2009-11-03

NOVIEMBRE 09







Imágenes de Ignacio Valdez





Alda Merini José Emilio Pacheco

Idea Vilariño

Claudio Rodríguez Eliseo Diego

Anne Sexton

Paul Celan Gabriel Zaíd

Adélia Prado

Jorge Fernández Granados

Xavier Oquendo Troncoso








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Alda Merini




Canto de respuesta



Haber estado en ciertos lugares tristes,
cultivar fantasmas,
como dices tú, atento amigo mío,
no da derecho a creer que dentro
dentro de mí continúe la locura.
He seguido siendo poeta hasta en el infierno
sólo que yo buscaba de Eurídice
la casta sombra y no tengo más palabras...
Ésta, Franco, la tierna respuesta
a tu dilema: yo soy poeta
y poeta seguí siendo tras los barrotes;
sólo que afuera, sin casa y perdida
he continuado a mi pesar el canto
de la tristeza, y dentro de cada flor
de mi voz existe aún la esperanza
de que nada haya sucedido que devaste
mi surco de luz y haya perdido
la verdadera llave que me cierra a la verdad.



Alda Merini



José Emilio Pacheco




Nubes



En un mundo erizado de prisiones
Sólo las nubes arden siempre libres.

No tienen amo, no obedecen órdenes,
Inventan formas, las asumen todas.

Nadie sabe si vuelan o navegan,
Si ante su luz el aire es mar o llama.

Tejidas de alas son flores del agua,
Arrecifes de instantes, red de espuma.

Islas de niebla, flotan, se deslíen
Y nos dejan hundidos en la Tierra.

Como son inmortales nunca oponen
Fuerza o fijeza al vendaval del tiempo.

Las nubes duran porque se deshacen.
Su materia es la ausencia y dan la vida.



José Emilio Pacheco



Idea Vilariño




Buscamos...




Buscamos
cada noche
con esfuerzo
entre tierras pesadas y asfixiantes
ese liviano pájaro de luz
que arde y se nos escapa
en un gemido.



Idea Vilariño

























Ignacio Valdez



Claudio Rodríguez




Sin adiós



Qué distinto el amor es junto al mar
que en mi tierra nativa, cautiva, a la que siempre
cantaré,
a la orilla del temple de sus ríos,
con su inocencia y su clarividencia,
con esa compañía que estremece,
viendo caer la verdadera lágrima
del cielo
cuando la noche es larga
y el alba es clara.

Nunca sé por qué siento
compañero a mi cuerpo, que es augurio y refugio.
Y ahora, frente al mar,
qué urdimbre la del trigo,
la del oleaje,
qué hilatura, qué plena cosecha
encajan, sueldan, curvan
mi amor.

El movimiento curvo de las olas,
por la mañana ,
tan distinto al nocturno,
tan semejante al de los sembrados,
se va entrando en
el rumor misterioso de tu cuerpo,
hoy que hay mareas vivas
y el amor está gris perla, casi mate,
como el color del álamo en octubre.

El soñar es sencillo, pero no el contemplar.
Y ahora, al amanecer, cuando conviene
saber y obrar,
cómo suena contigo esta desnuda costa.

Cuando el amor y el mar
son una sola marejada, sin que el viento nordeste
pueda romper este recogimiento,
esta semilla sobrecogedora,
esta tierra, este agua
aquí, en el puerto,
donde ya no hay adiós, sino ancla pura.



Claudio Rodríguez



Eliseo Diego




Entre la dicha y la tiniebla



Como quien toca con un dedo
la punta fría del agua,
mareándose de sólo
su transparencia demasiada,
me he puesto yo a mirar
el no ser infinito que me aguarda.
Los soldados de plomo
están apenas en su caja
y entre la dicha y la tiniebla
no queda sino el filo de la lámpara.
Qué poco todo, mi amor.,
y cómo es corta la esperanza,
cuando venimos a verla
ya se nos acaba
y están los hijos corriendo
más allá de la mañana.

Pienso en la tía Lola
de alguna familia egipcia o franca
y en el sabor de sus pasteles
que ya no saben más a nada,
y entonces nuestras bromas
van y se me atragantan
mirando que algún día
tendrá otro que inventárnoslas.

Contemporáneo de los Césares
y de Moisés y la Pequeña Juana
y de abolidos albañiles
colgados como arañas
sobre la piedra de los siglos,
sobre su cara mala,
todo el pesar del tiempo
me va a caer sobre la cara.

Como quien toca estremeciéndose
la punta fía del agua,
miro la noche tanto
más grande que mi casa,
la noche tanto más enorme
que toda la Vía Láctea,
y abajo mi conciencia
como una vela en una iglesia abandonada.
Qué poco todo, qué poco,
para tanta sombra
—tanta



Eliseo Diego



Anne Sexton




Nadando desnudos



En el sudoeste de Capri
encontramos una pequeña gruta desconocida
donde no había nadie y
la penetramos completamente
y dejamos que nuestros cuerpos perdieran toda
su soledad.
Todo lo que hay de pez en nosotros
escapó por un minuto.
A los peces reales no les importó.
No perturbamos su vida personal.
Nos deslizamos tranquilamente sobre ellos
y debajo de ellos, soltando
burbujas de aire, pequeños
globos blancos que ascendían
hasta el sol junto al bote
donde el botero italiano dormía
con el sombrero sobre la cara.
Un agua tan clara que se podía
leer un libro a través de ella.
Un agua tan viva y tan densa que se podía
flotar apoyando el codo en ella.
Me tendí allí como en un diván.
Me tendí allí como si fuera
la Odalisca roja de Matisse.
El agua era mi extraña flor.
Hay que imaginarse una mujer
sin toga ni faja
tendida sobre un sofá profundo
como una tumba.
Las paredes de esa gruta
eran de todos los azules y
dijiste: “¡Mira! Tus ojos
son color mar. ¡Mira! Tus ojos
son color cielo”. Y mis ojos
se cerraron como si sintieran
una súbita vergüenza.



Anne Sexton
























Ignacio Valdez



Paul Celan




Cristal



No busques en mis labios tu boca,
ni en la puerta al extraño,
ni en el ojo la lágrima.
Siete noches más arriba
pasa el rojo hacia el púrpura,
siete corazones más adentro
insiste la mano en la puerta,
siete rosas más tarde
se escucha el rumor de la cisterna.
De noche, cuando el péndulo del amor
oscila entre el siempre y el nunca jamás,
tu palabra derriba las lunas del corazón
y tu ojo azul -borrascoso-
le entrega el cielo a la tierra.
Desde una lejana arboleda
oscurecida por el sueño
llega hasta nosotros el aliento
y lo que perdimos transita inmenso
como un espectro del futuro.
Lo que ahora se hunde y se levanta
quiere lo sepultado en la entraña:
ciego como la mirada que cambiamos,
el tiempo lo besa en la boca.



Paul Celan



Gabriel Zaíd




El origen de la presión



En los manantiales del tiempo
no hay prisa ni presión. El espacio
crece despacio como un álamo
con rumores de tiempo en el espejo.

En el espacio está la eternidad
que se queda mirada.
Cuando, por fin, dichosa, parpadea,
el tiempo nace como interrupción.

El tiempo, la costilla de Narciso,
es una astilla de la Eternidad,
espejo roto de Eco en Eco.

El tiempo irrumpe cuando ya no hay tiempo.
Te amo, eternidad fugitiva.
Dichosa interrupción: detente.



Gabriel Zaíd

























Ignacio Valdez



Adélia Prado




Cenizas




En el día de mi boda me quedé muy afligida.
Tomamos cerveza tibia con empanadas de masa hojaldre.
Tuve hijos con dolores.
Ayer, imprecisamente, a las nueve y media de la noche,
yo sacaba de la bolsa un kilo de arroz.
Ya no lucho más de aquel modo histérico,
entendí que todo es polvo que sobre todo se posa y recubre
y, a su modo, pacifica.
Las naranjas freudianamente me remiten a una rodaja de sueño.
Mi apetito se agudiza, hago estallar las costuras de buena
impaciencia.
¿quiénes somos entre el laxante y el somnífero?
Habrá siempre una marca de polvo sobre las camas,
un vaso mal lavado. ¿Pero qué importa?
¿qué importan las cenizas
si convertidos en su materia ingrata,
hay también ojos que sobre mí se estremecieron de amor?
Este valle es de lágrimas.
Si dijera otra cosa mentiría.
Hoy parece mayo, un día espléndido,
los que vamos a morir iremos a los mercados,
¿qué hay en este exilio que nos mueve?
Digan no a las legumbres llevadas en los brazos
y a esta elegía.
Lo que escribí, lo escribí
porque estaba alegre.



Adélia Prado



Jorge Fernández Granados




El silencio de las puertas



comunica dos estancias o dos cuerpos
posiblemente dos naturalezas

la puerta divide lo que ha de ser guardado u oculto de la intemperie

el silencio es la puerta que resguarda a las palabras del pensamiento
de las palabras de la voz

quien guarda silencio cierra una puerta para guardarse a sí mismo

tras una puerta como tras el silencio ocurre algo secreto

cerrar una puerta o guardar silencio son dos gestos equivalentes
de soledad



Jorge Fernández Granados
























Ignacio Valdez



Xavier Oquendo




Recuento de los hechos



Todos nos fuimos.
Atrás se escucha el torpedo de la fiesta,
la corona roja de los bares,
el aguardiente azul que nos amaba
y la marcha desigual de la jarana.

Después, la madrugada con olor a miel.
Los amigos dormidos, amontonados
como un pozo de trinos,
como un manzano cargado.

Éramos todos, solo el viento era solo.
Los demás, los otros nosotros,
éramos uno en la soledad del nuevo día.

Nos dolíamos juntos y eso era la felicidad.



Xavier Oquendo Troncoso

























2009-10-03

OCTUBRE 09





Imágenes de Didier Carré





Rosario Castellanos

Jorge Luis Borges

Sophia de Mello Breyner

Hans Magnus Enzensberger

Jaime Sabines

Ezra Pound

Rainer María Rilke

Nuno Júdice

Silvia Eugenia Castillero

Carlos Marzal

Mahmud Darwish





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Rosario Castellanos




Retorno



Has muerto tantas veces; nos hemos despedido
en cada muelle,
en cada andén de los desgarramientos,
amor mío, y regresas
con otra faz de flor recién abierta
que no te reconozco hasta que palpo
dentro de mí la antigua cicatriz
en la que deletreo arduamente tu nombre.



Rosario Castellanos



Jorge Luis Borges




Everness



Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.

Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.

Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores

y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.



Jorge Luis Borges



Sophia de Mello Breyner Andresen




Antínoo



Bajo el peso nocturno del cabello
O bajo la luna diurna de tu hombro
Busqué el orden intacto del mundo
La palabra no escuchada

Largamente bajo el fuego o bajo el vidrio
Busqué en tu rostro
La revelación de dioses que no conozco

Pero pasaste a través de mí
Como pasamos a través de la sombra.



Sophia de Mello Breyner Andresen

Versión de Diana Bellessi
























Didier Carré



Hans Magnus Enzensberger




La alegría



No quiere que hable de ella
No consta
No tolera a los profetas

Derriba todo lo inconmovible
No miente
No se somete

Ella sola me basta
Es mi razón de ser
No me pertenece

Es ajena y tenaz
La oculto
como a una infamia

Es una tránsfuga
Nadie puede compartirla
Nadie puede quedarse con ella

No me quedo con nada
Lo comparto todo con ella
Me abandonará

Otro la ocultará
en su huída triunfal
a través de una noche muy larga.


Hans Magnus Enzensberger



Jaime Sabines




Autonecrología V



Te quiero porque tienes las partes de la mujer
en el lugar preciso
y estás completa. No te falta ni un pétalo,
ni un olor, ni una sombra.
Colocada en tu alma,
dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,
leche de luna en las oscuras hojas.

Quizás me ves,
tal vez, acaso un día,
en una lámpara apagada,
en un rincón del cuarto donde duermes,
soy la mancha, un punto en la pared, alguna raya
que tus ojos, sin ti, se quedan viendo.
Quizás me reconoces
como una hora antigua
cuando a solas preguntas, te interrogas
con el cuerpo cerrado y sin respuesta.
Soy una cicatriz que ya no existe,
un beso ya lavado por el tiempo,
un amor y otro amor que ya enterraste.

Pero estás en mis manos y me tienes
y en tus manos estoy, brasa, ceniza,
para secar tus lágrimas que lloro.

¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras
me dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba.

Recoge mi cabeza. Guarda el brazo
con que amé tu cintura. No me dejes
en medio de tu sangre en esa toalla.



Jaime Sabines
























Didier Carré



Ezra Pound




Mandato



Vayan, mis canciones, a los solitarios e insatisfechos.
Vayan también a los angustiados, a los complacientes,
que muestren mi desprecio por sus opresores.
Vayan como grandes olas de agua fría,
que muestren mi desprecio por sus opresores.
Que hablen en contra de la opresión inconsciente,
que hablen en contra de la tiranía de los que no poseen imaginación.
Que hablen en contra de las ataduras.
Vayan a la burguesa que se pudre de hastío,
vayan a la mujer de los suburbios.
Vayan a los infelizmente casados,
vayan a todos aquellos que encubren su fracaso,
vayan a las parejas malogradas,
vayan a la esposa que se vende,
vayan a la mujer impuesta.
Vayan a quienes padecen de lujuria,
vayan a todos aquellos insatisfechos en sus delicados deseos,
vayan como una plaga sobre la somnolencia del mundo;
que empuñen el filo contra todo esto,
que fortalezcan las sutiles cuerdas,
que lleven confianza hasta las algas y tentáculos del alma.
Que vayan amistosamente,
con palabras sinceras.
Que anhelen encontrar nuevos males y un nuevo bien,
que estén en contra de todas las formas de opresión.
Vayan a aquellos cuya madurez los ha apagado,
a los que han perdido el interés.
Que vayan al adolescente ahogado por la familia-
¡Ah, qué terrible es
ver reunidas a tres generaciones bajo un mismo techo!
Es como un árbol viejo con brotes
y ramas que pútridas caen.
Que salgan y desafíen convenciones,
rebelándose contra la vegetal esclavitud de la sangre.
Que vayan en contra de todas las formas de amortización.



Ezra Pound



Rainer María Rilke




Estoy entre tinieblas…

Para Lou Andreas-Salomé

Estoy entre tinieblas, como ciego.
Mi mirada no encuentra tu camino.
El vaivén alocado de los días
es como una cortina que te oculta de mí.
La miro: se alzará
esa cortina que esconde mi existencia,
el peso de mi vida y su sentido.
Y que es en realidad mi muerte.



Rainer María Rilke

Versión de Antonio Pau

























Didier Carré



Nuno Júdice




Los higos D. H. Lawrence



Lawrence aconsejó que se partiese un higo
en cuatro pedazos, para comerlo, después de quitarle
la piel. De este modo, pensaba, la sociedad no vería
con malos ojos el gesto de cortar el higo, y de
saborearlo lentamente, como quien lee un poema. Pero
no todos los higos se pueden comer de esta manera; y,
en el caso de los higos verdes, lo mejor es quitarles la piel a
partir de arriba, sin que se desprenda completamente
del fruto; y sólo después de comer la parte de arriba, llegará
el momento en que sólo va a quedar un poco de higo
sujetando la piel. A esa altura, se puede arrancarla, y acabar
de comer lo que sobra, para que la ingestión sea completa.

De hecho, Lawrence también admite esta solución (y
acepta que se coma también la piel); pero tendremos
que ir más lejos que él, lo que significa
que se debe pensar también en la higuera. Y si, al comernos
el higo, el árbol nos agarra el alma con sus ramas
ásperas, obligándonos a apartar las hojas para ver cómo
podemos escondernos debajo de ella, el sabor que queda en la boca
recuerda la imagen de la mujer primitiva, con su vientre redondo
como el de los higos de San Juan, los primeros, que se cogen
con sólo un gesto, y quedan enteros en la mano. Entonces, la mano
se vuelve una prolongación de la higuera, y empiezo a pensar
que tal vez puedan nacer hojas de higuera en los brazos,
como si estos fuesen ramas; y que esas hojas servirán para
tapar los higos que iré a coger, manteniendo su frescura.

Como alternativa, podré transformar el tronco de la higuera
en un cuerpo de mujer desnuda; y esas hojas irán a vestirla. Pero el higo
que tengo en la mano me hará sentir sus senos suaves, haciendo
que, al quitar la piel del higo, la mujer salga de su interior,
y yo pueda llegar a la misma conclusión que Lawrence sobre
las múltiples formas de comer un higo.



Nuno Júdice





Silvia Eugenia Castillero




Vitral




No bajes ángel,
quédate poseído por el cristal,
pronto serán tus alas
palmas para tejer
las manos cóncavas,
candentes, punzantes,
del Caronte amoroso
que me cruzaba el Estigia
—noche tras noche—
no hacia el juicio,
sí hacia el gozo.



Silvia Eugenia Castillero

























Didier Carré



Carlos Marzal




Cumbre de corazón



Todo mi corazón cabe en tu mano
y en este corazón ya cupo el mundo:
el mundo que no cabe en parte alguna,
salvo en tu mano dios, la continente.

Todo mi corazón late en tu mano.
Se marcha por el tacto hacia las cosas,
se adueña de tu mundo, que es el mío,
para llamarse entonces mundo nuestro,
lo solo para dos, lo contenido.

Todo mi corazón sabe en tu mano,
conoce por tu piel la piel del mundo,
que nunca nos contiene en cuanto somos,
algo que sólo puede el corazón.

Todo mi corazón crece en tu mano,
que lo eleva a la altura tuya y mía,
nuestra cumbre mejor, los contendientes.

Todo mi corazón lee en tu mano
las líneas que tu mano ha dibujado,
para que el corazón, su gran cartógrafo,
se remonte a las fuentes trazo a trazo.

Todo mi corazón canta en tu mano,
se hace rima de todo cuanto escuchas,
y tú lo escuchas todo,
y todo canta.
Todo mi corazón sangra en tu mano,
se purga con dolor de un mundo enfermo,
se purifica en ti,
y tú lo sanas.

Todo mi corazón es, en tu mano,
la mano que ahora escribe este dictado
que dicta el corazón incontinente.

Mi tuyo corazón ya no es el mío,
mi tuyo corazón arrebatado,
la propiedad privada de tu mano.

Nada de cuanto he escrito lo he entendido.
Nada sabe de ti la inteligencia.
Tampoco el corazón,
y sabe todo.



Carlos Marzal



Mahmud Darwish




Tengo la sabiduría del condenado a muerte




Tengo la sabiduría del condenado a muerte:
No tengo cosas que me posean.
He escrito mi testamento con mi sangre:
“¡Confiad en el agua, moradores de mis canciones!”.
He dormido ensangrentado y coronado con mi mañana...
He soñado que el corazón de la tierra era mayor que
Su mapa
Y más claro que sus espejos y mi cadalso.
He creído que una nube blanca me
Ascendía,
Como si yo fuera una abubilla con el viento por alas.
Y al alba, la llamada del sereno
Me despierta de mi sueño y de mi lenguaje:
Vivirás en otro cadáver.
Modifica tu último testamento.
Se ha retrasado la fecha de la segunda ejecución.
¿Hasta cuándo?, pregunto.
Esperaré a que mueras más.
No tengo cosas que me posean, respondo,
He escrito mi testamento con mi sangre:
“¡Confiad en el agua,
moradores de mis canciones!”
Y yo, aunque fuera el último,
Encontraría las palabras suficientes...
Cada poema es un cuadro.
Pintaré ahora para las golondrinas
El mapa de la primavera,
para los que pasan por la acera, el azufaifo
y para las mujeres el lapislázuli...
El camino me llevará
Y yo le llevaré a hombros
Hasta que las cosas recobren su imagen
Verdadera,
Luego oiré lo genuino:
Cada poema es una madre
Que busca a su hijo en las nubes,
Cerca del pozo de agua.
“Hijo, te daré el relevo.
Estoy encinta”.
Cada poema es un sueño.
He soñado que soñaba.



Mahmud Darwish

Versión de María Luisa Prieto




















2009-09-01

SEPTIEMBRE 09




Imágenes de Bettina Rheims





Odisseas Elytis

Amalia Bautista

Jorge Valdés Díaz-Vélez

Elsa Cross

Eloy Sánchez Rosillo

Jorge Gaitán Durán

Idea Vilaro

Juan Antonio González Iglesias

Pura López Colo

Joan Margarit

André Bretón















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Odysseas Elytis




El primer sol



No conozco la noche ni el anonimato terrible de la muerte.
En la cala de mi alma descansa la flota de los astros
que se esparció, vigilante, para que brillaras al lado, en el cielo
y el aire de una isla que me sueña.
Anunciar la mañana desde lo alto de las rocas.
Mis dos ojos de abrazo te navegan en la estrella
de mi verdadero corazón. No conozco la noche.

No conozco los nombres de un mundo que me niega.
Leo las conchas limpias, las hojas, las estrellas.
Mi odio es inútil en las calles del cielo
salvo si es el sueño quien vuelve a mirarme.
Con lágrimas atravesar el mar de la inmortalidad.

Se esparció bajo la curva de tu dorado fuego
la noche que es sólo noche y no conozco.



Odysseas Elytis

Traducción de Marta López Vilar



Amalia Bautista

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Jardín de Puerta Oscura



Los milagros existen. Esta tarde,
con el ánimo a punto del naufragio,
me encuentro este jardín, donde no hay puerta,
y si la hubiera no sería oscura.

Me pierdo por caminos de albero flanqueados
por la alta dignidad de los cipreses,
la hermosa obstinación de las adelfas
y unos arbustos generosos
que dan flores azules, casi malvas,
compactas y elegantes
como unas diminutas coliflores.
Hay plantas cuyos nombres no conozco
y colores y aromas musicales.

Suena una copla y una canción árabe,
suenan el sol y el mar, los dos tan lejos,
suenan los dulces nombres latinos de estas flores
al decirlos despacio y en voz baja.
Y el olor denso del verano suena,
y el zureo tenaz de las sucias palomas,
y en el murmullo de la fuente escucho
tu corazón, igual que cuando apoyo
la cabeza en tu pecho.



Amalia Bautista
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Jorge Valdés Díaz-Vélez




Suhad



De pronto, en la hora alta, cae un rayo
que raja la penumbra y dos instantes
después, el latigazo del estruendo
estalla en el cristal. Tiemblan mis manos
en el libro que leía. Otra vez
me estremezco, debió caer muy cerca
de aquí para encender mi sobresalto.

Oigo el rumor del trueno al dilatarse
y un cerrar de ventanas en el piso
superior de mi vecina. La calma
se aposenta de nuevo entre las cosas
y el silencio. Retomo la lectura
de Ibn Arabi: «…cuando las moradas
del amor y el temor están cercanas…».

El eco del relámpago da tumbos
y asciende a reventar contra el espacio.



Jorge Valdés Díaz-Vélez




Bettina Rheims



Elsa Cross




Voz



Tu voz contra el atardecer.
El viento empuja
sobre el cristal
las ramas de los altos encinos.

Tu voz llena el espacio.
Y no hay instrumentos
para tu canto.

Tu voz dibuja signos en el viento.

La noche
va bordeando en silencio
ese núcleo
donde la luz se detiene todavía
mientras tu voz,
tu voz sola
borra el instante.


Elsa Cross



Eloy Sánchez Rosillo




El fulgor del relámpago



Hay cosas que la vida te da cuando ya apenas
podías esperarlas, y su luz
maravillosa, elemental, purísima,
te hace feliz de pronto. Y desgraciado,
pues comprendes que no te corresponde
ese milagro ahora y que no debes
a ciegas entregarte a lo que era
propio tal vez de otro momento tuyo,
de un momento anterior, cuando tenías
fuerzas para ser libre.
Mas déjate llevar, y vive esa hermosura
con coraje, sin miedo. A qué pensar
en lo que te conviene. Es muy fugaz la dicha.
No la desprecies. Tómala. Y apura
el fulgor del relámpago.
Después,
tiempo tendrás para seguir muriéndote.



Eloy Sánchez Rosillo


















Bettina Rheims



Jorge Gaitán Durán




Amantes



Desnudos afrentamos el cuerpo
como dos ángeles equivocados,
como dos soles rojos en un bosque oscuro,
como dos vampiros al alzarse el día,
labios que buscan la joya del instante entre dos muslos,
boca que busca la boca, estatuas erguidas
que en la piedra inventan el beso
sólo para que un relámpago de sangres juntas
cruce la invencible muerte que nos llama.
De pie como perezosos árboles en el estío,
sentados como dioses ebrios
para que me abrasen en el polvo tus dos astros,
tendidos como guerreros de dos patrias que el alba separa,
en tu cuerpo soy el incendio del ser.



Jorge Gaitán Durán



Idea Vilariño

Cuando una boca suave




Cuando una boca suave boca dormida besa
como muriendo entonces,
a veces, cuando llega más allá de los labios
y los párpados caen colmados de deseo
tan silenciosamente como consiente el aire,
la piel con su sedosa tibieza pide noches
y la boca besada
en su inefable goce pide noches, también.
Ah, noches silenciosas, de oscuras lunas suaves,
noches largas, suntuosas, cruzadas de palomas,
en un aire hecho manos, amor, ternura dada,
noches como navíos...
Es entonces, en la alta pasión, cuando el que besa
sabe ah, demasiado, sin tregua, y ve que ahora
el mundo le deviene un milagro lejano,
que le abren los labios aún hondos estíos,
que su conciencia abdica,
que está por fin él mismo olvidado en el beso
y un viento apasionado le desnuda las sienes,
es entonces, al beso, que descienden los párpados,
y se estremece el aire con un dejo de vida,
y se estremece aún
lo que no es aire, el haz ardiente del cabello,
el terciopelo ahora de la voz, y, a veces,
la ilusión ya poblada de muertes en suspenso.





Idea Vilariño

Juan Antonio González Iglesias




Éste es mi cuerpo



Me tocas con los ojos cuando lees
un suspiro, unas ganas en las sílabas
que traducen las sílabas del cuerpo.
Soy yo el que te acaricia, no las letras
que sólo son la senda que camino.
En este mismo instante te acaricio,
te beso con cuidado. Lentamente,
como en todos los comienzos, por los labios,
por la sed, por los ángulos del agua.
Soy yo. No es un poema. No es un verso.
Son mis manos. Trasladan su impaciencia
al desorden de un cuerpo en otro cuerpo.
Precisamente el orden más perfecto
es la aceleración que descompone
los poros y los abre, los asombra
con la urgencia de otros poros, los seduce
con la boca, los graba en los sentidos,
y luego los escribe y te acarician.
Soy yo. Mi sed, el hambre de un poema.



Juan Antonio González Iglesias
























Bettina Rheims



Pura López Colomé




Avanza



Me bullen dentro eras
de un tejido descompuesto.
Agua mágica, ars,
quémame, cúrame:
que atrás quede la herida
siempreviva,
siempreabierta.

La memoria, en ti, es un reflector de luz activa,
momento justo.

En la cima de la angustia
y de la fiebre,
una brisa maternal
conforta, es calma viva:
tigre en libertad, dice,
no te detengas a pensar
en la distancia.

Y nunca dejarás de estar aqui,
bajo este tiempo iluminado
que se guarda,
se teme,
se está diseminando en las praderas.

Ya eres fuego.
Alcanzarás los instantes de tu amada,
no su eterna juventud,
su sal mediterránea,
sus ojos.
La caricia de marfil, mare magnum,
será la falta de gestos y ademanes.


Pura López Colomé



Joan Margarit




Principios y finales



Un tiempo fui una chica con futuro.
Podía leer a Horacio y a Virgilio en latín
y recitar a Keats completo de memoria.
Al entrar en sus cuevas, los adultos
me capturaron: comencé a parir
hijos de un hombre estúpido y creído.
Ahora cuando puedo llenar el vaso
y lloro al recordar algún verso de Keats.
Una no sabe, cuando es joven,
que no hay lugar alguno
donde poder quedarse para siempre.
Y le parece extraño si no llega
aquel o aquella en quien hallar descanso.
Una ignora, de joven, que los principios
no se parecen nunca a los finales.



Joan Margarit

























Bettina Rehims



André Bretón




El Marqués de Sade



El marqués de Sade ha vuelto a entrar en el volcán en erupción
De donde había salido
Con sus hermosas manos ornadas de flecos
Sus ojos de doncella
Y ese permanente razonamiento de sálvese quien pueda
Tan exclusivamente suyo
Pero desde el salón fosforescente iluminado por láminas de
entrañas
Nunca ha cesado de lanzar las órdenes misteriosas
Que abren una brecha en la noche moral
Por esa brecha veo
Las grandes sombras crujientes la vieja corteza gastada
Que se desvanecen
Para permitirme amarte
Como el primer hombre amó a la primera mujer
Con toda libertad
Esa libertad
Por la cual el fuego mismo ha llegado a ser hombre
Por el cual el marqués de Sade desafió a los siglos con sus
grandes árboles abstractos
Y acróbatas trágicos
Aferrados a la telaraña flotante del deseo.



André Bretón















2009-08-06

AGOSTO 09





Imágenes de Michel Sandré





Xavier Villaurrutia


Nicanor Parra Dulce María Loynaz


Jorge Ortega Vladimir Holan


Aurora Luque Robert Graves


Antonio Deltoro Juan Eduardo Cirlot


Olga Orozco Claudia Berrueto







Locations of visitors to this page


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Xavier Villaurrutia




Poesía



Eres la compañía con quien hablo
de pronto, a solas.
te forman las palabras
que salen del silencio
y del tanque de sueño en que me ahogo
libre hasta despertar.
Tu mano metálica
endurece la prisa de mi mano
y conduce la pluma
que traza en el papel su litoral.
Tu voz, hoz de eco
es el rebote de mi voz en el muro,
y en tu piel de espejo
me estoy mirando mirarme por mil Argos,
por mí largos segundos.
Pero el menor ruido te ahuyenta
y te veo salir
por la puerta del libro
o por el atlas del techo,
por el tablero del piso,
o la página del espejo,
y me dejas
sin más pulso ni voz y sin más cara,
sin máscara como un hombre desnudo
en medio de una calle de miradas.



Xavier Villaurrutia

























Michel Sandré





Nicanor Parra




Coitus interruptus



Zeus se enamoró de una mortal
y no pudiendo pernoctar con ella
puesto que la belleza dijo nó
decidió transformarse en avechucho
desesperado por aplacar su pasión
aunque fuese bajo la forma de pájaro

ella que era aficionada a las aves
se enamoró locamente del cisne
y se le abrió de piernas al instante
sin sospechar siquiera la burla de que era objeto

la dureza del miembro sin embargo
la longitud y el diámetro del miembro
delataron a Júpiter tonante
en los estertores del acto sexual
y el ingenioso dios o lo que fuere
tuvo que eyacular en el vacío



Nicanor Parra
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Dulce María Loynaz




Lourdes



Esta muchacha está pintada
en un papel de arroz que es transparente
a la luz; ella vuela en su papel
al aire... Vuela con las hojas secas
y con los suspiros perdidos.
Es la muchacha de papel y fuga;
es la leve, la ingrávida
muchacha de papel iluminado,
la de colores de agua...
La que nadie se atrevería
a besar por el miedo de borrarla...



Dulce María Loynaz
























Michel Sandré



Jorge Ortega



Buzón de quejas



Agosto es un mes cruel.
Nos abomina con tórridos calores, con tifones
saturados de polvo callejero
que el frente tropical ha removido.

La humedad cava túneles secretos
bajo la confidencia de la blusa,
disgrega su hormiguero de sudor
en hilos presurosos.

Padecemos la asfixia de la carne, la escafandra
que llevamos de aura como un peso
brutal y no tangible. Es la nubosa
orbicularidad de la calina, el bulbo-calabozo
encajonando
nuestra respiración a cielo abierto.



Jorge Ortega



Vladimir Holan



Cuando llueve en domingo



Cuando llueve en domingo y tú estás solo,
completamente solo,
abierto a todo, pero no llega ni el ladrón
y no llama a la puerta ni el borracho ni el enemigo;
cuando llueve en domingo mientras tú estás abandonado
y no comprendes cómo vivir sin cuerpo
y cómo no vivir puesto que tienes cuerpo;
cuando llueve en domingo y, solo, no eres más que tú,
¡no esperes ni hablar contigo mismo!
Entonces el ángel es el único que sabe
lo que hay encima de él,
entonces el diablo es el único que sabe
lo que hay debajo de él.

El libro sostenido, el poema al caer...



Vladimir Holan



Aurora Luque




La mirada de Ulises



Hay viajes que se suman al antiguo color de las pupilas.
Después de ver la isla de Calipso ¿es que acaso Odiseo
volvió a mirar igual? ¿No se fijó un color
como un extraño cúmulo de algas
en sus pupilas viejas? Lo mismo que en los pliegues
mínimos de la piel
se fosilizan besos y desdenes, así los ojos filtran
esa franja turquesa del mar que acuna islas,
medusas de amatista, blancura de navíos.
La piel es vertedero de memoria
lo mismo que el poema. Pero acaso unos ojos
extrañamente verdes de repente dibujen
empapados de luz
un boscoso archipiélago perdido.



Aurora Luque
























Michel Sandré




Robert Graves




Bajo los olivos



Nunca nos hubiésemos amado si el amor no hubiese martillado
más rápido que la razón y a pesar de la razón:
bajo los olivos, nuestras manos enlazadas,
los dos guardamos silencio:
cada uno acechando la respuesta
-el suspiro irracional del otro-
inocente, suave, atrevido, duradero, orgulloso.



Robert Graves



Antonio Deltoro




Barranca. Pilares 34



Mis once años fueron madera y piedras,
calor atravesado por dos líneas, una barranca más allá de la vía, minas de arena, una presa, pocos vecinos y caballos.
En las cuevas acechaba el derrumbe, el placer y el miedo caminaban por galerías de oscuridad y silencio.
En la ciudad perdida se oían los radios y en la presa se bañaban los niños.
La caminata y los perros
me sacaban del jardín y los cuartos,
en el solar de al lado
un árbol me esperaba
con el milagro de un amigo.



Antonio Deltoro



Juan Eduardo Cirlot




Tres fragmentos de la ciudad de la nada


1

Si no tuvieras
ni dónde ni por qué,
si solamente gris
fueras la resonancia de un olvido
o de un llanto fingiendo
el paso de la nieve entre las nubes,
la desgarrada línea
que marca lo que hubiese
podido ser alguna
imagen, y si no
fueras algo
te pediría, Sombra, que volvieras
la alucinante luz de tu lejano
irte
raudo en la inexistencia de lo que
es.


2

Ven a la habitación lejos del cielo
donde no llegan rosas ni gemidos.
Las olas solamente son las olas,
contémplate en las olas desoladas.
Dos mil doscientos años están vivos.


3

Hablarte no es cantar ni sollozar,
doncella de Cartago.
Te quiero no es decir te necesito,
no es hablar del amor ni de cerrados
éxtasis compartiendo los rosales.
Te quiero es solamente admitir
que te existo.
Que contengo tu ser en esta página
nacida de las ruinas de mis labios.



Juan Eduardo Cirlot




















Michel Sandré



Olga Orozco




No comiste del loto del olvido



No comiste del loto del olvido
-el homérico privilegio de los dioses-,
porque sabías ya que quien olvida se convierte en objeto
inanimado
-nada más que en resaca o en resto a la deriva-
al antojo del caprichoso mar de otras memorias.
Y así escarbaste un día en tu depósito de sombras
y volviste a anudar con tiernos ligamentos huesecitos dispersos,
tejidos enamorados del sabor de la lluvia,
vísceras dulces como colmenas sobrenaturales para la abeja reina,
dientes que fueron lobos en las estepas de la luna,
garras que fueron tigres en la profunda selva embalsamada.
Y lo envolviste todo en ese saco de carbón constelado
que arrojaste hacia aquí, como hacia un tren en marcha,
y que en algún lugar dejó un agujero por el que te aspiran
y al que debes volver.



Olga Orozco



Claudia Berrueto




Conversación



nací mientras mi madre conversaba con sus 35 años.
vine con serpentinas de madrugada atadas a mis dedos.
entré en mis vestidos
como por túneles que me llevaban a fotos
en las que yo era la niña de calcetas sucias
con gesto adulto al lado de un pastel.
pasados los años,
mi madre me entregó mi ombligo, mi pulsera de hospital
y mis pequeños túneles;
fue un reclamo por haber crecido,
un reclamo por no ser tan jóvenes
como cuando interrumpí su conversación.



Claudia Berrueto


















2009-07-01

JULIO 09






Imágenes de Christian Coigny





Rubén Bonifaz Nuño

Juan Gelman

Octavio Paz

Rosa Alice Branco

W H Auden

Gabriel Zaíd

John Donne

Verónica Volkow

Álvaro Mutis

Rafael Alberti

Ruth Padel





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Rubén Bonifaz Nuño

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Para los que llegan tarde a las fiestas
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Para los que llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues uno no sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;


para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;


para los que fueron invitados
una vez; aquéllos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta
ya mucho después de entrados todos
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;


para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;


para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados
los que no tendrán, los que no pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.



Rubén Bonifaz Nuño
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Juan Gelman




Restaurantes



Las telarañas del tiempo atrapan
sueños de mi pasado
y hacen su pasado así. En
el falso restaurante chino
de México, D.F., recibo
golpes de lo que fue, sus agujeros
llenos de predicciones
que me galopan el final. Allí
hay rostros ilegibles,
se pone gris lo atrás dejado
y el alma poco a poco
se mira en un puñado de
aire delgado y soledad.
Astros que caen en la mesa
y no se pueden comer.
El vino espía
tormentos del adiós y junio
es una calle larga con
un perro que ladra preguntas.



Juan Gelman



Octavio Paz




Relámpago en reposo



Tendida,
piedra hecha de mediodía,
ojos entrecerrados donde el blanco azulea,
entornada sonrisa.
Te incorporas a medias y sacudes tu melena de león.
Luego te tiendes,
delgada estría de lava en la roca,
rayo dormido.
Mientras duermes te acaricio y te pulo,
hacha esbelta,
flecha con que incendio la noche.

El mar combate allá lejos con espadas y plumas.



Octavio Paz
























Christian Coigny



Rosa Alice Branco




Dos palabras para la noche



Ahora soy el día. He ordenado las ropas
del último viaje, tu voz
en el cajón junto a la cama.
¿En qué lengua oigo las primeras vocales
de nuestro alfabeto, el olor de las sábanas
después de dormir? Viene despacio
por la calle estrecha donde se abre una flor
siempre que pasamos. Eres tú quien lo dice,
eres tú quien te abres cuando la flor. Cuando abres
el pan. El aceite en el plato y nuestros dedos
surcando los caminos de la boca y todo el cuerpo
camino uno del otro. También el vino.
El rojo de la noche. También la lengua.
Siento que la gastronomía y el amor
son dos palabras para la misma cosa.
No me acuses de plagio. ¿Cómo puedo
decir lo que todavía no has dicho?



Rosa Alice Branco



W H Auden




Si pudiera decirte



EL tiempo dirá tan sólo: “ya te dije”
Sólo el tiempo conoce el precio que hemos de pagar;
Si yo pudiera decírtelo, te lo haría saber.
Si debiéramos sollozar cuando los payasos hacen su número,
Si debiéramos tropezar cuando tocan los músicos,
El tiempo diría tan sólo “ya te lo dije”.
No hay fortunas que predecir, no obstante,
Porque te amo más de lo que puedo expresar
Si pudiera decírtelo, te lo haría saber.
Los vientos deben venir de alguna parte cuando soplan,
Debe haber razones por las que las hojas se pudren;
El tiempo dirá sólo “ya te lo dije”…
Tal vez las rosas realmente quieren crecer,
Tal vez la visión quiere en verdad permanecer;
Si pudiera decírtelo, te lo haría saber.
Supongamos que los leones se levantaran todos y se fueran,
Y que todos los arroyos y los soldados huyeran;
¿Dirá el tiempo algo que no sea ya te lo dije?
Si pudiera decírtelo te lo haría saber.



W. H. Auden



Gabriel Zaíd




Nocturno




Manantiales del agua
ya perenne, profunda
vida abierta en tus ojos.

Convive en ti la tierra
Poblada, su verdad
numerosa y sencilla.

Abre su plenitud
callada, su misterio,
la fábula del mundo.

Hallan su vocación
del Huerto, su quehacer,
manos contemplativas.

Estalla un mediodía
nocturno, arde en gracia
la noche, calla el cielo.

Tenue viento de pájaros
de recóndito fuego
habla en bocas y manos.

Viñas, las del silencio.
Viñas, las de las palabras
cargadas de silencio.



Gabriel Zaíd
























Christian Coigny
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John Donne




El saludo



Por mi fe, muchas veces me pregunto
qué hacíamos tú y yo antes de querernos.
¿Como niños aún no destetados
seguíamos chupando domésticos placeres?
¿Roncábamos tal vez en la caverna
de los Siete Durmientes? Así era.
Aquel u otro placer sólo fue sueño,
y si yo alguna vez vi. una belleza
que deseé y obtuve, no era nada
sino un sueño de ti.

Y ahora, ¡buenos días!
al doble despertar de nuestras almas,
que de nervios no aciertan a mirarse.
Porque el amor gobierna
todo el amor oculto de las cosas,
y hace de un todas partes, poco espacio.
Bien está que se fueran a buscar nuevos mundos
tantos descubridores, y que muestren los mapas
un mundo y otro mundo,
y el que somos cada uno de nosotros.

En tus ojos mi rostro,
en los míos el tuyo se retrata,
y los rostros reflejan
dos corazones sanos y leales.
¿En dónde encontraríamos mejores hemisferios,
sin crudo norte ni poniente en mengua?
Sólo mueren las mezclas desiguales:
si nuestros dos amores son uno, o tan idénticos
que ni el tuyo ni el mío cede al otro,
ninguno de los dos puede morir.



John Donne



Verónica Volkow




Petición



Dame la humildad del ala y de lo leve,
de lo que pasa suave
y suelta el ancla,
la despedida ingrávida,
y el abandono al vuelo,
la cicatriz que avanza
como ala en su desierto

Dame la humildad del alma
sin cuerpo y ya sin cosas.
Ser la poesía y su luz,
tan sólo la poesía
y la región más de aire,
inaccesible al desastre.

Dame la luz sin límites
acechando adentro
y la noche que soy también y el barro,
con la estrella distante
que la sed no sacia.

Dame la humildad que suelte las cadenas,
la verdad que desnuda
el polvo, el hueso que me fraguan.
Sólo en lo que soy caigo,
me derrumbo.

Déjame andar sin equipaje,
leve,
abierta al horizonte.



Verónica Volkow





















Christian Coigny



Álvaro Mutis




Exilio



Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.
Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Perpignan, Arreglen, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno, a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.
Y es entonces cuando peso mi exilio
y miro la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.



Álvaro Mutis




Rafael Alberti




Retornos del amor en una noche de verano



A tientas el amor, a ciegas en lo oscuro
tal vez entre las ramas, madura, alguna estrella,
vuelvo a sentirlo, vuelvo,
mojado de la escarcha caliente de la noche,
contra el hoyo de mentas tronchadas y tomillos.
Es él, único, sólo, lo mismo que mi mano
la piel desparramada de mi cuerpo, la sombra
de mi recién salido corazón, los umbrosos
centros más subterráneos de mi ser lo querían.
Vuelve único, vuelve
como forma tocada nada más, como llena
palpitación tendida cubierta de cabellos,
como sangre enredada en mi sangre, un latido
dentro de otro latido solamente.
Más las palabras, ¿dónde?
Las palabras no llegan. No tuvieron espacio
en aquel agostado nocturno, no tuvieron
ese mínimo aire que media entre dos bocas
antes de reducirse a un clavel silencioso.
Pero un aroma oculto se desliza , resbala,
me quema un desvelado olor a oscura orilla.
Alguien está prendiendo por la yerba un murmullo.
Es que siempre en la noche del amor pasa un río.



Rafael Alberti




















Christian Coigny



Ruth Padel




Tigre bebiendo de un charco del bosque



Agua, luz de luna, peligro, sueño,
borne de bronce, inclinada
encima de la raíz de un árbol.
Una octavada de luz, luego nada,
una luna roja, vista
a través de las nubes, o casi vista
Y del tesoro encontrado, pero perdido,
coqueteando entre los mundos
de lo perdido y lo encontrado
una ley injusta, anulada, un deseo
hecho realidad, una tristeza
de toda la vida, resanada
el refugio en la mente
de cualquier persona dañada
con mezquindades.
Una oración, rescatada de momento,
la traición perdonada,
llama del enredo, cruje glaseada,
el ámbar reflejado,
en una leche gris jade.
Una vieja canción recordada,
una larga deuda saldada
una pintura sobre seda,
que pudiera desvanecerse.



Ruth Padel  












2009-06-01

JUNIO 09

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Imágenes de Helmut Newton









Mario Benedetti


José Emilio Pacheco Ángel González


Cécilia Meireles Jorge Teillier


Fernando Pessoa Ana Blandiana


Roberto Juarroz Juan Manuel Roca


Gilberto Owen Silvia Plath













Mario Benedtti




Resumen



Resumiendo
digamos que oscilamos
entre dicha y desdicha
casi como decir
entre el cielo y la tierra
aunque el cielo de ahora y el de siempre
se ausente sin aviso

las ideas se van volviendo sólidas
sensaciones primarias
palabras todavía en borrador
corazones que laten como máquinas
¿serán nuestros o de otros?
este llanto de invierno no es lo mismo
que el sudor del verano

el dolor es un precio / no sabemos
el costo inalcanzable de la sabiduría

pensamos y pensamos duramente
y una pasión extraña nos invade
cada vez más tenaz
pero más triste

resumiendo
no somos los que somos
ni menos los que fuimos
tenemos un desorden en el alma
pero vale la pena sostenerla
con las manos / los ojos / la memoria

tratemos por lo menos de engañarnos
como si el buen amor
fuera la vida.



Mario Benedetti



José Emilio Pacheco




A quien pueda interesar



Que otros hagan aún
el gran poema
los libros unitarios
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía

A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo

La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.



José Emilio Pacheco



Ángel González




Mientras tú existas



Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz cualquiera...
                                        Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.



Ángel González



                                                                  Helmut Newton



Cécilia Meireles




Timidez



Me basta un pequeño gesto
hecho de lejos, muy leve,
para que vengas conmigo,
para que siempre te lleve.

Sólo ese, yo no lo haré.

Una palabra caída
de las montañas de instantes
desmancha todos los mares,
une tierras muy distantes.

Palabra que no diré.

Para que tú me adivines
entre vientos taciturnos
apago mis pensamientos
visto ropajes nocturnos

Que amargamente inventé.

Y mientras no me descubres
van los mundos navegando
en aires ciertos del tiempo
hasta no se sabe cuándo...

Y un día me acabaré.



Cécilia Meireles

Versión de Adriana Valdés



Jorge Teillier




Cuando yo no era poeta



Cuando yo no era poeta
por broma dije era poeta
aunque no había escrito un solo verso
pero admiraba el sombrero alón del poeta del pueblo.

Una mañana me encontré en la calle con mi vecina.
Me preguntó si yo era poeta.
Ella tenía catorce años.

La primera vez que hablé con ella
llevaba un ramo de ilusiones.
La segunda vez una anémona en el pelo.
La tercera vez un gladiolo entre los labios.
La cuarta vez no llevaba ninguna flor
        y le pregunté el significado de eso a las flores de la plaza
que no supieron responderme
ni tampoco mi profesora de botánica.

Ella había traducido para mí poemas de Christian Morgenstern.
A mí no se me ocurrió darle nada a cambio.
La vida era para mí muy dura.
No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.

Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44.
Eso me daba insomnio.
Me encerré mucho tiempo en mi pieza.

Cuando salí la encontré en la plaza y no me saludó.
Yo volví a mi casa y escribí mi primer poema.



Jorge Teillier



Helmut Newton



Fernando Pessoa




Abdicación



Tómame, oh noche eterna, en tus brazos
y llámame hijo.
Yo soy un rey
que voluntariamente abandoné
mi trono de ensueños y cansancios.
Mi espada, pesada en brazos flojos,
a manos viriles y calmas entregué;
y mi cetro y corona – yo los dejé
en la antecámara, hechos pedazos.
Mi cota de malla, tan inútil,
mis espuelas, de un tintineo tan fútil,
las dejé por la fría escalinata.
Desvestí la realeza, cuerpo y alma,
y regresé a la noche antigua y serena
como el paisaje al morir el día.



Fernando Pessoa



Ana Blandiana




Deberíamos



Deberíamos nacer ancianos,
despiertos, capaces de decidir
nuestro destino en la Tierra,
saber desde la primera encrucijada
qué camino tomar
y que irresponsable sólo sea
el deseo de ir más lejos.
Después, hacernos al caminar,
aún más y más jóvenes,
maduros y fuertes alcanzar
las puertas de la creación,
traspasarlas y entrar enamorados
a la adolescencia,
ser niños cuando nazcan nuestros hijos.
Igual serían siempre más viejos que nosotros,
nos enseñarían a hablar,
y nos mecerían para dormirnos,
desapareceríamos cada vez más,
seríamos cada vez más pequeños,
como un granito de uva, de arveja o de trigo...



Ana Blandiana

Versión de S. Teillier



Roberto Juarroz




Un amor más allá del amor ...




Un amor más allá del amor,
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y de la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo
pero también para todas las posiciones
intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizá también como cerrarlos.


Roberto Juarroz



Helmut Newton



Juan Manuel Roca




Memoria del constructor de ruinas



En el principio fue la ruina.
Unos extraños, portadores de andamios y plomadas
Empezaron a roerla para volverla casa.
Es como si le pusieran muletas al aire.
Para qué ventanas, si al tumbarlas
Siguen fieles a su vocación de aire
Y tallamos escaleras con peldaños de vacío.
Es prudente construir la ruina antes que la casa.
Poner la pátina antes que el rincón,
Soltar el humo antes de izar la chimenea,
Hacer que el patio libere el horizonte.



Juan Manuel Roca



Gilberto Owen




Booz ve dormir a Ruth



La isla está rodeada por un mar tembloroso
que algunos llaman piel. Pero es espuma.
Es un mar que prolonga su blancura en el cielo
como el halo de las tehuanas y los santos.
Es un mar que está siempre
en trance de primera comunión.

Quién habitara tu veraz incendio
rodeado de azucenas por doquiera,
quién entrara a tus dos puertos cerrados
azules y redondos como ojos azules
que aprisionaron todo el sol del día,
para irse a soñar a tu serena plaza pueblerina
—que algunos llaman frente—
debajo de tus árboles de cabellos textiles
que se te enrollan en ovillos
para que tengas que peinártelos con husos.
He leído en tu oreja que la recta no existe
aunque diga que sí tu nariz euclidiana;
hay una voz muy roja que se quedó encendida
en el silencio de tus labios. Cállala
para poder oír lo que me cuente
el aire que regresa de tu pecho;
para saber por qué no tienes en el cuello
mi manzana de Adán, si te la he dado;
para saber por qué tu seno izquierdo
se levanta más alto que el otro cuando aspiras;
para saber por qué tu vientre liso
tiembla cuando lo tocan mis pupilas.
Has bajado una mano hasta tu centro.

Saben aún tus pies, cuando los beso,
al vino que pisaste en los lagares;
qué frágil filigrana es la invisible
cadena con que ata el pudor tus tobillos;
yo conocí un río más largo que tus piernas
—algunos lo llamaban Vía Láctea—
pero no discurría tan moroso
ni por cauce tan firme y bien trazado;
una noche la luna llenaba todo el lago;
Zirahuén era así dulce como su nombre:
era la anunciación de tus caderas.
Si tus manos son manos, ¿cómo son las anémonas?
Cinco uñas se apagan en tu centro.

No haber estado el día de tu creación, no haber estado
antes de que Su mano te envolviera en sudarios de inocencia
—y no saber qué eres ni qué estarás soñando.
Hoy te destrozaría por saberlo.



Gilberto Owen



Helmut Newton



Silvia Plath




Las musas inquietantes



Madre, madre, ¿qué tía tan mal nacida
O qué prima tan desfigurada y repulsiva
Te llevó a cometer la necedad
De no invitarla a mi bautizo, al que ella
Mandó en su lugar a esas señoras
Con cráneos como huevos de zurcir que cabeceaban
Y cabeceaban sin parar arriba y abajo,
A un lado y al otro de mi cuna?

Madre, tú que inventabas a nuestra medida
Los cuentos de Mixie Blackshort, el heroico oso;
Tú, cuyas brujas siempre, siempre terminaban
En el horno transformadas en pan de jengibre,
Me pregunto si también las veías, si decías
Aquellas palabras para librarme de aquellas tres señoras
Que cabeceaban por la noche alrededor de mi lecho,
Sin boca, sin ojos, con el cráneo calvo y recosido.

Durante el huracán, mientras las doce ventanas
Del estudio de padre se hinchaban hacia dentro
Como burbujas a punto de estallar, tú nos dabas de comer
A mi hermano y a mí leche con cacao y galletas,
Y nos ayudabas a los dos a corear:
"Thor está enojado: ¡Bum, bum, bum!
Thor está enojado: ¡A la porra con él!"
Pero aquellas señoras rompieron los cristales.

Cuando las compañeras del colegio bailaban
De puntillas, centelleando como cocuyos
Y cantando la canción de la luciérnaga, yo no podía
Levantar ni un pie con aquel vestido resplandeciente,
Y me quedaba a un lado, con mis pies de plomo,
En la sombra proyectada por aquellas madrinas
De tétricas cabezas, mientras tú gritabas y gritabas:
La sombra se alargaba, las luces se extinguían.

Madre, me obligaste a dar clases de piano,
Y alababas mis arabescos y mis trinos,
Aunque todos los profesores hallaban mi manera de tocar
Extraña, rígida, antinatural, a pesar de las muchas escalas
Y de las muchas horas que practicaba, pues no tenía
El menor oído musical, no, y era incapaz de aprender.
Pero aprendí, querida madre, aprendí en otro lugar
Y de otras maestras: de esas musas que tú no contrataste.

Un día desperté para verte, madre,
Flotando encima de mí, por el aire más azul,
En un globo verde brillante, con un millón
De flores y de petirrojos azules que jamás,
Jamás ha visto nadie en ninguna parte.
Pero el pequeño planeta desapareció de repente
Como una pompa de jabón cuando tú gritaste: "¡Ven aquí!"
Y yo volví a hacer frente a mis compañeras de viaje.

Día y noche, a los pies y a la cabecera, a ambos lados de la cama,
Las tres me vigilan vestidas con sus túnicas de piedra,
Sus rostros en blanco, como el día en que nací.
Sus sombras se alargan en el sol del ocaso
Que nunca se vuelve más brillante ni termina de ponerse.
Sí, este es el reino al que me engendraste,
Madre, Madre. Pero no voy a fruncir el ceño
Para no desvelar la relación que mantengo.



Silvia Plath

Versión de Xoán Abeleira


















2009-05-01

MAYO 09




Imágenes de Flor Garduño






 Amalia Bautista

    Marguerite Yourcenar

       Rosario Castellanos

          Lucía Estrada

             Anne Sexton

                Idea Vilariño

                   Blanca Varela

                      María Rivera

                         Marosa Di Giorgio

                        
   Ana Ajmátova

                               
Elena Medel














Amalia Bautista




La torre



Hagamos una torre de minutos,
apilemos los ratos que hemos podido vernos,
hablarnos, sonreírnos, hacernos el amor, acariciarnos
hasta el fondo del alma.
Vamos a amontonar con cuidado infinito,
para que no se caigan,
esos segundos de alegría limpia
que nos dieron la paz y las lágrimas dulces.
Construyamos un frágil rascacielos
que centellee al sol y resista las lluvias.
La torre alcanzará las nubes.

Pero nunca alzaremos a su lado otra torre
con todos los minutos que no estuvimos juntos,
con los días perdidos más allá de los mares
y las noches pasadas abrazando otros cuerpos.
Sería insoportable contemplar esa torre.
Daría varias veces la vuelta al universo.  



Amalia Bautista



Marguerite Yourcenar




Firme propósito



Ni ampararse del día bajo el árbol de nieblas,
Ni morder el verano en las frutas dormido,
Ni besar en los labios lentos de tinieblas
Al muerto evaporado y vano de haber sido.

Ni penetrar el centro del álgebra frío,
Ni en el vacío clavar la máscara infinita.
Ni sembrar el olvido en el glorioso río
Y derramar la nada en la tumba bendita.

Ni rozar, Amor mío, tu boca entregada,
Ni su deseo quemar sin la llama esperada,
Ni arrastrar en el cuerpo rendido la herida.

Ni rezar con las manos juntas de la pena,
Pero traer consigo en la noche serena
El hondo corazón donde sangró la vida.



Marguerite Yourcenar

Versión de Silvia Barón-Supervielle



Rosario Castellanos




En el filo del gozo


I

Entre la muerte y yo he erigido tu cuerpo:
que estrelle en ti sus olas funestas sin tocarme
y resbale en espuma deshecha y humillada.

Cuerpo de amor, de plenitud, de fiesta,
palabras que los vientos dispensan como pétalos,
campanas delirantes al crepúsculo.

Todo lo que la tierra echa a volar en pájaros,
todo lo que los lagos atesoran de cielo
más el bosque y la piedra y las colmenas.
 
Cuajada de cosechas bailo sobre las eras
mientras el tiempo llora por sus guadañas rotas.
 
Venturosa ciudad amurallada,
ceñida de milagros, descanso en el recinto
de este cuerpo que empieza donde termina el mío.


II

Convulsa entre tus brazos como mar entre rocas,
rompiéndome en el filo del gozo o mansamente
lamiendo las arenas asoleadas.

Bajo tu tacto tiemblo
como un arco en tensión palpitante de flechas
y de agudos silbidos inminentes.

Mi sangre se enardece igual que una jauría
olfateando la presa y el estrago
pero bajo tu voz mi corazón se rinde
en palomas devotas y sumidas.


III

Tu sabor se anticipa entre las uvas
que lentamente ceden a la lengua
comunicando azúcares íntimos y selectos.

Tu presencia es el júbilo.
Cuando partes, arrasas jardines y transformas
la feliz somnolencia de la tórtola
en una fiera expectación de galgos.

Y, amor, cuando regresas
el ánimo turbado te presiente
como los siervos jóvenes la vecindad del agua.



Rosario Castellanos























Flor Garduño



Lucía Estrada




Crescence Eugénie Murat



Nada se revela más oculto
que lo cercano,
aquello que miras sin mirar,
las palabras dichas
desde siempre,
los trazos de una caligrafía
abierta,
el corazón que hiende la espada
y que se ofrece
a quien no pronunció su nombre
desde antiguo.

Si descubriera una sola
de mis manos
¿descifrarías las líneas
del misterio?
¿sabrías que toda búsqueda
tiene su lámpara,
todo camino su límite,
toda sabiduría
su árbol de inocencia?



Lucía Estrada



Anne Sexton




Canción para una dama



El día de los pechos y las pequeñas caderas
la ventana acribillada por una desapacible lluvia,
lluvia arreciando como un pastor,
nos acoplamos, tan cuerdas y tan locas.
Yacimos como cucharas mientras la siniestra
lluvia caía como moscas sobre nuestros labios
y sobre nuestros ojos felices y nuestras pequeñas
    caderas.

“El cuarto está tan frío con lluvia”, dijiste
y tú, femenina tú, con tu flor
rezaste novenas a mis tobillos y a mis codos.
Eres un producto nacional, un poder.
Oh, mi cisne, mi esclava, mi querida rosa de lana,
incluso un notario daría fe de nuestro lecho
mientras tú me amasas y yo me elevo como el pan.



Anne Sexton

Versión de Ben Clark























Flor Garduño



Idea Vilariño




La noche



Es un oro imposible de comprender,
un acabado silencio que renace y se incorpora.
Las manos de la noche buscan el aire,
el aire se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano...
El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo,
el cielo a estrellas.
La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma,
inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderoso, el triste,
el que contempla, conoce su poder que crea,
ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.



Idea Vilariño



Blanca Varela




El día



El día queda atrás,
apenas consumido y ya inútil.
Comienza la gran luz,
todas las puertas ceden ante un hombre dormido,
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.

El tiempo,
la gran puerta entreabierta,
el astro que ciega.

No es con los ojos que se ve nacer
esa gota de luz que será,
que fue un día.

Canta abeja, sin prisa,
recorre el laberinto iluminado,
de fiesta.

Respira y canta.
Donde todo se termina abre las alas.
Eres el sol,
el aguijón del alba,
el mar que besa las montañas,
la claridad total,
el sueño.



Blanca Varela



María Rivera




Envío



Escribí para ti,
para tu honda trayectoria,
para el hueco de ti.

Tú fuiste mi herida,
por tu honda flecha
abrí las manos.

Escribí para el sol
desnudo de tu nombre,
para nombrarte
mío y de los hombres,

para salvarte
de las cosas mudas
sin lenguaje: Tú

que estás en todo y
todo te conforma.

Escribí para ti,
ánima del mundo,
piedra mía,

para tu arena
implacable
que nada olvida.

Escribí para ti,
molino de sombra,

para que el pobre hombre,
pobre, mire la flor de su edad
naciendo y se alegre.


María Rivera



Flor Garduño



Marosa Di Giorgio




Los leones rondaban la casa



Los leones rondaban la casa.
Los leones siempre rondaron.
Siempre se dijo que los leones rondaron siempre.
Parecían salir de los paraísos y el rosal.
Los leones eran sucios y dorados.
Ellos eran muy bellos.
Los ojos como perlas. Y un broche brillante en el pecho
entre aquel pelo áureo.
Los leones entraron a la casa.
Corrimos a esconder los floreros de sal, de azúcar, el cometa
Halley, las queridísimas sábanas nevadas, la
colección de
estampillas. Y a traer los sudarios.
Los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles, al
mismo tiempo, visibles e invisibles.
Se oía el rumor de la leche que robaban, el clamor de la miel
y la carne que cortaban.
Llevaron hacia afuera a la abuela oscura, la que tenía una
guía de rositas alrededor del corazón.
Y la comieron fríamente. Como en un simulacro.
Y -como si hubiese sido un simulacro!- ella tornó a la
casa y dijo: -Los leones rondaron siempre. Están delante
de los paraísos y el rosal. Dijo: -Los leones están acá.



Marosa Di Giorgio



Ana Ajmátova




La tierra natal



No la llevamos en oscuros amuletos,
Ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella,
No perturba nuestro amargo sueño,
Ni nos parece el paraíso prometido.
En nuestra alma no la convertimos
En objeto que se compra o se vende.
Por ella, enfermos, indigentes, errantes
Ni siquiera la recordamos.

Sí, para nosotros es tierra en los zapatos.
Sí, para nosotros es piedra entre los dientes.
Y molemos, arrancamos, aplastamos
Esa tierra que con nada se mezcla.
Pero en ella yacemos y somos ella,
Y por eso, dichosos, la llamamos nuestra.



Ana Ajmátova

Versión de María Fernanda Palacio



Flor Garduño



Elena Medel




Mi primer bikini



Sólo yo sé cuándo sobrevivimos.
Lo sé porque mis dedos
se transforman en lápices de colores.
Lo sé porque con ellos
dibujo en las paredes de tu casa
mujeres con rostro de epitafio.
Porque, a la caricia de la punta,
comienza el derrame de los cimientos
formando arco iris en la noche.
Porque, al escribir testamentos
en el suelo, se remueven las vísceras
de azúcar, y trepan tus raíces.

Grabo versos de colores fríos
en tu piel, de arquitrabe a basa,
y les llueve y los diluye, y compruebo
que la lluvia suena como hacen al caer
las canicas brillantes y naranjas
que cambiaba en el patio del recreo,
poco antes de calzar mi primer bikini.

Hoy guardo las canicas, como un apagado
tesoro, en los huecos de otras espaldas.

Pinto también en la terraza de enfrente
un jardín de lápidas cálidas y hermosas.
Trazo como una medusa de bronce,
un paraíso de cadenas hendiendo en mantillo
el valle diminuto que proclama que es frágil
y sin embargo, dirás tú, sobrevive.



Elena Medel

























2009-04-01

ABRIL 09

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Imágenes de Matteo Bertolio
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Jaime Gil de Biedma

Francisco Hernández

Jorge Gaitán Durán

Emily Dickinson

Idea Vilariño

Rogelio Guedea

Leopoldo Panero

Carlos Drummond de Andrade

Yorgos Seferis

Arturo Gutiérrez Plaza

Czeslaw Milosz
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Jaime Gil de Biedma




Mañana de ayer, de hoy



Es la lluvia sobre el mar.
En la abierta ventana,
contemplándola, descansas
la sien en el cristal.

Imagen de unos segundos,
quieto en el contraluz
tu cuerpo distinto, aún
de la noche desnudo.

Y te vuelves hacia mí,
sonriéndome. Yo pienso
en cómo ha pasado el tiempo,
y te recuerdo así.



Jaime Gil de Biedma



Francisco Hernández




Hasta que el verso quede



Quitar la carne, toda,
hasta que el verso quede
con la sonora oscuridad del hueso.
Y al hueso desbastarlo, pulirlo, aguzarlo
hasta que se convierta en aguja tan fina,
que atraviese la lengua sin dolencia,
aunque la sangre obstruya la garganta.



Francisco Hernández



Jorge Gaitán Durán




El instante



Ardió el día como una rosa.
Y el pájaro de la luna huyó
cantando. Nos miramos desnudos.
Y el sol levantó su árbol rojo
en el valle. Junto al río,
dos cuerpos bellos, siempre
jóvenes. Nos reconocimos.
Habíamos muerto y despertábamos
del tiempo. Nos miramos de nuevo,
con reparo. Y volvió la noche
a cubrir los memoriosos.



Jorge Gaitán Durán



















Matteo Bertolio




Emily Dickinson




Un sueño largo, largo



Un sueño largo, largo, un ya famoso sueño,
que señales no da de que se está acercando el día,
pues no mueve ni un párpado el durmiente:
un sueño independiente y apartado.

¿Pereza como ésta se vio nunca?
En orilla de piedra,
bajo el calor, dejar pasar los siglos
y ni una vez mirar si el mediodía llega.



Emily Dickinson



Idea Vilariño




Mediodía



Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,
el mar ensimismado,
el mar, a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
Ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.
Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.



Idea Vilariño



Rogelio Guedea




Cómo ato mis ojos a los tuyos



Cómo ato mis ojos a los tuyos. cómo callo la mano
que te escribe. mi mano no deja de nombrarte. de
noche se levanta. vela tu ser. poda tu cuerpo o mar
o cielo muchamente. no te deja descansar. bebe de
tu agua todo el existir. deja de nombrarla. mano. le
grito. le suplico. deja tu pasión o lumbre arrasadora.
pero mi mano filosofa y piensa y hace rayos. albas.
hace calor para arroparte. gira como mundo alrededor
de ti. abierta oscuridad que pace mi temblor. solita
mano bañada de coraje.



Rogelio Guedea


















Matteo Bertolio




Leopoldo Panero




En tu sonrisa



Ya empieza tu sonrisa,
como el son de la lluvia en los cristales.
La tarde vibra al fondo de frescura,
y brota de la tierra un olor suave,
un olor parecido a tu sonrisa,
y a mover tu sonrisa como un sauce
con el aura de abril; la lluvia roza
vagamente el paisaje,
y hacia adentro se pierde tu sonrisa,
y hacia dentro se borra y se deshace,
y hacia el alma me lleva,
desde el alma me trae,
atónito, a tu lado.
Ya tu sonrisa entre mis labios arde,
y oliendo en ella estoy a tierra limpia,
y a luz, y a la frescura de la tarde
donde brilla de nuevo el sol, y el iris,
movido levemente por el aire,
es como tu sonrisa que se acaba
dejando su hermosura entre los árboles...



Leopoldo Panero



Carlos Drummond de Andrade




Amor - puesto que es palabra esencial



Amor - puesto que es palabra esencial
comience esta canción y toda la envuelva.
Amor guíe mi verso, y mientras lo guía,
reúna alma y deseo, miembro y vulva.

Quién osará decir que él es sólo alma?
Quién no siente en el cuerpo el alma expandirse
hasta desabrochar en puro grito
de orgasmo, en un instante de infinito?

El cuerpo en otro cuerpo entrelazado,
fundido, disuelto, vuelto al origen
de los seres, que Platón vio completados:
es uno, perfecto en dos; son dos en uno.

¿Integración en la cama o ya en el cosmos?
¿Dónde termina el cuarto y llega a los astros?
¿Qué fuerza en nuestros flancos nos transporta
a esa extrema región, etérea, eterna?

Al delicioso toque de clítoris,
ya todo se transforma, en un relámpago.
En pequeñito punto de ese cuerpo,
la fuente, el fuego, la miel se concentraron.

Va la penetración rompiendo nubes
y desvastando soles tan fulgurantes
que nunca ha soportado la vista humana,
pero, varado de luz, el coito sigue.

Y prosigue y se explaya de tal suerte
que, más allá de nosotros, más allá de la propia vida,
como activa abstracción que se hace carne,
la idea de gozar está gozando.

Y en un sufrir de gozo entre palabras,
menos que esto, sonidos, gemidos, ayes,
un solo espasmo en nosotros alcanza el clímax:
es cuando el amor muere de amor, divino.

Cuántas veces morimos uno en el otro,
en el húmedo subterráneo de la vagina.
en esa muerte mas suave que el sueño:
la pausa de los sentidos, satisfecha.

Entonces la paz se instaura. La paz de los dioses,
extendidos en la cama, cual estatuas
vestidas de sudor, agradeciendo
lo que a un dios acrecienta el amor terrestre.



Carlos Drummond de Andrade




Matteo Bertolio




Yorgos Seferis




El papel en blanco…



El papel en blanco rígido espejo
sólo devuelve lo que eres.

El papel en blanco habla con tu voz,
tu propia voz
no con la que te agrada;
tu música es la vida
esa que has derrochado.
Es posible, si quieres, recuperarla
si te aferras a eso tan indiferente
que te echa para atrás
allí donde te pones en camino.

Has viajado, has visto muchas lunas, muchos soles,
has tocado muertos y vivos
has sentido el dolor del muchacho
y el gemido de la mujer
la amargura del niño aún no maduro–
lo que has sentido sin fundamento se derrrumba
si no confías en este vacío.
Tal vez halles allí lo que creías perdido:
el brote de la juventud, la zozobra certeza de la edad.

Tu vida es lo que has dado
ese vacío es lo que has dado
un papel en blanco.



Yorgos Seferis



Arturo Gutiérrez Plaza




Ritual



Se trenzan lentamente,
acoplan sus medidas,

descubren un rito
de aullidos diminutos:
lenguas,
ojos tallando la piel.

Los labios se encuentran,
olfatean,
recorren con furia los cuerpos.

Un breve estallido
queda preso en las sábanas.

Construyen un templo en la mirada.



Arturo Gutiérrez Plaza




Matteo Bertolio




Czeslaw Milosz




Dádiva



Un día muy feliz.
La niebla se levantó pronto, trabajé en el jardín.
Los colibrís se demoraban en las madreselvas.
No había cosa en la tierra que yo deseara poseer.
Sabía que no merecía la pena que envidiase a nadie.
Cualquier mal que hubiera sufrido, lo olvidé.
Pensar que una vez fui el mismo hombre no me molestaba.
En el cuerpo no sentía dolor.
Cuando me estiré vi el mar azul y las velas.



Czeslaw Milosz
















2009-03-01

MARZO 09





Imágenes de Nicola Ranaldi





José Emilio Pacheco

   Adélia Prado Freitas

        Jorge Valdés Díaz-Vélez

              Eugenio Montejo

                  Eliseo Diego

                      Silvia Tomasa Rivera

                          Eduardo Lizalde

                              Luis García Montero

                                  Juan Carlos Bautista

                                      Oscar de Pablo

                                          Giuseppe Ungaretti










José Emilio Pacheco




La diosa blanca



Porque sabe cuánto la quiero y cómo hablo de ella en
su ausencia,
la nieve vino a despedirme.
Pintó de Brueghel los árboles.
Hizo dibujo de Hosukai el campo sombrío.

Imposible dar gusto a todos.
La nieve que para mí es la diosa, la novia,
Astarté, Diana, la eterna muchacha,
para otros es la enemiga, la bruja, la condenable a la hoguera.
Estorba sus labores y sus ganancias.
La odian por verla tanto y haber crecido con ella.
La relacionan con el sudario y la muerte.

A mis ojos en cambio es la joven vida, la Diosa Blanca
que abre los brazos y nos envuelve por un segundo y se marcha.
Le digo adiós, hasta luego, espero volver a verte algún día.
Adiós, espuma del aire, isla que dura un instante.



José Emilio Pacheco



Adélia Prado




Poema empezado por el final



Un cuerpo quiere otro cuerpo.
Un alma quiere otra alma y su cuerpo.
Este exceso de realidad me confunde.
Jonathan hablando:
parece que estoy en una película.
Si yo le dijese eres un estúpido
él diría sí, lo soy.
Si él dijese ven conmigo a pasear al infierno
yo iría.
Las casas bajas, las personas pobres
y el sol de la tarde
sobre nuestra fragilidad.
Venía con Jonathan
por la calle más torcida de la ciudad.
El camino del cielo.



Adélia Prado Freitas



Jorge Valdés Díaz-Vélez




Los sonámbulos



Se despertó al oír un ruido
a sus espaldas, un murmullo
de frondas embozado. Abrió
los ojos y rozó en silencio
sus brazos recogidos entre
la nervadura de la sábana.
Qué sucede, por qué no duermes
—le preguntó mientras el alba
ya era otra forma en los espejos.
Me soñaba contigo —dijo
sin mirarle. Y se dio la vuelta,
cerró los párpados del sueño
para buscar la piel que huía
desde sus yemas, luz adentro.



Jorge Valdés Díaz-Vélez

















Nicola Ranaldi



Eugenio Montejo




Pájaros



Oigo los pájaros afuera,
otros, no los de ayer que ya perdimos,
los nuevos silbos inocentes.
Y no sé si son pájaros,
si alguien que ya no soy los sigue oyendo
a media vida bajo el sol de la tierra.
Quizás es el deseo de retener su voz salvaje
en la mitad de la estación
antes que de los árboles se alejen.

Alguien que he sido o soy, no sé,
oye o recuerda,
si hay algo real dentro de mí son ellos,
más que yo mismo, más que el sol afuera,
si es musical la fuerza que hace girar el mundo,
no ha habido nunca sino pájaros,
el canto de los pájaros
que nos trae y nos lleva.



Eugenio Montejo



Eliseo Diego




En lo alto



Un pájaro en lo alto,
en lo más fino
del árbol alto,
un tomeguín
nervioso, breve, tan liviano

como un soplo de luz,
está cantando
su propia levedad,
la maravilla
de su increíble ser

su pura vida
minúscula, perfecta, iluminada.



Eliseo Diego



Silvia Tomasa Rivera




El deseo



El deseo: pájaro negro en la noche,
abre sus alas y golpea.
Muerta el alma el deseo la hace espuma,
los caballos del mar ya no están quietos,
se exaltan y pierden.
El hombre se mueve, en esa marea
ahoga sus sentidos.
El deseo, no es un sentir apenas,
yo lo he visto
enrojecer los labios de los muertos.



Silvia Tomasa Rivera
















Nicola Ranaldi



Eduardo Lizalde




Bellísima



Y si uno de esos ángeles
me estrechara de pronto sobre su corazón, 
yo sucumbiría ahogado por su existencia 
más poderosa.
RILKE, de nuevo

Óigame usted, bellísima,
no soporto su amor.
Míreme, observe de qué modo
su amor daña y destruye.
Si fuera usted un poco menos bella,
si tuviera un defecto en algún sitio,
un dedo mutilado y evidente,
alguna cosa ríspida en la voz,
una pequeña cicatriz junto a esos labios
de fruta en movimiento,
una peca en el alma,
una mala pincelada imperceptible
en la sonrisa...
yo podría tolerarla.

Pero su cruel belleza es implacable,
bellísima;
no hay una fronda de reposo
para su hiriente luz
de estrella en permanente fuga
y desespera comprender
que aun la mutilación la haría más bella,
como a ciertas estatuas.



Eduardo Lizalde



Luis García Montero




Recuerdo de una tarde



Aquel temblor del muslo
y el diminuto encaje
rozado por la yema de los dedos,
son el mejor recuerdo de unos días
conocidos sin prisa, sin hacerse notar,
igual que amigos tímidos.

Fue la tarde anterior a la tormenta,
con truenos en el cielo.
Tú apareciste en el jardín, secreta,
vestida de otro tiempo,
con una extravagante manera de quererme,
jugando a ser el viento de un armario,
la luz en seda negra
y medias de cristal,
tan abrazadas
a tus muslos con fuerza,
con esa oscura fuerza que tuvieron
sus dueños en la vida.

Bajo el color confuso de las flores salvajes,
inesperadamente me ofrecías
tu memoria de labios entreabiertos,
unas ropas difíciles, y el rayo
apenas vislumbrado de la carne,
como fuego lunático,
como llama de almendro donde puse
la mano sin dudarlo.
Por el jardín, el ruido de los últimos pájaros,
de las primeras gotas en los árboles.

Aquel temblor del muslo
y el diminuto encaje, de vello traspasado,
su resistencia elástica
vencida con el paso de los años,
vuelven a ser verdad, oleaje en el tacto,
arena humedecida entre las manos,
cuando otra vez, aquí, de pensamiento,
me abandono en la dura solución de tus ingles
y dejo de escribir
para llamarte.



Luis García Montero

















Nicola Ranadli



Juan Carlos Bautista




Puto decía…



Puto decía en las frentes,
puto en las paredes pompeyanas del inodoro,
puto en las manos cebosas
y en los muros ignorados, escrito con odio:
pe de puto en los ojos cuando hacían esas hipérboles,
esas elipsis.
cuando se iban al techo, a la nuca,
la niña desmayada entre secreciones y ronca risa:
puto en esas visiones repentinas,
en esos gestos movedizos,
en la cadera, su abrupta estatua,
sus lentas, desaforadas descripciones:
puto en la locura doliente desde los ojos
como pájaros escapándose
a un cielo que respira su trágico y su cómico,
y se deja caer por el lujo de contemplarse en esa prisa:
y el dedo que rayaba las sábanas,
tan triste y tan digno,
                          luego removiéndose entre risas,
detenido en el aire, diciéndolo:

"pues sí,
        morena (y puto) soy porque el sol me quemó,
¡oh, hijas de israel!



Juan Carlos Bautista



Oscar de Pablo




Santiago



es martes otra vez/ otra vez llueve
es santiago de chile y es invierno
tú caminas como un árbol sin sombra
absorta en el silencio/ inexorable
como una sola nota sostenida

es martes otra vez/ otra vez llueve
el cielo enorme nada vientre arriba
triste y azul mucho antes de sí mismo

yo sé que donde estés/ en cualquier parte
será también invierno y será martes
serás agua de estrella desde nunca
serás amarga niebla hasta perderte
y una lengua de sombra ira escribiendo
su música de leche por tus senos.



Oscar de Pablo



















Nicola Ranaldi



Guiseppe Ungaretti




El puerto sepultado



Aquí llega el poeta
y luego vuelve a la luz
con sus cantos
y los dispersa

De esta poesía
me queda
esa nada
de inagotable secreto



Giuseppe Ungaretti





















2009-02-01

FEBRERO 09




Imágenes de Trevor Watson




Rosario Castellanos

Wislawa Szymborska   Eugenio de