marga removida
y a flores tempranas.
La luna irradia su belleza
que como belleza ves al fin,
tan cálida y ofreciéndolo todo.
... Sólo hay que tomarlo.
Oyes ladrar perros distantes.
La puerta está entreabierta
o entrecerrada:
así permanece y tú no puedes despertar.



Margaret Atwood
.
.
.

Eloy Sánchez Rosillo


.

.
.
Alabanza de la noche



La luz los separaba. No podían
acomodar sus ojos al dolor que la mañana
derramaba en su mundo, en el tierno desorden de sus cosas.
El día le dictaba a la indolencia normas de claridad,
difíciles caminos bajo el sol.

Malgastaban su tiempo en trabajos extraños,
en tareas que les eran ajenas y que las horas
dejaban en sus manos de repente.

Y transcurrían siglos de silencio, inacabables
épocas de sed, grandes espacios de flores muertas,
Pero al fin la triste respiración de la ciudad cansada
les decía que comenzaba a regresar el atardecer.
Posaban la mirada en las lejanas cumbres. Presentían
que en el rumor oscuro de sus árboles
ya estarían las aves buscando su cobijo,
su humilde refugio de verdor apagado.

Entonces olvidaban la larga separación,
rompían las ataduras de la luz
y se encontraban de nuevo en el límite exacto de la sombra.

Porque la noche los unía, los empujaba suavemente
al lecho en que los cuerpos celebran los ritos de la
......................................................inmediatez,
al reino de la inocencia y de lo verdadero.



Eloy Sánchez Rosillo
.
.
.






















Roy Stuart









Carlos Pellicer

.
.
.
Recinto



Ya nada tengo yo que sea mío:
mi voz y mi silencio son ya tuyos
y los dones sutiles y la gloria
de la resurrección de la ceniza
por las derrotas de otros días.
La nube
que me das en el agua de tu mano
es la sed que he deseado en todo estío,
la abrasadora desnudez de junio,
el sueño que dejaba pensativas
mis manos en la frente
del horizonte... Gracias por los cielos
de indiferencia y tierras de amargura
que tanto y mucho fueron. Gracias por
las desesperaciones, soledades.
Ahora me gobiernas por las manos
que saben oprimir las claras mías.
Por la voz que me nombra con el nombre
sin nombre... Por las ávidas miradas
que el inefable modo sólo tienen.
Al fin tengo tu voz por el acento
de saber responder a quien me llama
y me dice tu nombre
mientras en los pinares se oye el viento
y el sol quiere ser negro entre las ramas.



Carlos Pellicer
.
.
.

Oliverio Girondo

.
.
.
¡Todo era amor!



¡Todo era amor... amor!
No había nada más que amor.
En todas partes se encontraba amor.
No se podía hablar más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla,
amor al portador, amor a plazos.
Amor analizable, analizado.
Amor ultramarino.
Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche...
lleno de prevenciones, de preventivos;
lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M, con una M mayúscula,
chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas...
Amor espermatozoico, esperantista.
Amor desinfectado, amor untuoso...
Amor con sus accesorios, con sus repuestos;
con sus faltas de puntualidad, de ortografía;
con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes,
de los bomberos.
Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas,
que arranca los botones de los botines,
que se alimenta de encelo y de ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto.
Amor incandescente y amor incauto.
Amor indeformable. Amor desnudo.
Amor amor que es, simplemente, amor.
Amor y amor... ¡y nada más que amor!



Oliverio Girondo
.
.
.






















Roy  Stuart