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Cuerpos iluminados: palabras al azar de tu deriva.
Espejo no
Espejo no: marea luminosa,
marea blanca.
Conforme en todo al movimiento
con que respira el agua
¡cómo se inflama en su delgada prisa
marea alta
y alumbra -qué pureza de contornos,
qué piel de flor- la distancia,
desnuda ya de peso,
ya de eminente claridad helada!
Conforme en todo a la molicie
con que reposa el agua,
¡cómo se vuelve hondura, hondura,
marea baja,
y más cristal que luz, más ojo,
intenta una mirada
en la que -espectros de color- las formas,
las claras, bellas, mal heridas, sangran!
José Gorostiza
Poema donde amor dice
Eres el tallo que los ojos hiere
murmurando una luz anochecida;
eres aliento encadenado al fuego,
paloma navegando en la mirada
con inocencia de disuelto aroma.
Eres perfume espeso, flor vencida,
caricia de un aroma enamorado;
eres espacio donde se origina
un oscuro gemido prisionero,
como latido de ala en el rocío.
Eres lenta penumbra que los labios
cruza en silencio; apenas leve huella
de un sabor a la sombra derramado;
espuma prisionera en su cristal,
hecha sonido, luz, aroma y pluma.
Eres tal un murmullo transparente
en temblorosa vibración vertido;
eres flor de aire que navega incierta
como sonoro viaje hacia el oído
o aleteo herido de azucena.
Eres aroma preso entre mis manos
hasta decir caricia fugitiva;
una huida paloma sobre el cuerpo,
al contacto del mío temblorosa,
bajo el cálido vuelo de mi tacto.
Mas cruzas como un sueño desnudado,
fugaz como el correr del agua pura;
sueño que se desborda de su forma,
última espuma que en tu piel murmura
la postrera fatiga del deseo.
Sólo un aroma erige la blancura
o aurora de tu voz acariciada,
así de alba es la antigua ola
que urdida en sal y caracol asciende
y después en afán queda anegada.
Así también mis labios en silencio
reciben el murmullo de tu piel,
al oír a las alas de tus poros
convertirse en alientos y gemidos
y en un suave sudor de flor tranquila.
Entonces ya no labios, sino oídos
ardientes para asirte y contemplarte,
como a estatua bañada por la música
de una tristeza o ángel deslizado
que mordiera tu imagen silenciosa.
Porque el tacto ilumina tu desnudo
que a su trémulo encuentro se ha mudado
en sal, paloma, vuelo, rosa y llama,
y oye cómo por tu piel florece
y madura la sombra de la muerte.
Alí Chumacero

Ni aún el cuerpo resiste
tanta resurrección, y busca abrigo
ante este viento que ya templa y trae
olor, y nueva intimidad. Ya cuanto
fue hambre, ahora es sustento. Y se aligera
la vida, y un destello generoso
vibra por nuestras calles. Pero sigue
turbia nuestra retina, y la saliva
seca, y los pies van a la desbandada,
como siempre. Y entonces,
esta presión fogosa que nos trae
el cuerpo aún frágil de la primavera,
ronda en torno al invierno
de nuestro corazón, buscando un sitio
por donde entrar en él. Y aquí, a la vuelta
de la esquina, al acecho,
en feraz merodeo,
nos ventea la ropa,
nos orea el trabajo,
barre la casa, engrasa nuestras puertas
duras de oscura cerrazón, las abre
a no sé qué hospitalidad hermosa
y nos desborda y, aunque
nunca nos demos cuenta
de tanta juventud, de lleno en lleno
nos arrasa. Sí, a poco
del sol salido, un viento ya gustoso,
sereno de simiente, sopló en torno
de nuestra sequedad, de la injusticia
de nuestros años, alentó para algo
más hermoso que tanta
desconfianza y tanto desaliento,
más gallardo que nuestro
miedo a su honda rebelión, a su alta
resurrección. Y ahora
yo, que perdí mi libertad por todo,
quiero oír cómo el pobre
ruido de nuestro pulso se va a rastras
tras el cálido son de esta alianza
y ambos hacen la música
arrolladora, sin compás, a sordas,
por la que se llegará algún día,
quizá en medio de enero, en el que todos
sepamos el por qué del nombre: «viento
de primavera»
Claudio Rodríguez
Aquí está la cañada, una tira de piel
que cubre la brecha como un puente colgante.
Del grosor de un paño, tiembla con la sangre
que corre debajo. Algo menos tangible
cursa allí también, una burbujeante zanja
de imágenes: el gato casero que se estira;
llaves de coche que suenan y atrapan la luz;
duelas con nudos de oscuros ojos de animal;
la ventana con su cambiante cuadrante de cielo.
Todas las cosas iguales, cada una un asombro,
y todo sin que medie el habitual
agarre de la mente a un por qué
y a un y qué. Frunces el ceño ante una descolorida
piña en el papel tapiz, y la membrana
palpita más fuerte. Tengo cuidado
al peinar tu ralo pelo castaño.
Al cantar tu nombre me apropio de un tono
que nunca uso al hablar. Las palabras
no importan; estoy diciendo bébeme mientras puedas,
como leche. Déjame ser carne y franela,
manos que sueltan tu arrugada manta.
Conóceme por el olor antes de saber mi nombre,
antes de que las manijas se vuelvan manijas,
antes de que las puertas suelden.
April Linder
Traición y