2008-02-01

FEBRERO 08


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Imágenes de Dahmane





Ángel González
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JoEmilio Pacheco


Jorge Eduardo Eielson


Rubén Bonifaz No Adonis


Xavier Villaurrutia Wallace Stevens


Reina María Rodríguez Celia Meireles


Cristina Peri Rossi Jorge Fernández Granados



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Ángel González




Muerte en el olvido



Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
─oscuro, torpe, malo─ el que la habita...



Ángel González



José Emilio Pacheco




Retorno a Sísifo



Rodó la piedra y otra vez como antes
la empujaré, la empujaré cuestarriba
para verla rodar de nuevo.
Comienza la batalla que he librado mil veces
contra la piedra y Sísifo y mí mismo.
Piedra que nunca te detendrás en la cima:
te doy las gracias por rodar cuestabajo.
Sin este drama inútil sería inútil la vida.



José Emilio Pacheco



Jorge Eduardo Eielson




Ceremonia solitaria en compañía de tu cuerpo



Penetro tu cuerpo tu cuerpo
De carne penetro me hundo
Entre tu lengua y tu mirada pura
Primero con mis ojos
Con mi corazón con mis labios
Luego con mi soledad
Con mis huesos con mi glande
Entro y salgo de tu cuerpo
Como si fuera un espejo
Atravieso pelos y quejidos
No sé cuál es tu piel y cuál la mía
Cuál mi esqueleto y cuál el tuyo
Tu sangre brilla en mis arterias
Semejante a un lucero
Mis brazos y tus brazos son los brazos
De una estrella que se multiplica
Y que nos llena de ternura
Somos un animal que se enamora
Mitad ceniza mitad latido
Un puñado de tierra que respira
De incandescentes materias
Que jadean y que gozan
Y que jamás reposan.



Jorge Eduardo Eielson




Dahmane




Rubén Bonifaz Nuño




Desde su nudo…



Desde su nudo a ciegas, desde

su ramazón violeta, suena

encogida en su hervor la sola

fuente del conjuro que te llama.

Tú, palabra antigua, bajo el lirio

del vientre de la noche sabes

lo que no soy; desde lejanos

nombres como ciudades, vienes;

como pueblos de alas retenidas

vienes; como bocas no saciadas.

Mañana espacial entre despojos

nupciales; lecho reviviente

del amor de ramas libertadas

sobre la herrumbe de otras hojas;

juicio universal de cada instante.

Del tiempo matinal emerges

con terrestre peso de estaciones

al sol; en mi cuerpo te alimentas;

orden de vida restableces

en mi corazón desengranado.



Rubén Bonifaz Nuño




Adonis




El viajero



He dejado
─viajero.
mi rostro sobre el vidrio de mi lámpara.
Mi mapa es una tierra sin creador.
La negación de todo, mi evangelio.



Adonis

Alí Ahmad Said Esbe



Dahmane





Xavier Villaurrutia




Nocturno miedo



Todo en la noche vive una duda secreta:
el silencio y el ruido, el tiempo y el lugar.
Inmóviles dormidos o despiertos sonámbulos
nada podemos contra la secreta ansiedad.
Y no basta cerrar los ojos en la sombra
ni hundirlos en el sueño para ya no mirar,
porque en la dura sombra y en la gruta del sueño
la misma luz nocturna nos vuelve a desvelar.

Entonces, con el paso de un dormido despierto,
sin rumbo y sin objeto nos echamos a andar.
La noche vierte sobre nosotros su misterio,
y algo nos dice que morir es despertar.

¿Y quien entre las sombras de una calle desierta,
en el muro, lívido espejo de soledad,
no se ha visto pasar o venir a su encuentro
y no ha sentido miedo, angustia, duda mortal?

El miedo de no ser sino un cuerpo vacío
que alguien, yo mismo o cualquier otro, puede ocupar
y la angustia de verse fuera de si viviendo
y la duda de ser o no ser realidad.



Xavier Villaurrutia



Wallace Stevens




Soliloquio final del amante interior



Enciende la primera luz del atardecer, como en un cuarto
En el que reposamos y, por una razón fútil,
Pensamos que el mundo imaginado es el bien esencial.

Ésta es, por tanto, la cita más intensa.
Con esta idea nos reunimos, prescindiendo
De toda indiferencia, en una sola cosa:

Dentro de una cosa sola, un solo chal
Rodeándonos fuerte; pues somos pobres, un calor,
Una luz, un poder, la influencia milagrosa.

Ahora, aquí, nos olvidamos el uno del otro y de nosotros mismos.
Sentimos la oscuridad de un orden, una totalidad,
Un saber, que organizó la cita.

Dentro de su lindes vitales, en la mente.
Decimos: Dios y la imaginación son una misma cosa...
Cuán arriba la candela más alta ilumina lo oscuro.

De esta misma luz, de esta mente central,
Hacemos una morada en el aire del atardecer
En la que estar allí, juntos, es suficiente.



Wallace Stevens




Dahmane



Reina María Rodríguez



anochece



anochece sobre las tejas de Madrid
pero en las manos traigo la humedad
de las aguas del Báltico.
todavía húmedas,
frías,
me han quemado con esos verdes que no maduran.
es la travesía desde los ojos de los cisnes
tras una fruta opaca. anochece
y estoy tan cerca de tu cuerpo en una casa extraña
contra los pies que en la madera quieren frotar
una textura adormecida sobre un paisaje irreal
(me han devuelto a la conciencia las palabras
que no están donde sueño o donde miro
busco un sueño donde están las sensaciones
porque ya no hay nada que mirar)
y busco algo que querer antes que la noche
irrite mis párpados que sobre las aguas del Báltico
han bebido toda su humedad. porque también anochece
sin prisa sobre las tejas de Madrid y yo miro
por la abertura oblicua de mi piel
la tuya.



Reina María Rodríguez



Cecília Meireles

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Reinvención
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La vida sólo es posible
reinventada.
Va el sol por los campos
y pasea su dorada mano
Por las aguas, por las hojas...
¡Ah, todo burbujas
que brotan de hondas piscinas
de ilusión… -nada jamás.
Ah, todo burbujas.
Pero la vida, la vida, la vida
la vida sólo es posible reinventada.
Viene la luna, viene, retira
las cadenas de mis brazos.
Me proyecto por espacios
llenos de tu figura.
Sola, equilibrada en el tiempo,
me desprendo del vaivén
que más allá del tiempo me lleva.
Sola, en la tiniebla
permanezco: recibida y dada.
Porque la vida, la vida, la vida,
la vida sólo es posible
reinventada.


Cecília Meireles




Dahmane








Cristina Peri Rossi




Once de septiembre




El once de septiembre del dos mil uno
mientras las Torres Gemelas caían,
yo estaba haciendo el amor.
El once de septiembre del año dos mil uno
a las tres de la tarde, hora de España,
un avión se estrellaba en Nueva York,
y yo gozaba haciendo el amor.
Los agoreros hablaban del fin de una civilización
pero yo hacía el amor.
Los apocalípticos pronosticaban la guerra santa,
pero yo fornicaba hasta morir
–si hay que morir, que sea de exaltación–.
El once de septiembre del año dos mil uno
un segundo avión se precipitó sobre Nueva York
en el momento justo en que yo caía sobre ti
como un cuerpo lanzado desde el espacio
me precipitaba sobre tus nalgas
nadaba entre tus zumos
aterrizaba en tus entrañas
y vísceras cualesquiera.
Y mientras otro avión volaba sobre Washington
con propósitos siniestros
yo hacía el amor en tierra
–cuatro de la tarde, hora de España–
devoraba tus pechos tu pubis tus flancos
hurí que la vida me ha concedido
sin necesidad de matar a nadie.
Nos amábamos tierna apasionadamente
en el Edén de la cama
–territorio sin banderas, sin fronteras,
sin límites, geografía de sueños,
isla robada a la cotidianidad, a los mapas
al patriarcado y a los derechos hereditarios–
sin escuchar la radio
ni el televisor
sin oír a los vecinos
escuchando sólo nuestros ayes
pero habíamos olvidado apagar el móvil
ese apéndice ortopédico.
Cuando sonó, alguien me dijo: Nueva York se cae
ha comenzado la guerra santa
y yo, babeante de tus zumos interiores
no le hice el menor caso,
desconecté el móvil
miles de muertos, alcancé a oír,
pero yo estaba bien viva,
muy viva fornicando.
“¿Qué ha sido?”, preguntaste,
los senos colgando como ubres hinchadas.
“Creo que Nueva York se hunde”, murmuré,
comiéndome tu lóbulo derecho.
“Es una pena”, contestaste
mientras me chupabas succionabas
mis labios inferiores.
Y no encendimos el televisor
ni la radio el resto del día,
de modo que no tendremos nada que contar
a nuestros descendientes
cuando nos pregunten
qué estábamos haciendo
el once de septiembre del año dos mil uno,
cuando las Torres Gemelas se derrumbaron sobre Nueva York.



Cristina Peri Rossi





Jorge Fernández Granados




Exilio



Algún día estaré contigo donde un ala
sea la errante evidencia del milagro,
en una patria que el viento dispersó,
una tierra que nos vio caer
para olvidarnos.

Algún día despertaremos ahí,
a un lado de la luz, como los pájaros,
tal vez viajeros en la niebla
con una rama de olivo entre los dedos,
cansados de esperar, obedecer y morir,
salvajes como el dios de nuestra infancia.

Algún día, cuando la maldición del tiempo se
termine,
tocará nuestra frente el agua de un umbral
perdido.

Ese día estaremos de regreso.



Jorge Fernández Granados