2007-12-09

DICIEMBRE 07





Imágenes de Norbert Guthier



Castellanos

Hernández

Borges

Zaíd

Baudelaire

Rakosi

Valente

Rilke

Ortega

Quiñones

de Aguinaga







Rosario Castellanos




Lívida luz



No puedo hablar sino de lo que sé.

Como Tomás tengo la mano hundida
en una llaga. Y duele en el otro y en mi.

¡Ah, qué sudor helado de agonía!
¡Qué convulsión de asco!

No, no quiero consuelo, ni olvido, ni esperanza.
Quiero valor para permanecer,
para no traicionar lo nuestro: el día
presente y esta luz con que se mira entero.



Rosario Castellanos
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Francisco Hernández




Ahora, rojo es el lenguaje...




Ahora, rojo es el lenguaje,

rojo como mi lengua cuando pasa

sobre la flor labiodental del flamboyán.

Ahora, tu cara es roja,

roja como cuando se enfrenta

a la rubicundez arrugada de mi cara.

Ahora, más que nunca,

rojo antojo de tus grandes ojos.


(Sobre una llave de agua, canta un gallo

blanco a punto de enrojecer.).




Francisco Hernández





Norbert Guthier





Jorge Luis Borges




A una espada en York Minster



En su hierro perdura el hombre fuerte,
hoy polvo de planeta, que en las guerras
de ásperos mares y arrasadas tierras
lo esgrimió, vano al fin, contra la muerte.


Vana también la muerte. Aquí está el hombre
blanco y feral que de Noruega vino,
urgido por el épico destino;
su espada es hoy su símbolo y su nombre.


Pese a la larga muerte y su destierro,
la mano atroz sigue oprimiendo el hierro
y soy sombra en la sombra ante el guerrero


cuya sombra está aquí. Soy un instante
y el instante ceniza, no diamante,
y sólo lo pasado es verdadero.



Jorge Luis Borges



Gabriel Zaíd




La ofrenda




Mi amada es una tierra agradecida.

Jamás se pierde lo que en ella se siembra.

Toda fe puesta en ella fructifica.

Aún la menor palabra en ella da su fruto.

Todo en ella se cumple, todo llega al verano.

Cargada está de dávidas, pródiga y en sazón.

En sus labios la gracia se siente agradecida.

En sus ojos, su pecho, sus actos, su silencio.

Le he dado lo que es suyo, por eso me lo entrega.

Es el altar, la diosa y el cuerpo de la ofrenda.




Gabriel Zaíd





Charles Baudelaire




Sed non satiata


Extraña diosa bruna, semejante a la noche
Y al aroma mezclado de almizcle y de tabaco.
Obra de algún conjuro, engendro demoníaco,
Calcinada hechicera, ser de la medianoche.


No quiero opio ni sombras ni brebajes: ansío
El vino de tu boca donde el amor es llama.
Hacia ti mis deseos parten en caravana.
Tus ojos son dos pozos en que bebe mi hastío.


En esos grandes ojos que anhela quien te ama,
Oh demonio insaciable, me devora tu llama,
El fuego que robaste al cielo y el infierno.


Si este placer prohibido tiene un castigo eterno,
Es un precio que vale la dicha de tenerte
Y fundir en tu abrazo el amor y la muerte.



Charles Baudelaire


Versión de José Emilio Pacheco



Norbert Guthier





Carl Rakosi




Viajando por el código genético



Mi corazón está buscando
el Elíseo

algún país sencillo
ausente de los mapas

con sólo tres
abogados
y ninguna embajada

y sin embargo se ha extraviado
en una tierra extraña
poblada por genomas

más ancianos que Dios

un punto infinitesimal
en el mapa del hombre.


Carl Rakosi


Versión de Jordi Doce


José Ángel Valente





El ángel 




Al amanecer,

cuando la dureza del día es aún extraña

vuelvo a encontrarte en la precisa línea

desde la que la noche retrocede.

Reconozco tu oscura transparencia,

tu rostro no visible,

el ala o filo con el que he luchado.

Estás o vuelves o reapareces

en el extremo límite, señor

de lo indistinto.

No separes

la sombra de la luz que ella ha engendrado.




José Ángel Valente





Rainer Maria Rilke




Canción de amor




¿Cómo debo poner el alma, para

que no roce la tuya? ¿Cómo debo

alzarla sobre ti, hacia otras cosas?

Ay, quisiera guardarla

junto a algo perdido, por lo oscuro,

en un lugar extraño y silencioso,

que ya no resonara cuando tu hondura vibra.

Pero cuanto nos roza, a ti y a mí

nos lleva juntos, como arco de violín

que saca de dos cuerdas una nota.

¿En qué instrumento estamos extendidos?

¿Qué violinista nos tiene en la mano?



Rainer Maria Rilke




Norbert Guthier






Jorge Ortega




P
alabras de la tribu



Nos sentamos al pie de las estrellas
a escuchar una voz.
La poesía tira al cielo
su malla de vocablos disolubles.

Una paloma blanca cruza el foso
de la noche profunda
como un papel alado;

va de prisa
hacia ninguna parte
o se sacude el polvo.

Cresterías y gárgolas del patio
–bosque tallado en piedra–
parecen atender desde lo alto
el galardón de sílabas ardientes.

Un aire pasa encima de nosotros
rociándonos los párpados
de una ceniza roja,

trayendo el rumor de los suburbios
en un puñado de plumas flotantes.

Cargada de mensajes,
la oscuridad aviva la pavesa
de un secreto fervor
que nos une y desborda.



Jorge Ortega



Isabel Quiñones




Me abres



Nadie, ni el silencio

me abre

como tú, ni el tiempo



Isabel Quiñones





Norbert Guthier






Luis Vicente de Aguinaga




Fin del invierno



Junta el aire las hojas en mi contra,
las agrupa en estrictos batallones
y, al ordenar su furia, va dictando
la victoria del humo contra el día.

Si polvo es lo que soy, soy esta noche
giratoria, imprevista, codiciosa
detrás de cuyos dedos astillados
una cara se oculta, o ya no es cara.

Pero ese mismo círculo de viento
da vueltas enseguida, y me desmiente,
y aparezco de nuevo en su perímetro.

Si polvo es lo que soy, que no lo creo,
tras el polvo estás tú, sol que regresa,
renacida figura de la tarde.



Luis Vicente de Aguinaga