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2005-11-01
Eduardo Lizalde
Dicen que el amor embellece
Y es cierto:
yo la vi embellecer contra mi vida
y no logré nunca volverla menos joven
ni menos bella en mi favor.
El amor embellece
y nadie lo detiene en esos casos.
Yo la vi embellecer,
con mala envidia,
sin pizca de literatura:
la vi afinar el texto marfilino
de su fisonomía,
vi andar la primavera por su piel
en dos semanas – y era enero -;
vi sus senos medianos florecer,
los troncos de sus muslos redondear,
su pelo en sedas de ceñida flama
desplegarse;
vi la vida crecer en torno suyo
como en invernadero de carnes opulentas
y florales,
y vi de cerca, junto a sus mejillas,
que el velo como trigo pequeñísimo
se doraba
al sol y al viento de otros dedos.
En algo han de tener razón los religiosos:
¿Cómo
tanta belleza en esos montes
y cascadas?
¿quién ama el mundo
cuando logra ser bello?
Eduardo Lizalde
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e. e. cummings
Amo mi cuerpo cuando está con tu cuerpo
Amo mi cuerpo cuando está con
tu cuerpo, es un cuerpo tan nuevo
de superiores músculos y estremecidos nervios.
Amo tu cuerpo, amo sus actos,
amo sus preguntas, amo, palpar las vértebras
de tu cuerpo y tus huesos y la estremecida
firme suavidad a la que quiero
una y otra vez
besar, amo este beso, esto y aquello de ti,
quiero frotar suavemente el sacudido vello
de tu eléctrica piel, y lo que sea acabe
en dividida carne... y los grandes ojos, trozos de amor,
y tal vez la estremecida emoción
tan siempre renovada de estar sobre ti.
e. e. cummings

Odiseas Elytis
El monograma
Es temprano todavía en este mundo, me oyes
No han sido domesticados los monstruos, me oyes
Mi sangre perdida y el aguzado, me oyes
Puñal
Que corre como carnero por los cielos
Y quiebra las ramas de las estrellas, me oyes
Soy yo, me oyes
Te amo, me oyes
Te tengo y te llevo y te visto
Con el blanco traje nupcial de Ofelia, me oyes
Dónde me dejas, adónde vas y quién, me oyes
Te toma de la mano por encima de los diluvios
Enormes lianas y lava de volcanes
Llegará el día, me oyes
En que nos entierren y miles de años después, me
oyes
Nos convertirán en rocas brillantes, me oyes
Para que sobre ellas luzca la crueldad, me oyes
Humana
Y en cinco mil añicos nos arrojará, me oyes
A las aguas uno-a-uno, me oyes
Mis amargos guijarros cuento, me oyes
Y es el tiempo una gran iglesia, me oyes
Donde a veces en las imágenes, me oyes
De los santos
Surgen lágrimas verdaderas, me oyes
Y las campanas abren en lo alto, me oyes
Un hondo pasaje que permita mi paso
Aguardan los ángeles con cirios y fúnebres salmos
No voy a ninguna parte, me oyes
O ninguno o los dos juntos, me oyes
Esta flor de la tormenta y, me oyes
Del amor
De una vez para siempre la cortamos, me oyes
Y no habrá de florecer de otra manera, me oyes
En otra tierra, en otra estrella, me oyes
No existe el suelo, no existe el mismo aire, me oyes
Que tocábamos, me oyes.
Y ningún jardinero tuvo la dicha en otros tiempos
Después de tanto invierno y tantos vientos fríos,
me oyes
Que nazca una flor, sólo nosotros, me oyes
Levantamos toda una isla, me oyes
Con grutas y cabos y acantilados florecidos
Oye, oye
Quién habla a las aguas y quién llora - ¿oyes?
Quién busca al otro, quién grita - ¿oyes?
Soy yo que grito, soy yo que lloro, me oyes
Te amo, te amo, me oyes.
Odiseas Elytis
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Octavio Paz
Como quien oye llover
Óyeme como quien oye llover,
ni atenta ni distraída,
pasos leves, llovizna,
agua que es aire, aire que es tiempo,
el día no acaba de irse,
la noche no llega todavía,
figuraciones de la niebla
al doblar la esquina,
figuraciones del tiempo
en el recodo de esta pausa,
óyeme como quien oye llover,
sin oírme, oyendo lo que digo
con los ojos abiertos hacia adentro,
dormida con los cinco sentidos despiertos,
llueve, pasos leves, rumor de sílabas,
aire y agua, palabras que no pesan:
lo que fuimos y somos,
los días y los años, este instante,
tiempo sin peso, pesadumbre enorme,
óyeme como quien oye llover,
relumbra el asfalto húmedo,
el vaho se levanta y camina,
la noche se abre y me mira,
eres tú y tu talle de vaho,
tú y tu cara de noche,
tú y tu pelo, lento relámpago,
cruzas la calle y entras en mi frente,
pasos de agua sobre mis párpados,
óyeme como quien oye llover,
el asfalto relumbra, tú cruzas la calle,
es la niebla errante en la noche,
como quien oye llover
es la noche dormida en tu cama,
es el oleaje de tu respiración,
tus dedos de agua mojan mi frente,
tus dedos de llama queman mis ojos,
tus dedos de aire abren los párpados del tiempo,
manar de apariciones y resurrecciones,
óyeme como quien oye llover,
pasan los años, regresan los instantes,
¿oyes tus pasos en el cuarto vecino?
no aquí ni allá: los oyes
en otro tiempo que es ahora mismo,
oye los pasos del tiempo
inventor de lugares sin peso ni sitio,
oye la lluvia correr por la terraza,
la noche ya es más noche en la arboleda,
en los follajes ha anidado el rayo,
vago jardín a la deriva
entra, tu sombra cubre esta página.
Octavio Paz
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Cristina Peri Rossi
No quisiera que lloviera
No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.
Cristina Peri Rossi
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Guillaume Apollinaire
El cuarto poema secreto
Mi boca tendrá ardores de averno,
mi boca será para ti un infierno de dulzura,
los ángeles de mi boca reinarán en tu corazón,
mi boca será crucificada
y tu boca será el madero horizontal de la cruz,
pero qué boca será el madero vertical de esta cruz.
Oh boca vertical de mi amor,
los soldados de mi boca tomarán al asalto tus entrañas,
los sacerdotes de mi boca incensarán tu belleza en su templo,
tu cuerpo se agitará como una región durante un terremoto,
tus ojos entonces se cargarán
de todo el amor que se ha reunido
en las miradas de toda la humanidad desde que existe.
Amor mío
mi boca será un ejército contra ti,
un ejército lleno de desatinos,
que cambia lo mismo que un mago
sabe cambiar sus metamorfosis,
pues mi boca se dirige también a tu oído
y ante todo mi boca te dirá amor,
desde lejos te lo murmura
y mil jerarquías angélicas
que te preparan una paradisíaca dulzura en él se agitan,
y mi boca es también la Orden que te convierte en mi esclava,
y me da tu boca Madeleine,
tu boca que beso Madeleine.
Guillaume Apollinaire
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Hugo Gutiérrez Vega
El Tlatoani de Texcoco
Ya es tarde, amor desfalleciente,
ya es tarde para decir esa palabra
en la que consisten la vida
y todos sus momentos detenidos
en el umbral de la memoria.
Siempre buscamos la claridad
y a veces caemos bajo el peso
de una excesiva iluminación.
Ahora es el tiempo de los claroscuros,
de las manos memoriosas,
de esta indecisión
con la que llega la mañana
y entran por las rendijas
los dedos del sol.
Nos decimos lo poco que resta.
Cada día nos entrega su propio peso
y lo agradecemos como un regalo
del «dador de la vida».
Sabía el Tlatoani de Texcoco
que pasamos sólo un momento aquí
y nos vamos
con el primer aire del otoño.
Cada minuto es una vida entera
subiendo hacia las nubes
cayendo en los brazos de la tierra.
Hugo Gutiérrez Vega
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María Elena Cruz Varela
Pasión de Sísifo
La piedra no es la misma. Yo, ya no soy el mismo.
Soy el otro y habito la línea desplegada de esa frente
de asentir y negar. De bajar y subir este castigo.
Pesada sobre el hombro mi cómplice imperfecta
obligada a rodar con mi desesperanza.
La piedra es el camino estéril de este vicio
hundido en la negrura. Bajar con certidumbre.
Dividirse hasta el hueso
y salpicar de rojo la sagrada naranja.
Partirme en dos hasta que el cielo sangre.
Ascender. Descender. El rumbo
cara o cruz del pulcrísimo infierno
hasta que el otro cuerpo no pueda sostenerme.
Subir. Rodar. Ascender. Resbalar.
Insistir. Repetirse hasta la eternidad.
Morir en el ascenso. Nacer por la inclinada
pasión de la pendiente.
Pisar hasta el cansancio la casta y suave hierba
que con cada estación desaparece.
María Elena Cruz Varela
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Djuna Barnes
Transfiguración
El profeta cava con manos de hierro
En las inestables arenas del desierto.
El insecto vuelve a su larva;
Retorna a semilla la rosa trepadora.
Como humo hasta la vacía garganta de Moisés,
Irrumpen todas las palabras que dijo.
El cuchillo de Caín retira la estocada;
Abel se levanta del polvo.
Pilatos no puede encontrar su lengua;
Desnudo está el árbol del que Judas colgó.
Lucifer clama desde la tierra;
Cristo cae a su muerte.
A Adán vuelve la fastidiosa costilla;
Una criatura solloza en su flanco.
La extensión del Edén es espesa y verde;
El bosque se agita, no se ve una bestia.
Desencadenado, el sol, con rabiosa sed,
Alimenta al último día con el primero.
Djuna Barnes
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Charles Bukowski
Mujeres
Me gustan los colores
de sus ropas,
su manera de andar,
la crueldad de algunos rostros
de vez en cuando
la belleza casi pura de una cara
total y encantadoramente femenina.
Están por encima de nosotros
planean mejor y se organizan mejor.
Mientras los hombres ven televisión
toman cervezas y juegan al béisbol,
ellas, las mujeres,
piensan en nosotros, concentrándose,
estudiando, decidiendo, si aceptarnos,
descartarnos, cambiarnos, matarnos o
simplemente abandonarnos.
Al final no importa
ya que hicieran lo que hicieran
acabamos locos y solos.
Charles Bukowski
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Alejandra Pizarnik
Los trabajos y las noches
para reconocer en la sed mi emblema
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor
he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos
para decir la palabra inocente.
Alejandra Pizarnik
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