2006-10-02

OCTUBRE 06

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Imágenes de Hans Bellmer

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.............Pacheco
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................Ivo
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...................Merini
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......................González
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.........................Walkot
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.............................Berman
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...............................Gerbasi
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..................................González Iglesias
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.....................................Hernández
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........................................Rossetti
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............................................A
rtaud

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José Emilio Pacheco

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Île Saint-Louis
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Desde el balcón el Pont de la Tournelle.
Una muchacha se detiene y mira.
Fluye el Sena.
Desgarrado un instante por la isla,
corre al encuentro de sus mismas aguas.
Aguas de musgo verde, verdes aguas
con el verdor de miles de veranos.
La muchacha se aleja, se extravía,
se pierde en mis ojos para siempre.
Arde la misma rosa en cada rosa.
El agua es simultánea y sucesiva.
El futuro ha pasado.
El tiempo nace
de alguna eternidad que se deshiela.
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José Emilio Pacheco
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Lêdo Ivo

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El sol de los amantes
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El oficio de quien ama es ver
un sol oscuro sobre el lecho,
y en el frío, nacer al fuego
de un verano que no dice su nombre.

Es ver, constelación de pétalos,
la nieve caer sobre la tierra,
algodón del cielo, aire del silencio
que nace entre dos espaldas.

Es morir claro y secreto
cerca de tierras absolutas,
del amor que mueve las estrellas
y encierra a los amantes en un cuarto.
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Lêdo Ivo

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Alda Merini

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Nací el veintiuno
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Nací el veintiuno, en primavera
pero no sabía que nacer loca,
abrir los terrones
pudiera desatar la tempestad.
Así Proserpina leve
ve llover sobre las hierbas,
sobre los gruesos trigos gentiles
y llora siempre en la noche.
Quizás sea su oración.
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Alda Merini
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Hans Bellmer
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Ángel González

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A veces, en octubre, es lo que pasa...
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Cuando nada sucede,
y el verano se ha ido,
y las hojas comienzan a caer de los árboles,
y el frío oxida el borde de los ríos
y hace más lento el curso de las aguas;

cuando el cielo parece un mar violento,
y los pájaros cambian de paisaje,
y las palabras se oyen cada vez más lejanas,
como susurros que dispersa el viento;

entonces,
ya se sabe,
es lo que pasa:

esas hojas, los pájaros, las nubes,
las palabras dispersas y los ríos,
nos llenan de inquietud súbitamente
y de desesperanza.

No busquéis el motivo en vuestros corazones.
Tan sólo es lo que dije:
lo que pasa.
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Ángel González

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Derek Walkot

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Me detengo a oír...
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Me detengo a oír un estrepitoso triunfo de cigarras
ajustando el tono de la vida, pero vivir a su tono
de alegría es insoportable. Que apaguen
ese sonido. Después de la inmersión del silencio,
el ojo se acostumbra a las formas de los muebles, y la mente
a la oscuridad. Las cigarras son frenéticas como los pies
de mi madre, pisando las agujas de la lluvia que se aproxima.
Días espesos como hojas entonces, próximos
(los unos a los otros como
horas y un olor quemado por el sol se alzó de la carretera lloviznada.
Punteo sus líneas a las mías ahora con la misma máquina.
¡Qué trabajo ante nosotros, qué luz solar para generaciones!-
La luz corteza de limón en Vermeer, saber que esperará allí
por otros, la hoja de eucalipto
rota, aún oliendo fuertemente a trementina,
el follaje del árbol del pan, de contorno oxidado
(como en Van Ruysdael.
La sangre holandesa que hay en mí se dibuja con detalle.
Una vez quise limpiar una gota de agua de un bodegón flamenco
en un libro de estampas, creyendo que era real.
Reflejaba el mundo en su cristal, temblando con el peso.
¡Qué alegría en esa gota de sudor, sabiendo que otros perseverarán!
Que escriban: «A los cincuenta invirtió las estaciones,
la carretera de su sangre cantó con las cigarras parlantes»,
como cuando emprendí el camino para pintar en mi decimoctavo año.
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Derek Walcott

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Sabina Berman

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Oda a tu ombligo
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Si lo beso
se ilumina tu boca
Si le digo un secreto
zumba tu oído
No estimaría en tanto ese botón
si no fuese el botón
de tu risa más clara
Déjame pues estar bajo tu sonrisa
como bajo un parasol de colores
aquilatando la rara gema
que es tu ombligo:
ojo de tuerto no;
copita de nácar
en la que se decanta
este aliento;
gota
que cae
a mi alma
creando círculos
concéntricos;
pero sobre todo la luna
cruzada por pájaros blancos
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Sabina Berman
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Hans Bellmer
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Vicente Gerbasi

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En el fondo forestal del día
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El acto simple de la araña que teje una estrella
en la penumbra,
el paso elástico del gato hacia la mariposa,
la mano que resbala por la espalda tibia del caballo,
el olor sideral de la flor del café,
el sabor azul de la vainilla,
me detienen en el fondo del día.

Hay un resplandor cóncavo de helechos,
una resonancia de insectos,
una presencia cambiante del agua en los rincones pétreos.

Reconozco aquí mi edad hecha de sonidos silvestres,
de lumbre de orquídea,
de cálido espacio forestal,
donde el pájaro carpintero hace sonar el tiempo.
Aquí el atardecer inventa una roja pedrería,
una constelación de luciérnagas,
una caída de hojas lúcidas hacia los sentidos,
hacia el fondo del día,
donde se encantan mis huesos agrestes.
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Vicente Gerbasi
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Juan Antonio González Iglesias

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Octubre, mes sin dioses
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Los japoneses piensan que éste es el mes-sin-dioses.
Lo celebran así. No aliteran octubre
con oro desprendido de los árboles frágiles,
ni con revoluciones que cambiaron la historia.
Octubre como tregua. Como ausencia de todo
lo que excede los límites. Así para nosotros
sea: liberación. Porque ya no se exhiben
los implacables dioses desnudos del verano,
los demasiados dioses, y falta todavía
mucho para que nazca el niño del invierno,
y más allá no alcanza la vista, desde este
mes de distancias, mes de lejanías,
imperfecto, logrado, fortuito. Que así
sea para nosotros. Sin los ocho millones
de dioses que se esconden en la ciudad o el bosque,
las escalas coinciden con nuestras estaturas.
Dejémonos llevar por los presentimientos.
Escribamos las cosas con las letras minúsculas.
Celebremos octubre por su ausencia de dioses.
Disfrutemos su nombre porque sólo es un número
de una serie truncada. Y olvidada. Es octubre.
Tenemos treinta días sólo para nosotros.
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Juan Antonio González Iglesias
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Hans Bellmer
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Francisco Hernández

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Las gastadas palabras de siempre
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Déjame recordarte las gastadas palabras de siempre,
los armarios que encierran la humedad de los puertos
y el sabor a betel que dejas en mis labios
cuando desapareces en el aire.
Déjame tender tu cabello a la sombra
para que la penumbra madure como el día.
Déjame ser una ciudad inmensa, un bote de cerveza
o el fruto desollado ante la espiga.
Déjame recordarte dónde me ahogué de niño
y por qué hace brillar mi sangre la tristeza.
O déjame tirado en la banqueta, cubierto de periódicos,
mientras la nave de los locos zarpa
hacia las islas griegas.
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Francisco Hernández
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Ana Rossetti

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Cibeles ante la ofrenda anual de tulipanes
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Desprendida su funda, el capullo,
tulipán sonrosado, apretado turbante,
enfureció mi sangre con brusca primavera.
Inoculado el sensual delirio,
lubrica mi saliva tu pedúnculo;
el tersísimo tallo que mi mano entroniza.
Alta flor tuya erguida en los oscuros parques;
oh, lacérame tú, vulnerada derríbame
con la boca repleta de tu húmeda seda.
Como anillo se cierran en tu redor mis pechos,
los junto, te me incrustas, mis labios se entreabren
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Ana Rossetti
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Hans Bellmer
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Antonin Artaud

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Poeta negro
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Poeta negro, un seno de virgen
te obsesiona.
Poeta agrio, la vida arde
y la ciudad quema.
El cielo se reabsorbe en lluvia;
tu pluma raspa al corazón de la vida.
Selva, selva de los ojos que hormigueaban
sobre las almendras multiplicadas.
Cabellera de naranja,
los poetas cabalgaban unos caballos, unos perros.
Los ojos rabian, las lenguas agrian
el cielo que afluye por la nariz,
como una leche nutricia y azul.
Estoy suspendido en sus bocas femeninas,
corazones de vinagre duro.



Antonin Artaud
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