2009-07-01

JULIO 09






Imágenes de Christian Coigny





Rubén Bonifaz Nuño

Juan Gelman

Octavio Paz

Rosa Alice Branco

W H Auden

Gabriel Zaíd

John Donne

Verónica Volkow

Álvaro Mutis

Rafael Alberti

Ruth Padel





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Rubén Bonifaz Nuño

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Para los que llegan tarde a las fiestas
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Para los que llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues uno no sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;


para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;


para los que fueron invitados
una vez; aquéllos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta
ya mucho después de entrados todos
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;


para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;


para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados
los que no tendrán, los que no pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.



Rubén Bonifaz Nuño
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Juan Gelman




Restaurantes



Las telarañas del tiempo atrapan
sueños de mi pasado
y hacen su pasado así. En
el falso restaurante chino
de México, D.F., recibo
golpes de lo que fue, sus agujeros
llenos de predicciones
que me galopan el final. Allí
hay rostros ilegibles,
se pone gris lo atrás dejado
y el alma poco a poco
se mira en un puñado de
aire delgado y soledad.
Astros que caen en la mesa
y no se pueden comer.
El vino espía
tormentos del adiós y junio
es una calle larga con
un perro que ladra preguntas.



Juan Gelman



Octavio Paz




Relámpago en reposo



Tendida,
piedra hecha de mediodía,
ojos entrecerrados donde el blanco azulea,
entornada sonrisa.
Te incorporas a medias y sacudes tu melena de león.
Luego te tiendes,
delgada estría de lava en la roca,
rayo dormido.
Mientras duermes te acaricio y te pulo,
hacha esbelta,
flecha con que incendio la noche.

El mar combate allá lejos con espadas y plumas.



Octavio Paz
























Christian Coigny



Rosa Alice Branco




Dos palabras para la noche



Ahora soy el día. He ordenado las ropas
del último viaje, tu voz
en el cajón junto a la cama.
¿En qué lengua oigo las primeras vocales
de nuestro alfabeto, el olor de las sábanas
después de dormir? Viene despacio
por la calle estrecha donde se abre una flor
siempre que pasamos. Eres tú quien lo dice,
eres tú quien te abres cuando la flor. Cuando abres
el pan. El aceite en el plato y nuestros dedos
surcando los caminos de la boca y todo el cuerpo
camino uno del otro. También el vino.
El rojo de la noche. También la lengua.
Siento que la gastronomía y el amor
son dos palabras para la misma cosa.
No me acuses de plagio. ¿Cómo puedo
decir lo que todavía no has dicho?



Rosa Alice Branco



W H Auden




Si pudiera decirte



EL tiempo dirá tan sólo: “ya te dije”
Sólo el tiempo conoce el precio que hemos de pagar;
Si yo pudiera decírtelo, te lo haría saber.
Si debiéramos sollozar cuando los payasos hacen su número,
Si debiéramos tropezar cuando tocan los músicos,
El tiempo diría tan sólo “ya te lo dije”.
No hay fortunas que predecir, no obstante,
Porque te amo más de lo que puedo expresar
Si pudiera decírtelo, te lo haría saber.
Los vientos deben venir de alguna parte cuando soplan,
Debe haber razones por las que las hojas se pudren;
El tiempo dirá sólo “ya te lo dije”…
Tal vez las rosas realmente quieren crecer,
Tal vez la visión quiere en verdad permanecer;
Si pudiera decírtelo, te lo haría saber.
Supongamos que los leones se levantaran todos y se fueran,
Y que todos los arroyos y los soldados huyeran;
¿Dirá el tiempo algo que no sea ya te lo dije?
Si pudiera decírtelo te lo haría saber.



W. H. Auden



Gabriel Zaíd




Nocturno




Manantiales del agua
ya perenne, profunda
vida abierta en tus ojos.

Convive en ti la tierra
Poblada, su verdad
numerosa y sencilla.

Abre su plenitud
callada, su misterio,
la fábula del mundo.

Hallan su vocación
del Huerto, su quehacer,
manos contemplativas.

Estalla un mediodía
nocturno, arde en gracia
la noche, calla el cielo.

Tenue viento de pájaros
de recóndito fuego
habla en bocas y manos.

Viñas, las del silencio.
Viñas, las de las palabras
cargadas de silencio.



Gabriel Zaíd
























Christian Coigny
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John Donne




El saludo



Por mi fe, muchas veces me pregunto
qué hacíamos tú y yo antes de querernos.
¿Como niños aún no destetados
seguíamos chupando domésticos placeres?
¿Roncábamos tal vez en la caverna
de los Siete Durmientes? Así era.
Aquel u otro placer sólo fue sueño,
y si yo alguna vez vi. una belleza
que deseé y obtuve, no era nada
sino un sueño de ti.

Y ahora, ¡buenos días!
al doble despertar de nuestras almas,
que de nervios no aciertan a mirarse.
Porque el amor gobierna
todo el amor oculto de las cosas,
y hace de un todas partes, poco espacio.
Bien está que se fueran a buscar nuevos mundos
tantos descubridores, y que muestren los mapas
un mundo y otro mundo,
y el que somos cada uno de nosotros.

En tus ojos mi rostro,
en los míos el tuyo se retrata,
y los rostros reflejan
dos corazones sanos y leales.
¿En dónde encontraríamos mejores hemisferios,
sin crudo norte ni poniente en mengua?
Sólo mueren las mezclas desiguales:
si nuestros dos amores son uno, o tan idénticos
que ni el tuyo ni el mío cede al otro,
ninguno de los dos puede morir.



John Donne



Verónica Volkow




Petición



Dame la humildad del ala y de lo leve,
de lo que pasa suave
y suelta el ancla,
la despedida ingrávida,
y el abandono al vuelo,
la cicatriz que avanza
como ala en su desierto

Dame la humildad del alma
sin cuerpo y ya sin cosas.
Ser la poesía y su luz,
tan sólo la poesía
y la región más de aire,
inaccesible al desastre.

Dame la luz sin límites
acechando adentro
y la noche que soy también y el barro,
con la estrella distante
que la sed no sacia.

Dame la humildad que suelte las cadenas,
la verdad que desnuda
el polvo, el hueso que me fraguan.
Sólo en lo que soy caigo,
me derrumbo.

Déjame andar sin equipaje,
leve,
abierta al horizonte.



Verónica Volkow





















Christian Coigny



Álvaro Mutis




Exilio



Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.
Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Perpignan, Arreglen, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno, a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.
Y es entonces cuando peso mi exilio
y miro la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.



Álvaro Mutis




Rafael Alberti




Retornos del amor en una noche de verano



A tientas el amor, a ciegas en lo oscuro
tal vez entre las ramas, madura, alguna estrella,
vuelvo a sentirlo, vuelvo,
mojado de la escarcha caliente de la noche,
contra el hoyo de mentas tronchadas y tomillos.
Es él, único, sólo, lo mismo que mi mano
la piel desparramada de mi cuerpo, la sombra
de mi recién salido corazón, los umbrosos
centros más subterráneos de mi ser lo querían.
Vuelve único, vuelve
como forma tocada nada más, como llena
palpitación tendida cubierta de cabellos,
como sangre enredada en mi sangre, un latido
dentro de otro latido solamente.
Más las palabras, ¿dónde?
Las palabras no llegan. No tuvieron espacio
en aquel agostado nocturno, no tuvieron
ese mínimo aire que media entre dos bocas
antes de reducirse a un clavel silencioso.
Pero un aroma oculto se desliza , resbala,
me quema un desvelado olor a oscura orilla.
Alguien está prendiendo por la yerba un murmullo.
Es que siempre en la noche del amor pasa un río.



Rafael Alberti




















Christian Coigny



Ruth Padel




Tigre bebiendo de un charco del bosque



Agua, luz de luna, peligro, sueño,
borne de bronce, inclinada
encima de la raíz de un árbol.
Una octavada de luz, luego nada,
una luna roja, vista
a través de las nubes, o casi vista
Y del tesoro encontrado, pero perdido,
coqueteando entre los mundos
de lo perdido y lo encontrado
una ley injusta, anulada, un deseo
hecho realidad, una tristeza
de toda la vida, resanada
el refugio en la mente
de cualquier persona dañada
con mezquindades.
Una oración, rescatada de momento,
la traición perdonada,
llama del enredo, cruje glaseada,
el ámbar reflejado,
en una leche gris jade.
Una vieja canción recordada,
una larga deuda saldada
una pintura sobre seda,
que pudiera desvanecerse.



Ruth Padel  












2009-06-01

JUNIO 09

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Imágenes de Helmut Newton









Mario Benedetti


José Emilio Pacheco Ángel González


Cécilia Meireles Jorge Teillier


Fernando Pessoa Ana Blandiana


Roberto Juarroz Juan Manuel Roca


Gilberto Owen Silvia Plath













Mario Benedtti




Resumen



Resumiendo
digamos que oscilamos
entre dicha y desdicha
casi como decir
entre el cielo y la tierra
aunque el cielo de ahora y el de siempre
se ausente sin aviso

las ideas se van volviendo sólidas
sensaciones primarias
palabras todavía en borrador
corazones que laten como máquinas
¿serán nuestros o de otros?
este llanto de invierno no es lo mismo
que el sudor del verano

el dolor es un precio / no sabemos
el costo inalcanzable de la sabiduría

pensamos y pensamos duramente
y una pasión extraña nos invade
cada vez más tenaz
pero más triste

resumiendo
no somos los que somos
ni menos los que fuimos
tenemos un desorden en el alma
pero vale la pena sostenerla
con las manos / los ojos / la memoria

tratemos por lo menos de engañarnos
como si el buen amor
fuera la vida.



Mario Benedetti



José Emilio Pacheco




A quien pueda interesar



Que otros hagan aún
el gran poema
los libros unitarios
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía

A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo

La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.



José Emilio Pacheco



Ángel González




Mientras tú existas



Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz cualquiera...
                                        Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.



Ángel González



                                                                  Helmut Newton



Cécilia Meireles




Timidez



Me basta un pequeño gesto
hecho de lejos, muy leve,
para que vengas conmigo,
para que siempre te lleve.

Sólo ese, yo no lo haré.

Una palabra caída
de las montañas de instantes
desmancha todos los mares,
une tierras muy distantes.

Palabra que no diré.

Para que tú me adivines
entre vientos taciturnos
apago mis pensamientos
visto ropajes nocturnos

Que amargamente inventé.

Y mientras no me descubres
van los mundos navegando
en aires ciertos del tiempo
hasta no se sabe cuándo...

Y un día me acabaré.



Cécilia Meireles

Versión de Adriana Valdés



Jorge Teillier




Cuando yo no era poeta



Cuando yo no era poeta
por broma dije era poeta
aunque no había escrito un solo verso
pero admiraba el sombrero alón del poeta del pueblo.

Una mañana me encontré en la calle con mi vecina.
Me preguntó si yo era poeta.
Ella tenía catorce años.

La primera vez que hablé con ella
llevaba un ramo de ilusiones.
La segunda vez una anémona en el pelo.
La tercera vez un gladiolo entre los labios.
La cuarta vez no llevaba ninguna flor
        y le pregunté el significado de eso a las flores de la plaza
que no supieron responderme
ni tampoco mi profesora de botánica.

Ella había traducido para mí poemas de Christian Morgenstern.
A mí no se me ocurrió darle nada a cambio.
La vida era para mí muy dura.
No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.

Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44.
Eso me daba insomnio.
Me encerré mucho tiempo en mi pieza.

Cuando salí la encontré en la plaza y no me saludó.
Yo volví a mi casa y escribí mi primer poema.



Jorge Teillier



Helmut Newton



Fernando Pessoa




Abdicación



Tómame, oh noche eterna, en tus brazos
y llámame hijo.
Yo soy un rey
que voluntariamente abandoné
mi trono de ensueños y cansancios.
Mi espada, pesada en brazos flojos,
a manos viriles y calmas entregué;
y mi cetro y corona – yo los dejé
en la antecámara, hechos pedazos.
Mi cota de malla, tan inútil,
mis espuelas, de un tintineo tan fútil,
las dejé por la fría escalinata.
Desvestí la realeza, cuerpo y alma,
y regresé a la noche antigua y serena
como el paisaje al morir el día.



Fernando Pessoa



Ana Blandiana




Deberíamos



Deberíamos nacer ancianos,
despiertos, capaces de decidir
nuestro destino en la Tierra,
saber desde la primera encrucijada
qué camino tomar
y que irresponsable sólo sea
el deseo de ir más lejos.
Después, hacernos al caminar,
aún más y más jóvenes,
maduros y fuertes alcanzar
las puertas de la creación,
traspasarlas y entrar enamorados
a la adolescencia,
ser niños cuando nazcan nuestros hijos.
Igual serían siempre más viejos que nosotros,
nos enseñarían a hablar,
y nos mecerían para dormirnos,
desapareceríamos cada vez más,
seríamos cada vez más pequeños,
como un granito de uva, de arveja o de trigo...



Ana Blandiana

Versión de S. Teillier



Roberto Juarroz




Un amor más allá del amor ...




Un amor más allá del amor,
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y de la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo
pero también para todas las posiciones
intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizá también como cerrarlos.


Roberto Juarroz



Helmut Newton



Juan Manuel Roca




Memoria del constructor de ruinas



En el principio fue la ruina.
Unos extraños, portadores de andamios y plomadas
Empezaron a roerla para volverla casa.
Es como si le pusieran muletas al aire.
Para qué ventanas, si al tumbarlas
Siguen fieles a su vocación de aire
Y tallamos escaleras con peldaños de vacío.
Es prudente construir la ruina antes que la casa.
Poner la pátina antes que el rincón,
Soltar el humo antes de izar la chimenea,
Hacer que el patio libere el horizonte.



Juan Manuel Roca



Gilberto Owen




Booz ve dormir a Ruth



La isla está rodeada por un mar tembloroso
que algunos llaman piel. Pero es espuma.
Es un mar que prolonga su blancura en el cielo
como el halo de las tehuanas y los santos.
Es un mar que está siempre
en trance de primera comunión.

Quién habitara tu veraz incendio
rodeado de azucenas por doquiera,
quién entrara a tus dos puertos cerrados
azules y redondos como ojos azules
que aprisionaron todo el sol del día,
para irse a soñar a tu serena plaza pueblerina
—que algunos llaman frente—
debajo de tus árboles de cabellos textiles
que se te enrollan en ovillos
para que tengas que peinártelos con husos.
He leído en tu oreja que la recta no existe
aunque diga que sí tu nariz euclidiana;
hay una voz muy roja que se quedó encendida
en el silencio de tus labios. Cállala
para poder oír lo que me cuente
el aire que regresa de tu pecho;
para saber por qué no tienes en el cuello
mi manzana de Adán, si te la he dado;
para saber por qué tu seno izquierdo
se levanta más alto que el otro cuando aspiras;
para saber por qué tu vientre liso
tiembla cuando lo tocan mis pupilas.
Has bajado una mano hasta tu centro.

Saben aún tus pies, cuando los beso,
al vino que pisaste en los lagares;
qué frágil filigrana es la invisible
cadena con que ata el pudor tus tobillos;
yo conocí un río más largo que tus piernas
—algunos lo llamaban Vía Láctea—
pero no discurría tan moroso
ni por cauce tan firme y bien trazado;
una noche la luna llenaba todo el lago;
Zirahuén era así dulce como su nombre:
era la anunciación de tus caderas.
Si tus manos son manos, ¿cómo son las anémonas?
Cinco uñas se apagan en tu centro.

No haber estado el día de tu creación, no haber estado
antes de que Su mano te envolviera en sudarios de inocencia
—y no saber qué eres ni qué estarás soñando.
Hoy te destrozaría por saberlo.



Gilberto Owen



Helmut Newton



Silvia Plath




Las musas inquietantes



Madre, madre, ¿qué tía tan mal nacida
O qué prima tan desfigurada y repulsiva
Te llevó a cometer la necedad
De no invitarla a mi bautizo, al que ella
Mandó en su lugar a esas señoras
Con cráneos como huevos de zurcir que cabeceaban
Y cabeceaban sin parar arriba y abajo,
A un lado y al otro de mi cuna?

Madre, tú que inventabas a nuestra medida
Los cuentos de Mixie Blackshort, el heroico oso;
Tú, cuyas brujas siempre, siempre terminaban
En el horno transformadas en pan de jengibre,
Me pregunto si también las veías, si decías
Aquellas palabras para librarme de aquellas tres señoras
Que cabeceaban por la noche alrededor de mi lecho,
Sin boca, sin ojos, con el cráneo calvo y recosido.

Durante el huracán, mientras las doce ventanas
Del estudio de padre se hinchaban hacia dentro
Como burbujas a punto de estallar, tú nos dabas de comer
A mi hermano y a mí leche con cacao y galletas,
Y nos ayudabas a los dos a corear:
"Thor está enojado: ¡Bum, bum, bum!
Thor está enojado: ¡A la porra con él!"
Pero aquellas señoras rompieron los cristales.

Cuando las compañeras del colegio bailaban
De puntillas, centelleando como cocuyos
Y cantando la canción de la luciérnaga, yo no podía
Levantar ni un pie con aquel vestido resplandeciente,
Y me quedaba a un lado, con mis pies de plomo,
En la sombra proyectada por aquellas madrinas
De tétricas cabezas, mientras tú gritabas y gritabas:
La sombra se alargaba, las luces se extinguían.

Madre, me obligaste a dar clases de piano,
Y alababas mis arabescos y mis trinos,
Aunque todos los profesores hallaban mi manera de tocar
Extraña, rígida, antinatural, a pesar de las muchas escalas
Y de las muchas horas que practicaba, pues no tenía
El menor oído musical, no, y era incapaz de aprender.
Pero aprendí, querida madre, aprendí en otro lugar
Y de otras maestras: de esas musas que tú no contrataste.

Un día desperté para verte, madre,
Flotando encima de mí, por el aire más azul,
En un globo verde brillante, con un millón
De flores y de petirrojos azules que jamás,
Jamás ha visto nadie en ninguna parte.
Pero el pequeño planeta desapareció de repente
Como una pompa de jabón cuando tú gritaste: "¡Ven aquí!"
Y yo volví a hacer frente a mis compañeras de viaje.

Día y noche, a los pies y a la cabecera, a ambos lados de la cama,
Las tres me vigilan vestidas con sus túnicas de piedra,
Sus rostros en blanco, como el día en que nací.
Sus sombras se alargan en el sol del ocaso
Que nunca se vuelve más brillante ni termina de ponerse.
Sí, este es el reino al que me engendraste,
Madre, Madre. Pero no voy a fruncir el ceño
Para no desvelar la relación que mantengo.



Silvia Plath

Versión de Xoán Abeleira


















2009-05-01

MAYO 09




Imágenes de Flor Garduño






 Amalia Bautista

    Marguerite Yourcenar

       Rosario Castellanos

          Lucía Estrada

             Anne Sexton

                Idea Vilariño

                   Blanca Varela

                      María Rivera

                         Marosa Di Giorgio

                        
   Ana Ajmátova

                               
Elena Medel














Amalia Bautista




La torre



Hagamos una torre de minutos,
apilemos los ratos que hemos podido vernos,
hablarnos, sonreírnos, hacernos el amor, acariciarnos
hasta el fondo del alma.
Vamos a amontonar con cuidado infinito,
para que no se caigan,
esos segundos de alegría limpia
que nos dieron la paz y las lágrimas dulces.
Construyamos un frágil rascacielos
que centellee al sol y resista las lluvias.
La torre alcanzará las nubes.

Pero nunca alzaremos a su lado otra torre
con todos los minutos que no estuvimos juntos,
con los días perdidos más allá de los mares
y las noches pasadas abrazando otros cuerpos.
Sería insoportable contemplar esa torre.
Daría varias veces la vuelta al universo.  



Amalia Bautista



Marguerite Yourcenar




Firme propósito



Ni ampararse del día bajo el árbol de nieblas,
Ni morder el verano en las frutas dormido,
Ni besar en los labios lentos de tinieblas
Al muerto evaporado y vano de haber sido.

Ni penetrar el centro del álgebra frío,
Ni en el vacío clavar la máscara infinita.
Ni sembrar el olvido en el glorioso río
Y derramar la nada en la tumba bendita.

Ni rozar, Amor mío, tu boca entregada,
Ni su deseo quemar sin la llama esperada,
Ni arrastrar en el cuerpo rendido la herida.

Ni rezar con las manos juntas de la pena,
Pero traer consigo en la noche serena
El hondo corazón donde sangró la vida.



Marguerite Yourcenar

Versión de Silvia Barón-Supervielle



Rosario Castellanos




En el filo del gozo


I

Entre la muerte y yo he erigido tu cuerpo:
que estrelle en ti sus olas funestas sin tocarme
y resbale en espuma deshecha y humillada.

Cuerpo de amor, de plenitud, de fiesta,
palabras que los vientos dispensan como pétalos,
campanas delirantes al crepúsculo.

Todo lo que la tierra echa a volar en pájaros,
todo lo que los lagos atesoran de cielo
más el bosque y la piedra y las colmenas.
 
Cuajada de cosechas bailo sobre las eras
mientras el tiempo llora por sus guadañas rotas.
 
Venturosa ciudad amurallada,
ceñida de milagros, descanso en el recinto
de este cuerpo que empieza donde termina el mío.


II

Convulsa entre tus brazos como mar entre rocas,
rompiéndome en el filo del gozo o mansamente
lamiendo las arenas asoleadas.

Bajo tu tacto tiemblo
como un arco en tensión palpitante de flechas
y de agudos silbidos inminentes.

Mi sangre se enardece igual que una jauría
olfateando la presa y el estrago
pero bajo tu voz mi corazón se rinde
en palomas devotas y sumidas.


III

Tu sabor se anticipa entre las uvas
que lentamente ceden a la lengua
comunicando azúcares íntimos y selectos.

Tu presencia es el júbilo.
Cuando partes, arrasas jardines y transformas
la feliz somnolencia de la tórtola
en una fiera expectación de galgos.

Y, amor, cuando regresas
el ánimo turbado te presiente
como los siervos jóvenes la vecindad del agua.



Rosario Castellanos























Flor Garduño



Lucía Estrada




Crescence Eugénie Murat



Nada se revela más oculto
que lo cercano,
aquello que miras sin mirar,
las palabras dichas
desde siempre,
los trazos de una caligrafía
abierta,
el corazón que hiende la espada
y que se ofrece
a quien no pronunció su nombre
desde antiguo.

Si descubriera una sola
de mis manos
¿descifrarías las líneas
del misterio?
¿sabrías que toda búsqueda
tiene su lámpara,
todo camino su límite,
toda sabiduría
su árbol de inocencia?



Lucía Estrada



Anne Sexton




Canción para una dama



El día de los pechos y las pequeñas caderas
la ventana acribillada por una desapacible lluvia,
lluvia arreciando como un pastor,
nos acoplamos, tan cuerdas y tan locas.
Yacimos como cucharas mientras la siniestra
lluvia caía como moscas sobre nuestros labios
y sobre nuestros ojos felices y nuestras pequeñas
    caderas.

“El cuarto está tan frío con lluvia”, dijiste
y tú, femenina tú, con tu flor
rezaste novenas a mis tobillos y a mis codos.
Eres un producto nacional, un poder.
Oh, mi cisne, mi esclava, mi querida rosa de lana,
incluso un notario daría fe de nuestro lecho
mientras tú me amasas y yo me elevo como el pan.



Anne Sexton

Versión de Ben Clark























Flor Garduño



Idea Vilariño




La noche



Es un oro imposible de comprender,
un acabado silencio que renace y se incorpora.
Las manos de la noche buscan el aire,
el aire se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano...
El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo,
el cielo a estrellas.
La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma,
inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderoso, el triste,
el que contempla, conoce su poder que crea,
ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.



Idea Vilariño



Blanca Varela




El día



El día queda atrás,
apenas consumido y ya inútil.
Comienza la gran luz,
todas las puertas ceden ante un hombre dormido,
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.

El tiempo,
la gran puerta entreabierta,
el astro que ciega.

No es con los ojos que se ve nacer
esa gota de luz que será,
que fue un día.

Canta abeja, sin prisa,
recorre el laberinto iluminado,
de fiesta.

Respira y canta.
Donde todo se termina abre las alas.
Eres el sol,
el aguijón del alba,
el mar que besa las montañas,
la claridad total,
el sueño.



Blanca Varela



María Rivera




Envío



Escribí para ti,
para tu honda trayectoria,
para el hueco de ti.

Tú fuiste mi herida,
por tu honda flecha
abrí las manos.

Escribí para el sol
desnudo de tu nombre,
para nombrarte
mío y de los hombres,

para salvarte
de las cosas mudas
sin lenguaje: Tú

que estás en todo y
todo te conforma.

Escribí para ti,
ánima del mundo,
piedra mía,

para tu arena
implacable
que nada olvida.

Escribí para ti,
molino de sombra,

para que el pobre hombre,
pobre, mire la flor de su edad
naciendo y se alegre.


María Rivera



Flor Garduño



Marosa Di Giorgio




Los leones rondaban la casa



Los leones rondaban la casa.
Los leones siempre rondaron.
Siempre se dijo que los leones rondaron siempre.
Parecían salir de los paraísos y el rosal.
Los leones eran sucios y dorados.
Ellos eran muy bellos.
Los ojos como perlas. Y un broche brillante en el pecho
entre aquel pelo áureo.
Los leones entraron a la casa.
Corrimos a esconder los floreros de sal, de azúcar, el cometa
Halley, las queridísimas sábanas nevadas, la
colección de
estampillas. Y a traer los sudarios.
Los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles, al
mismo tiempo, visibles e invisibles.
Se oía el rumor de la leche que robaban, el clamor de la miel
y la carne que cortaban.
Llevaron hacia afuera a la abuela oscura, la que tenía una
guía de rositas alrededor del corazón.
Y la comieron fríamente. Como en un simulacro.
Y -como si hubiese sido un simulacro!- ella tornó a la
casa y dijo: -Los leones rondaron siempre. Están delante
de los paraísos y el rosal. Dijo: -Los leones están acá.



Marosa Di Giorgio



Ana Ajmátova




La tierra natal



No la llevamos en oscuros amuletos,
Ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella,
No perturba nuestro amargo sueño,
Ni nos parece el paraíso prometido.
En nuestra alma no la convertimos
En objeto que se compra o se vende.
Por ella, enfermos, indigentes, errantes
Ni siquiera la recordamos.

Sí, para nosotros es tierra en los zapatos.
Sí, para nosotros es piedra entre los dientes.
Y molemos, arrancamos, aplastamos
Esa tierra que con nada se mezcla.
Pero en ella yacemos y somos ella,
Y por eso, dichosos, la llamamos nuestra.



Ana Ajmátova

Versión de María Fernanda Palacio



Flor Garduño



Elena Medel




Mi primer bikini



Sólo yo sé cuándo sobrevivimos.
Lo sé porque mis dedos
se transforman en lápices de colores.
Lo sé porque con ellos
dibujo en las paredes de tu casa
mujeres con rostro de epitafio.
Porque, a la caricia de la punta,
comienza el derrame de los cimientos
formando arco iris en la noche.
Porque, al escribir testamentos
en el suelo, se remueven las vísceras
de azúcar, y trepan tus raíces.

Grabo versos de colores fríos
en tu piel, de arquitrabe a basa,
y les llueve y los diluye, y compruebo
que la lluvia suena como hacen al caer
las canicas brillantes y naranjas
que cambiaba en el patio del recreo,
poco antes de calzar mi primer bikini.

Hoy guardo las canicas, como un apagado
tesoro, en los huecos de otras espaldas.

Pinto también en la terraza de enfrente
un jardín de lápidas cálidas y hermosas.
Trazo como una medusa de bronce,
un paraíso de cadenas hendiendo en mantillo
el valle diminuto que proclama que es frágil
y sin embargo, dirás tú, sobrevive.



Elena Medel

























2009-04-01

ABRIL 09

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Imágenes de Matteo Bertolio
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Jaime Gil de Biedma

Francisco Hernández

Jorge Gaitán Durán

Emily Dickinson

Idea Vilariño

Rogelio Guedea

Leopoldo Panero

Carlos Drummond de Andrade

Yorgos Seferis

Arturo Gutiérrez Plaza

Czeslaw Milosz
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Jaime Gil de Biedma




Mañana de ayer, de hoy



Es la lluvia sobre el mar.
En la abierta ventana,
contemplándola, descansas
la sien en el cristal.

Imagen de unos segundos,
quieto en el contraluz
tu cuerpo distinto, aún
de la noche desnudo.

Y te vuelves hacia mí,
sonriéndome. Yo pienso
en cómo ha pasado el tiempo,
y te recuerdo así.



Jaime Gil de Biedma



Francisco Hernández




Hasta que el verso quede



Quitar la carne, toda,
hasta que el verso quede
con la sonora oscuridad del hueso.
Y al hueso desbastarlo, pulirlo, aguzarlo
hasta que se convierta en aguja tan fina,
que atraviese la lengua sin dolencia,
aunque la sangre obstruya la garganta.



Francisco Hernández



Jorge Gaitán Durán




El instante



Ardió el día como una rosa.
Y el pájaro de la luna huyó
cantando. Nos miramos desnudos.
Y el sol levantó su árbol rojo
en el valle. Junto al río,
dos cuerpos bellos, siempre
jóvenes. Nos reconocimos.
Habíamos muerto y despertábamos
del tiempo. Nos miramos de nuevo,
con reparo. Y volvió la noche
a cubrir los memoriosos.



Jorge Gaitán Durán



















Matteo Bertolio




Emily Dickinson




Un sueño largo, largo



Un sueño largo, largo, un ya famoso sueño,
que señales no da de que se está acercando el día,
pues no mueve ni un párpado el durmiente:
un sueño independiente y apartado.

¿Pereza como ésta se vio nunca?
En orilla de piedra,
bajo el calor, dejar pasar los siglos
y ni una vez mirar si el mediodía llega.



Emily Dickinson



Idea Vilariño




Mediodía



Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,
el mar ensimismado,
el mar, a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
Ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.
Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.



Idea Vilariño



Rogelio Guedea




Cómo ato mis ojos a los tuyos



Cómo ato mis ojos a los tuyos. cómo callo la mano
que te escribe. mi mano no deja de nombrarte. de
noche se levanta. vela tu ser. poda tu cuerpo o mar
o cielo muchamente. no te deja descansar. bebe de
tu agua todo el existir. deja de nombrarla. mano. le
grito. le suplico. deja tu pasión o lumbre arrasadora.
pero mi mano filosofa y piensa y hace rayos. albas.
hace calor para arroparte. gira como mundo alrededor
de ti. abierta oscuridad que pace mi temblor. solita
mano bañada de coraje.



Rogelio Guedea


















Matteo Bertolio




Leopoldo Panero




En tu sonrisa



Ya empieza tu sonrisa,
como el son de la lluvia en los cristales.
La tarde vibra al fondo de frescura,
y brota de la tierra un olor suave,
un olor parecido a tu sonrisa,
y a mover tu sonrisa como un sauce
con el aura de abril; la lluvia roza
vagamente el paisaje,
y hacia adentro se pierde tu sonrisa,
y hacia dentro se borra y se deshace,
y hacia el alma me lleva,
desde el alma me trae,
atónito, a tu lado.
Ya tu sonrisa entre mis labios arde,
y oliendo en ella estoy a tierra limpia,
y a luz, y a la frescura de la tarde
donde brilla de nuevo el sol, y el iris,
movido levemente por el aire,
es como tu sonrisa que se acaba
dejando su hermosura entre los árboles...



Leopoldo Panero



Carlos Drummond de Andrade




Amor - puesto que es palabra esencial



Amor - puesto que es palabra esencial
comience esta canción y toda la envuelva.
Amor guíe mi verso, y mientras lo guía,
reúna alma y deseo, miembro y vulva.

Quién osará decir que él es sólo alma?
Quién no siente en el cuerpo el alma expandirse
hasta desabrochar en puro grito
de orgasmo, en un instante de infinito?

El cuerpo en otro cuerpo entrelazado,
fundido, disuelto, vuelto al origen
de los seres, que Platón vio completados:
es uno, perfecto en dos; son dos en uno.

¿Integración en la cama o ya en el cosmos?
¿Dónde termina el cuarto y llega a los astros?
¿Qué fuerza en nuestros flancos nos transporta
a esa extrema región, etérea, eterna?

Al delicioso toque de clítoris,
ya todo se transforma, en un relámpago.
En pequeñito punto de ese cuerpo,
la fuente, el fuego, la miel se concentraron.

Va la penetración rompiendo nubes
y desvastando soles tan fulgurantes
que nunca ha soportado la vista humana,
pero, varado de luz, el coito sigue.

Y prosigue y se explaya de tal suerte
que, más allá de nosotros, más allá de la propia vida,
como activa abstracción que se hace carne,
la idea de gozar está gozando.

Y en un sufrir de gozo entre palabras,
menos que esto, sonidos, gemidos, ayes,
un solo espasmo en nosotros alcanza el clímax:
es cuando el amor muere de amor, divino.

Cuántas veces morimos uno en el otro,
en el húmedo subterráneo de la vagina.
en esa muerte mas suave que el sueño:
la pausa de los sentidos, satisfecha.

Entonces la paz se instaura. La paz de los dioses,
extendidos en la cama, cual estatuas
vestidas de sudor, agradeciendo
lo que a un dios acrecienta el amor terrestre.



Carlos Drummond de Andrade




Matteo Bertolio




Yorgos Seferis




El papel en blanco…



El papel en blanco rígido espejo
sólo devuelve lo que eres.

El papel en blanco habla con tu voz,
tu propia voz
no con la que te agrada;
tu música es la vida
esa que has derrochado.
Es posible, si quieres, recuperarla
si te aferras a eso tan indiferente
que te echa para atrás
allí donde te pones en camino.

Has viajado, has visto muchas lunas, muchos soles,
has tocado muertos y vivos
has sentido el dolor del muchacho
y el gemido de la mujer
la amargura del niño aún no maduro–
lo que has sentido sin fundamento se derrrumba
si no confías en este vacío.
Tal vez halles allí lo que creías perdido:
el brote de la juventud, la zozobra certeza de la edad.

Tu vida es lo que has dado
ese vacío es lo que has dado
un papel en blanco.



Yorgos Seferis



Arturo Gutiérrez Plaza




Ritual



Se trenzan lentamente,
acoplan sus medidas,

descubren un rito
de aullidos diminutos:
lenguas,
ojos tallando la piel.

Los labios se encuentran,
olfatean,
recorren con furia los cuerpos.

Un breve estallido
queda preso en las sábanas.

Construyen un templo en la mirada.



Arturo Gutiérrez Plaza




Matteo Bertolio




Czeslaw Milosz




Dádiva



Un día muy feliz.
La niebla se levantó pronto, trabajé en el jardín.
Los colibrís se demoraban en las madreselvas.
No había cosa en la tierra que yo deseara poseer.
Sabía que no merecía la pena que envidiase a nadie.
Cualquier mal que hubiera sufrido, lo olvidé.
Pensar que una vez fui el mismo hombre no me molestaba.
En el cuerpo no sentía dolor.
Cuando me estiré vi el mar azul y las velas.



Czeslaw Milosz
















2009-03-01

MARZO 09





Imágenes de Nicola Ranaldi





José Emilio Pacheco

   Adélia Prado Freitas

        Jorge Valdés Díaz-Vélez

              Eugenio Montejo

                  Eliseo Diego

                      Silvia Tomasa Rivera

                          Eduardo Lizalde

                              Luis García Montero

                                  Juan Carlos Bautista

                                      Oscar de Pablo

                                          Giuseppe Ungaretti










José Emilio Pacheco




La diosa blanca



Porque sabe cuánto la quiero y cómo hablo de ella en
su ausencia,
la nieve vino a despedirme.
Pintó de Brueghel los árboles.
Hizo dibujo de Hosukai el campo sombrío.

Imposible dar gusto a todos.
La nieve que para mí es la diosa, la novia,
Astarté, Diana, la eterna muchacha,
para otros es la enemiga, la bruja, la condenable a la hoguera.
Estorba sus labores y sus ganancias.
La odian por verla tanto y haber crecido con ella.
La relacionan con el sudario y la muerte.

A mis ojos en cambio es la joven vida, la Diosa Blanca
que abre los brazos y nos envuelve por un segundo y se marcha.
Le digo adiós, hasta luego, espero volver a verte algún día.
Adiós, espuma del aire, isla que dura un instante.



José Emilio Pacheco



Adélia Prado




Poema empezado por el final



Un cuerpo quiere otro cuerpo.
Un alma quiere otra alma y su cuerpo.
Este exceso de realidad me confunde.
Jonathan hablando:
parece que estoy en una película.
Si yo le dijese eres un estúpido
él diría sí, lo soy.
Si él dijese ven conmigo a pasear al infierno
yo iría.
Las casas bajas, las personas pobres
y el sol de la tarde
sobre nuestra fragilidad.
Venía con Jonathan
por la calle más torcida de la ciudad.
El camino del cielo.



Adélia Prado Freitas



Jorge Valdés Díaz-Vélez




Los sonámbulos



Se despertó al oír un ruido
a sus espaldas, un murmullo
de frondas embozado. Abrió
los ojos y rozó en silencio
sus brazos recogidos entre
la nervadura de la sábana.
Qué sucede, por qué no duermes
—le preguntó mientras el alba
ya era otra forma en los espejos.
Me soñaba contigo —dijo
sin mirarle. Y se dio la vuelta,
cerró los párpados del sueño
para buscar la piel que huía
desde sus yemas, luz adentro.



Jorge Valdés Díaz-Vélez

















Nicola Ranaldi



Eugenio Montejo




Pájaros



Oigo los pájaros afuera,
otros, no los de ayer que ya perdimos,
los nuevos silbos inocentes.
Y no sé si son pájaros,
si alguien que ya no soy los sigue oyendo
a media vida bajo el sol de la tierra.
Quizás es el deseo de retener su voz salvaje
en la mitad de la estación
antes que de los árboles se alejen.

Alguien que he sido o soy, no sé,
oye o recuerda,
si hay algo real dentro de mí son ellos,
más que yo mismo, más que el sol afuera,
si es musical la fuerza que hace girar el mundo,
no ha habido nunca sino pájaros,
el canto de los pájaros
que nos trae y nos lleva.



Eugenio Montejo



Eliseo Diego




En lo alto



Un pájaro en lo alto,
en lo más fino
del árbol alto,
un tomeguín
nervioso, breve, tan liviano

como un soplo de luz,
está cantando
su propia levedad,
la maravilla
de su increíble ser

su pura vida
minúscula, perfecta, iluminada.



Eliseo Diego



Silvia Tomasa Rivera




El deseo



El deseo: pájaro negro en la noche,
abre sus alas y golpea.
Muerta el alma el deseo la hace espuma,
los caballos del mar ya no están quietos,
se exaltan y pierden.
El hombre se mueve, en esa marea
ahoga sus sentidos.
El deseo, no es un sentir apenas,
yo lo he visto
enrojecer los labios de los muertos.



Silvia Tomasa Rivera
















Nicola Ranaldi



Eduardo Lizalde




Bellísima



Y si uno de esos ángeles
me estrechara de pronto sobre su corazón, 
yo sucumbiría ahogado por su existencia 
más poderosa.
RILKE, de nuevo

Óigame usted, bellísima,
no soporto su amor.
Míreme, observe de qué modo
su amor daña y destruye.
Si fuera usted un poco menos bella,
si tuviera un defecto en algún sitio,
un dedo mutilado y evidente,
alguna cosa ríspida en la voz,
una pequeña cicatriz junto a esos labios
de fruta en movimiento,
una peca en el alma,
una mala pincelada imperceptible
en la sonrisa...
yo podría tolerarla.

Pero su cruel belleza es implacable,
bellísima;
no hay una fronda de reposo
para su hiriente luz
de estrella en permanente fuga
y desespera comprender
que aun la mutilación la haría más bella,
como a ciertas estatuas.



Eduardo Lizalde



Luis García Montero




Recuerdo de una tarde



Aquel temblor del muslo
y el diminuto encaje
rozado por la yema de los dedos,
son el mejor recuerdo de unos días
conocidos sin prisa, sin hacerse notar,
igual que amigos tímidos.

Fue la tarde anterior a la tormenta,
con truenos en el cielo.
Tú apareciste en el jardín, secreta,
vestida de otro tiempo,
con una extravagante manera de quererme,
jugando a ser el viento de un armario,
la luz en seda negra
y medias de cristal,
tan abrazadas
a tus muslos con fuerza,
con esa oscura fuerza que tuvieron
sus dueños en la vida.

Bajo el color confuso de las flores salvajes,
inesperadamente me ofrecías
tu memoria de labios entreabiertos,
unas ropas difíciles, y el rayo
apenas vislumbrado de la carne,
como fuego lunático,
como llama de almendro donde puse
la mano sin dudarlo.
Por el jardín, el ruido de los últimos pájaros,
de las primeras gotas en los árboles.

Aquel temblor del muslo
y el diminuto encaje, de vello traspasado,
su resistencia elástica
vencida con el paso de los años,
vuelven a ser verdad, oleaje en el tacto,
arena humedecida entre las manos,
cuando otra vez, aquí, de pensamiento,
me abandono en la dura solución de tus ingles
y dejo de escribir
para llamarte.



Luis García Montero

















Nicola Ranadli



Juan Carlos Bautista




Puto decía…



Puto decía en las frentes,
puto en las paredes pompeyanas del inodoro,
puto en las manos cebosas
y en los muros ignorados, escrito con odio:
pe de puto en los ojos cuando hacían esas hipérboles,
esas elipsis.
cuando se iban al techo, a la nuca,
la niña desmayada entre secreciones y ronca risa:
puto en esas visiones repentinas,
en esos gestos movedizos,
en la cadera, su abrupta estatua,
sus lentas, desaforadas descripciones:
puto en la locura doliente desde los ojos
como pájaros escapándose
a un cielo que respira su trágico y su cómico,
y se deja caer por el lujo de contemplarse en esa prisa:
y el dedo que rayaba las sábanas,
tan triste y tan digno,
                          luego removiéndose entre risas,
detenido en el aire, diciéndolo:

"pues sí,
        morena (y puto) soy porque el sol me quemó,
¡oh, hijas de israel!



Juan Carlos Bautista



Oscar de Pablo




Santiago



es martes otra vez/ otra vez llueve
es santiago de chile y es invierno
tú caminas como un árbol sin sombra
absorta en el silencio/ inexorable
como una sola nota sostenida

es martes otra vez/ otra vez llueve
el cielo enorme nada vientre arriba
triste y azul mucho antes de sí mismo

yo sé que donde estés/ en cualquier parte
será también invierno y será martes
serás agua de estrella desde nunca
serás amarga niebla hasta perderte
y una lengua de sombra ira escribiendo
su música de leche por tus senos.



Oscar de Pablo



















Nicola Ranaldi



Guiseppe Ungaretti




El puerto sepultado



Aquí llega el poeta
y luego vuelve a la luz
con sus cantos
y los dispersa

De esta poesía
me queda
esa nada
de inagotable secreto



Giuseppe Ungaretti





















2009-02-01

FEBRERO 09




Imágenes de Trevor Watson




Rosario Castellanos

Wislawa Szymborska   Eugenio de Andrade

Hernán Bravo Varela   Joan Margarit

Nuno Júdice

Pier Paolo Pasolini   Alejandra Pizarnik

Sophia de Mello   Vicente Quirarte

Bei Dao








Rosario Castellanos




Estoy aquí, sentada



Estoy aquí, sentada, con todas mis palabras
como con una cesta de fruta verde, intactas.

Los fragmentos
de mil dioses antiguos derribados
se buscan por mi sangre, se aprisionan, queriendo
recomponer su estatua.
De las bocas destruidas
quiere subir hasta mi boca un canto,
un olor de resinas quemadas, algún gesto
de misteriosa roca trabajada.
Pero soy el olvido, la traición,
el caracol que no guardó del mar
ni el eco de la más pequeña ola.
Y no miro los templos sumergidos;
sólo miro los árboles que encima de las ruinas
mueven su vasta sombra, muerden con dientes ácidos
el viento cuando pasa.
Y los signos se cierran bajo mis ojos como
la flor bajo los dedos torpísimos de un ciego.
Pero yo sé: detrás
de mi cuerpo otro cuerpo se agazapa,
y alrededor de mí muchas respiraciones
cruzan furtivamente
como los animales nocturnos en la selva.
Yo sé, en algún lugar,
lo mismo
que en el desierto cactus,
un constelado corazón de espinas
está aguardando un hombre como el cactus la lluvia.
Pero yo no conozco más que ciertas palabras
en el idioma o lápida
bajo el que sepultaron vivo a mi antepasado.



Rosario Castellanos




Eugénio de Andrade




Casi Nada



El amor
es un ave temblorosa
en las manos de un niño.
Se sirve de las palabras
pues ignora
que las mañanas más limpias
no tienen voz.



Eugénio de Andrade

















Trevor Watson



Wislawa Szymborska




Discurso en la oficina de objetos perdidos



"Perdí unas pocas diosas camino del sur al norte,
también muchos dioses camino de este a oeste.
Un par de estrellas se apagaron para siempre, ábrete, oh cielo.
Una isla, otra se me perdió en el mar.
Ni siquiera sé dónde dejé mis garras,
quién anda con mi piel,
quién habita mi caparazón.
Mis parientes se extinguieron cuando repté a tierra,
y sólo algún pequeño hueso dentro de mí celebra el aniversario.
He saltado fuera de mi piel, desparramado vértebras y piernas,
dejado mis sentidos muchas, muchas veces.
Hace tiempo que he guiñado mi tercer ojo a eso,
chasqueado mis aletas, encogido mis ramas.
Está perdido, se ha ido, está esparcido a los cuatro vientos.
Me sorprendo de cuán poco queda de mí:
un ser individual, por el momento del género humano,
que ayer simplemente perdió un paraguas en un tranvía".



Wislawa Szymborska



Hernán Bravo Varela




Marina



Una comunión de sombras sobre el aire
recuerda a algunos pájaros pequeños,
el vuelo de las alas batiendo más allá de los oídos,
lejos, en la noche cierta; tinieblas que la cruz dibuja
a tu llegada, que sugiere un canto
con vaga limpieza de cuaderno antiguo.

Ven a abrir los mares, tú que descansas
en la escritura de la carta y ves borrados los primeros párrafos.
Dale a la carta vocación de aire:
que avance al rostro hasta perderse
en ciertos bolsillos, en manos que se cierran
sin saludo, plegaria o despedida,
el pulgar y el índice en el beso recordado.

Ven a sugerir una distancia,
lejos los brazos que se cruzan
en fondo oscuro para insinuar partida;
lejos la boca que anuncia una oración.



Hernán Bravo Varela



Joan Margarit




Horarios Nocturnos



Acostado a tu lado, oigo los trenes.
Cruzan mi frente sus fugaces luces
rasgando el horror tibio de esta noche.
La pausa de silencio me deja una luz roja,
una nota sobre este pentagrama
de cables y de vías oscuras y brillantes.
Acostado a tu lado,
oigo cómo se alejan con el ruido más triste.
Quizá me he equivocado no subiendo a uno de ellos.
Quizá el último acierto
sea -abrazado a ti-
dejar pasar los trenes en la noche.



Joan Margarit
























Trevor Watson



Nuno Júdice




El Poeta



Trabaja ahora en importación y exportación. Importa
metáforas, exporta alegorías. Podía ser un trabajador por cuenta propia,
uno de esos que rellena cuadernos de hoja azul con números
de debe y haber. De hecho, lo que debe son palabras; y lo que tiene
es ese vacío de frases que le posee cuando se arrima
al cristal, en invierno, y la lluvia cae del otro lado. Entonces, piensa
que podría importar el sol y exportar las nubes. Podría ser
un trabajador del tiempo. Pero, en cierto modo, su
método se confunde con el de un escultor del movimiento. Hiere,
con la piedra del instante, lo que va camino de la eternidad;
atrapa el gesto que sueña el cielo; y fija en la dureza de la noche,
el batir de alas, el azul, la sabia interrupción de la muerte.



Nuno Júdice



Pier Paolo Pasolini




Bienvenidos



Si regresa el sol, si cae la tarde,
si la noche tiene un sabor de noches futuras,
si una siesta de lluvia parece regresar
de tiempos demasiado amados y jamás poseídos del todo,
ya no encuentro felicidad ni en gozar ni en sufrir por ello:
ya no siento delante de mí toda la vida...
Para ser poetas, hay que tener mucho tiempo:
horas y horas de soledad son el único modo
para que se forme algo, que es fuerza, abandono,
vicio, libertad, para dar estilo al caos.
Yo, ahora, tengo poco tiempo: por culpa de la muerte
que se viene encima, en el ocaso de la juventud.
Pero por culpa también de este nuestro mundo humano.



Pier Paolo Pasolini



Alejandra Pizarnik




Salvación



Se fuga la isla.
Y la muchacha vuelve a escalar el viento
y a descubrir la muerte del pájaro profeta.
Ahora
es el fuego sometido.
Ahora
es la carne
la hoja
la piedra
perdidos en la fuente del tormento
como el navegante en el horror de la civilización
que purifica la caída de la noche.
Ahora
la muchacha halla la máscara del infinito
y rompe el muro de la poesía.



Alejandra Pizarnik


















Trevor Watson



Sophia de Mello Breyner




La forma exacta



Sé que sería posible construir el mundo exacto
Las ciudades podrían ser claras y limpias
Por el canto de los lugares y de las fuentes
El cielo el mar y la tierra están esperando
Para saciar el hambre mundana
La tierra donde estamos -si nadie la traicionara- ofrecería
A cada uno la libertad y el reino cada día
-en la concha en la flor en el hombre en el fruto
Si nada se debilita esta forma es la exacta
Y en el todo se integra como la palabra en el verso
Sé que sería posible construir la forma exacta
De una ciudad humana que fuese
Fiel a la perfección del Universo

Por eso reinicio sin cesar a partir de la página en blanco
Y éste es mi oficio de poeta para la reconstrucción del mundo.



Sophia de Mello

Traducción: Ángel Manuel Gómez Espada




Vicente Quirarte




Con música de Whitman



TE CELEBRO y te canto a ti misma,
y lo que ahora diga de ti
lo dirán nuevos enamorados
de otras secretarias como tú,
porque cada herida que en mí dejó
cada buenos días, cada gesto, cada sábana,
mañana volverá a abrirse en ellos.
Vago e invito a mi alma
a subvertir el orden del primer cuadro.
Me detengo a mi antojo en cualquier esquina
para ver cómo en la mañana
ellas pasan todas medias, vestidos y perfumes.
Mi verso y cada molécula de mi sangre
nacieron de este tezontle y estos montes,
de padres que engendraron a otros padres
que aquí padecieron.
Cumplidos los veintitrés,
mi salud marcha al ritmo de la ciudad que te recibe,
y en las calles que te ven pasar cada mañana
comienzo a cantarte
con la esperanza de hacerlo hasta la mañana
comienzo a cantarte
con la esperanza de hacerlo hasta la muerte.
No canto ahora las sirenas de aparador,
esas muñecas perfectas que se quebrarían
sólo con mirarlas.
Qué nadie olvide, oh poetas,
cantar alguna vez los muslos rubios, elásticos y eternos
de las muchachas judías que montan bicicleta
en las calles de Polanco,
que nadie lo olvide.
Pero ahora canto en este otro lado,
donde al toque de queda del silencio,
presa en su jaula de oro la sonrisa,
asoma su látigo el nuevo día.
Entonces te celebro y canto
porque te arreglas el maquillaje
antes de pedir la parada
y en la puerta del autobús
eres acariciada sin pedirlo;
porque eres la reina ofendida
esperando la alfombra que no llega
mientras caminas rumbo a la oficina
donde sueñan contigo.
Te celebro y te canto a ti misma,
abro de par en par las puertas de este verso
para que defiendas tu rabioso derecho
a soñar príncipes azules, cielos limpios,
ciudades en las que todos
reconozcan tu monarquía ultrajada.



Vicente Quirarte
























Trevor Watson



Bei Dao




Fin de año



desde el inicio hasta el final del año
he caminado tantos años
dejando al tiempo curvarse como un arco
por todas partes zapatos de los jubilados
polvo particular
basura pública

ha sido un año sin mayores acontecimientos
mi martillo descansa, pero yo
le pido prestada a los días futuros su luz
atisbo apenas la medida de platino
aquí sobre mi yunque



Bei Dao



















2009-01-01

ENERO 09

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Imágenes de Edward Weston




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Juan de la Cruz




La fonte que mane y corre



Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella tiene,
aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosos sus corrientes.
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.

El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras
porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.













Edward Weston



COPLAS DEL ALMA



Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero
que muero porque no muero.

En mí yo no vivo ya
y sin Dios vivir no puedo
pues sin él y sin mí quedo
este vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará
pues mi misma vida espero
muriendo porque no muero.

Esta vida que yo vivo
es privación de vivir
y así es continuo morir
hasta que viva contigo.
Oye mi Dios lo que digo
que esta vida no la quiero
que muero porque no muero.

Estando ausente de ti
¿qué vida puedo tener
sino muerte padecer
la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí
pues de suerte persevero
que muero porque no muero.

El pez que del agua sale
aun de alivio no carece
que en la muerte que padece
al fin la muerte le vale.
¿Qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero
pues si más vivo más muero?

Cuando me pienso aliviar
de verte en el Sacramento
háceme más sentimiento
el no te poder gozar
todo es para más penar
y mi mal es tan entero
y muero porque no muero.

Y si me gozo Señor
con esperanza de verte
en ver que puedo perderte
se me dobla mi dolor
viviendo en tanto pavor
y esperando como espero
muérome porque no muero.

Sácame de aquesta muerte
mi Dios y dame la vida
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero
que muero porque no muero.

Lloraré mi muerte ya
y lamentaré mi vida
en tanto que detenida
por mis pecados está.
¡Oh mi Dios! ¿Cuándo será
cuando yo diga de vero
que muero porque no muero?













Edward Weston



CANCIONES DE EL ALMA EN LA ÍNTIMA COMMUNICACIÓN DE UNIÓN DE AMOR DE DIOS



¡O llama de amor viva,
que tiernamente hyeres
de mi alma en el más profundo centro!
pues ya no eres esquiva,
acava ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡O cauterio suave!
¡O regalada llaga!
¡O mano blanda! ¡O toque delicado,
que a vida eterna save
y toda deuda paga!,
matando muerte en vida la as trocado.
¡O lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cabernas del sentido
que estava obscuro y ciego
con estraños primores
calor y luz dan junto a su querido!
¡Quán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
quán delicadamente me enamoras!




GLOSA DE EL MISMO



Sin arrimo y con arrimo,
sin luz y ascuras viviendo
todo me voy consumiendo.


I

Mi alma está desassida
de toda cosa criada
y sobre sí levantada
y en una sabrosa vida
sólo en su Dios arrimada.


II

Por esso ya se dirá
la cosa que más estimo
que mi alma se vee ya
sin arrimo y con arrimo.


III

Y aunque tinieblas padezco
en esta vida mortal
no es tan crecido mi mal
porque si de luz carezco
tengo vida celestial
porque el amor da tal vida
quando más ciego va siendo
que tiene al alma rendida
sin luz y ascuras viviendo.


IV

Haze tal obra el amor
después que le conocí
que si ay bien o mal en mí
todo lo haze de un sabor
y al alma transforma en sí
y assí en su llama sabrosa
la qual en mí estoy sintiendo
apriessa sin quedar cosa,
todo me voy consumiendo.
















Edward Weston



SUPER FLUMINA BABYLONIS



Encima de las corrientes
que en Babilonia hallava
allí me senté llorando
allí la tierra regava
acordándome de ti
¡o Sión! a quien amava
era dulce tu memoria,
y con ella más llorava.
Dexé los traxes de fiesta
los de trabaxo tomava
y colgué en los verdes sauzes
la música que llevaba
puniéndola en esperança
de aquello que en ti esperava.
Allí me hyrió el amor
y el coraçón me sacava.
Díxele que me matase
pues de tal suerte llagava
yo me metía en su fuego
sabiendo que me abrasava
desculpando el avezica
que en el fuego se acababa
estávame en mí muriendo
y en ti solo respirava
en mí por ti me moría
y por ti resucitava
que la memoria de ti
daba vida y la quitava.
Gozábanse los estraños
entre quien cautivo estava.
Preguntávanme cantares
de lo que en Sión cantava
—Canta de Sión un hynno
veamos cómo sonava.
—Dezid, ¿cómo en tierra ajena
donde por Sión llorava
cantaré yo la alegría
que en Sión se me quedava?
Echaríala en olbido
si en la ajena me gozava.
Con mi paladar se junte
la lengua con que hablava
si de ti yo me olbidare
en la tierra do morava.
Sión por los verdes ramos
que Babilonia me dava
de mí se olbide mi diestra
que es lo que en ti más amava
si de ti no me acordare
en lo que más me gozava
y si yo tuviere fiesta
y sin ti la festejava.
¡O hija de Babilonia
mísera y desventurada!
Bienaventurado era
aquel en quien confiava
que te a de dar el castigo
que de tu mano llevava
y juntará sus pequeños
y a mí, porque en ti esperava
a la piedra que era Christo
por el qual yo te dexaba.

Debetur soli gloria vera Deo



San Juan de la Cruz











Edward Weston








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2008-12-01

DICIEMBRE 08





Imágenes de Richard Williams




Carlos Pellicer

Cesare Pavese

JoWatanabe

Ana Blandiana

Sophia de Mello Breyner

Manuel Altolaguirre

Gloria Fuertes

Eugenio Montejo

Enriqueta Ochoa

Efraín Huerta

Paul Éluard








Carlos Pellicer




Si junto a ti las horas se apresuran



Si junto a ti las horas se apresuran
a quedarse en nosotros para siempre,
hoy que tu dulce ausencia me encarcela,
la dispersión del tiempo en mis talones
y en mis oídos y en mis ojos siento.
Yo no sé caminar sino hacia ti,
ni escuchar otra voz que aquella noble
voz que del vaho borde de la dicha
vuela para decirme las palabras
que aguzaron el agua del poema.

¡Decir tu nombre entre palabras vivas
sin que nadie lo escuche!
Y escucharlo yo solo desde el fino
silencio del papel, en la penumbra
que va dejando el lápiz, en las últimas
presencias silenciosas del poema.



Carlos Pellicer



Cesare Pavese




La noche



Pero la noche ventosa, la límpida noche
que el recuerdo rozaba solamente, está remota,
es un recuerdo. Perdura una calma asombrada
también ella hecha de hojas y de nada. No queda
de aquel tiempo más allá de los recuerdos, sino un vago
recordar.

A veces retorna en el día
en la inmóvil luz del día de verano
aquel remoto estupor.

Por la ventana vacía
el niño miraba la noche sobre las colinas
frescas y negras, y lo asombraba verlas en montón:
vaga y límpida inmovilidad. Entre las hojas
que susurraban en la sombra, surgían las colinas
donde todas las cosas del día, las laderas
y las plantas y las viñas, eran nítidas y muertas
y la vida era otra, de viento, de cielo,
y de hojas y de nada.

A veces retorna
en la inmóvil calma del día el recuerdo
de aquel vivir absorto, en la luz asombrada.



Cesare Pavese



José Watanabe




He dicho



Qué rico es ir
de los pensamientos puros a una película pornográfica
y reír
del santo que vuela y de la carne que suda.

Qué rico es estar contigo, poesía
de la luz
en la pierna de una mujer cansada.



José Watanabe
















Richard Williams





Ana Blandiana




Tal vez alguien me esté soñando



Tal vez alguien me esté soñando
Por eso los gestos
Me salen tan blandos
Indefinidos,
A medio camino
Olvido la ruta,
Grotesco,
Cada segundo que pasa
Mis contornos se esfuman
Los hechos se me vuelven inciertos...
Tal vez aquel que me sueña,
Sobresaltado, de cuando en cuando
Despierta,
Y a la fuerza retoma su propia vida
Verdadera,
Por eso, a veces, me oscurezco
Y pendo como de un hilo de nieve
Que se derrite,
Sin poder saber
Si aquel que me sueña se dormirá alguna vez,
Si alguna vez me será dado que algo
me ocurra.



Ana Blandiana


Versión de Sebastián Teillier




Sophia de Mello




Oración



Que ninguna estrella queme tu perfil
Que ningún dios se acuerde de tu nombre
Que ni siquiera el viento pase por donde pasas.

Para ti yo crearé un día puro
Tan libre como el viento y repetido
Como florecen las olas ordenadas.



Sophia de Mello



Manuel Altolaguirre




Hoy puedo estar contigo



Hoy puedo estar contigo. He deseado
para ti todo el bien y me acompaña
la bondad del amor. A ti te debo
gozar en soledad la compañía
más difícil del hombre, la que tiene
consigo mismo. No me causa miedo
reconocerme, ni busco a nadie, no.
Le has dado a mi semblante sin saberlo
una luz interior que me hace fuerte,
para vencer mayores soledades.



Manuel Altolaguirre

















Richard Williams





Gloria Fuertes




Geografía humana



Mirad mi continente contenido
brazos, piernas y tronco inmesurado,
pequeños son mis pies, chicas mis manos,
hondos mis ojos, bastante bien mis senos.
Tengo un lago debajo de la frente,
a veces se desborda y por las cuencas,
donde se bañan las niñas de mis ojos,
cuando el llanto me llega hasta las piernas
y mis volcanes tiemblan en la danza.
Por el norte limito con la duda,
por el este limito con el otro,
por el oeste Corazón Abierto
y por el sur con tierra castellana.
Dentro del continente hay contenido,
los estados unidos de mi cuerpo,
el estado de pena por la noche,
el estado de risa por el alma
-estado de soltera todo el día-.
Al mediodía tengo terremotos
si el viento de una carta no me llega,
el fuego se enfurece y va y me arrasa
las cosechas de trigo de mi pecho.
El bosque de mis pelos mal peinados
se eriza cuando el río de la sangre
recorre el continente,
y por no haber pecado me perdona.
El mar que me rodea es muy variable,
se llama Mar Mayor o Mar de Gente
a veces me sacude los costados,
a veces me acaricia suavemente;
depende de las brisas o del tiempo,
del ciclo o del ciclón, tal vez depende,
el caso es que mi caso es ser la isla
llamada a sumergirse o sumergerse
en las aguas del océano humano
conocido por vulgo vulgarmente.
Acabo mi lección de goegrafía.
Mirad mi contenido continente.



Gloria Fuertes



Eugenio Montejo




En otro meridiano



No alcanzo el tiempo de tu cuerpo,
nací lejos, en un país que es aire, nube, noche,
aunque me oigas tan cerca.
Nací a destiempo de tu risa, de tus ojos, en otro meridiano.
Nos amamos de mar a mar, de un astro a otro
no importa que hoy me sientas a tu lado.
Aunque despiertes desnuda aquí conmigo,
tu tiempo va delante,
el tiempo de tus manos, de tu rostro;
estoy junto a tu sombra y no te alcanzo.
Las horas de tu amor me quedan lejos,
bajo una luz de nieve,
en alguna ciudad que desconozco.
Nuestras vidas se alcanzan, se confunden,
intercambian sollozos, besos, sueños,
pero andamos a leguas uno del otro,
tal vez en siglos diferentes,
en dos planetas errantes que se buscan
cansados de no verse.



Eugenio Montejo

























Richard Williams





Enriqueta Ochoa




Hacia el cristal secreto de los frutos



Dios mío,
de tus labios bajan ríos de luz
hacia el cristal secreto de los frutos
y amanecen maduros.
Muchos hombres vienen al mundo
a buscarse un lugar.
Yo he venido en éxtasis desde el alba,
atraída al aroma que escapa de tus cestos,
pidiendo dormir entre tus frutos esta noche
para que mi corazón madure.



Enriqueta Ochoa



Efraín Huerta




Ternura


 
Lo que más breve sea:
la paloma, la flor,
la luna en las pupilas;
lo que tenga la nota más süave:
el ala con la rosa,
los ojos de la estrella;
lo tierno, lo sencillo,
lo que al mirarse tiembla,
lo que se toca y salva
como salvan los ángeles,
como salva el verano
a las almas impuras;
lo que nos da ventura e igualdad
y hace que nuestra vida
tenga el mismo sabor
del cielo y la montaña.
Eso que si se besa purifica.
Eso, amiga: tus manos.



Efraín Huerta

























Richard Williams





Paul Éluard




Apenas desfigurada



Adiós tristeza.
Buenos días tristeza.
Estás inscrita en las líneas del techo.
Estás inscrita en los ojos que amo.
Tú no eres exactamente la miseria,
pues los más pobres labios te denuncian
por una sonrisa.
Buenos días tristeza.
Amor de los cuerpos amables,
potencia del amor,
cuya amabilidad surge
como un monstruo incorpóreo.
Cabeza sin punta,
tristeza bello rostro.



Paul Éluard


Versión de Luis A. Cano





















2008-11-02

NOVIEMBRE 08





Imágenes de Guido Argentini





Amalia Bautista


Mónica Nepote Carmen Villoro


Juan Antonio González Iglesias


Roberto Juarroz Ángel González


Wislawa Szymborska


Luis Jorge Boone Vicente Gallego


Lua Rivadeneyra Luis Felipe Fabre












Amalia Bautista




La reina Mab



Tú, que no me preguntas dónde vivo,

mereces la respuesta más que nadie:

no hace falta buscarme en lo profundo

del bosque, ni a la orilla de algún lago

donde flotan cadáveres hinchados,

ni en las húmedas grutas, ni en las cumbres

donde hay flores de azúcar o de hielo.

Estaré donde quieras contemplarme

por detrás de tus párpados cerrados.

Allá donde tus ojos me den alas.



Amalia Bautista

























Guido Argentini





Mónica Nepote




Ucrania


a partir de Clarice Lispector


No tengo lengua, madre,
bajo la palabra ucrania.
No hay raíz
sino rayos
destellos de un idioma
de puertas y ventanas rotas.
Punto ciego
en ucrania,
el hasta aquí,
el sordomudo, el manco
el beso transgénico.
No tengo lengua, madre,
sólo instinto
voraz de nuevos suelos.



Mónica Nepote



Carmen Villoro




Bajo amorosa sombra



Cúrame con tus manos,
toca de mí el olvido
que se fue acomodando entre los pliegues.
No venga la tormenta a amordazar mis sueños,
sólo esta lluvia suave, vespertina
despierte en mí los pétalos dormidos.
Desnúdame en silencio,
hoja por hoja
hasta dejar al descubierto el punto
del estremecimiento.
No debe haber estrépitos
que vulneren la calma de mi piel
tendida para ti como un estanque
en donde sólo el toque de tus labios
perturba la quietud.
No quiero los platillos
festejando con notas deslumbrantes
la pasión de los cuerpos,
ni los timbales ebrios
apurando la noche;
sólo la melodía de una flauta
tenue pero sinuosa
que adormezca con ritmo acompasado
estos miedos que vas quitando al paso.
Disuelve con tus dedos
el dolor y sus máculas guardadas
en rincones ocultos;
que se adelgace el tiempo
con tu humedad benigna
hasta llegar al límite de lo que no ha sufrido
magulladura alguna.
Devuélvele la paz a mis palabras
deseosas de ser playas
donde arriben tus barcas sigilosas.
Este amor en penumbra
aluza más que el sol
la gruta en que se había escondido
una parte de mí,
tal vez la más secreta.
Acerca con prudencia
toda tu voz, tus años, tu tibieza
y cuídame despacio
como una flor quebrada
que revive por fin
bajo amorosa sombra.



Carmen Villoro
























Guido Argentini





Juan Antonio González Iglesias




Del lado del amor duerme mi cuerpo

This is a puzzling poem
G. Williams, sobre la Oda 111 2 de Horacio


Del lado del amor duerme mi cuerpo
desde niño. He cumplido
30 años. No escribo mi futuro
ni mi pasado. Sea
la medida de todo el corazón.
He cumplido también sueños y miedos.
Sea también. He pisado
un septiembre de lágrimas, amargo
como frontera atrás, como vendimia
irremediable. Yeso era el dolor.
Ahora he comprendido
que es necesario el ciervo, y es necesario el tigre.
Afirmo todo aquello que negué.
Cómo me salvaré sino queriendo.
He tenido al que fui
con 19 años en mis brazos
y lo he visto feliz. He percibido cómo
mi cuerpo transmitía
esa felicidad,
que iba de mis labios a sus labios,
de mi torso a su torso, de mi piel a la suya.
Sé que los iletrados y los tímidos
conocen la verdad. Pierdo mi tiempo
dejando este reguero
largo de sílabas, porque movido
a resplandor, resuelto
en poema, será
inapagable luz
que llegará algún día
hasta el oscuro centro de tus ojos.



Juan Antonio González Iglesias



Roberto Juarroz




Hemos amado juntos tantas cosas...



Hemos amado juntos tantas cosas
que es difícil amarlas separados.
Parece que se hubieran alejado de pronto
o que el amor fuera una hormiga
escalando los declives del cielo.

Hemos vivido juntos tanto abismo
que sin ti todo parece superficie,
órbita de simulacros que resbalan,
tensión sin extensiones,
vigilancia de cuerpos sin presencia.

Hemos perdido juntos tanta nada
que el hábito persiste y se da vuelta
y ahora todo es ganancia de la nada.
El tiempo se convierte en antitiempo
porque ya no lo piensas.

Hemos callado y hablado tanto juntos
que hasta callar y hablar son dos traiciones,
dos sustancias sin justificación,
dos sustitutos.

Lo hemos buscado todo,
lo hemos hallado todo,
lo hemos dejado todo.

Únicamente no nos dieron tiempo
para encontrar el ojo de tu muerte,
aunque fuera también para dejarlo.



Roberto Juarroz



Ángel González




Para que yo me llame Ángel González



Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...



Ángel González
























Guido Argentini





Wislawa Szymborska




Retrato de mujer



Tiene que ser para elegir.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale la pena intentarlo.
Tiene ojos, si hace falta, a veces grises, otras azules,
negros, alegres, llenos de lágrimas sin motivo.
Se acuesta con él como primera de la fila, la única en el mundo.
Le da cuatro hijos, no le da hijos, le da uno.
Ingenua, pero da buenos consejos.
Débil, pero puede con la carga.
No tiene nada en la cabeza, pero lo va a tener.
Lee a Jaspers y revistas femeninas.
No sabe para qué es ese tornillo y construye un puente.
Joven, como de costumbre joven, constantemente joven.
Tiene en la mano un gorrión con el ala rota,
su propio dinero para un viaje largo y lejano,
un cuchillo, una compresa y un vaso de vodka.
A dónde va con tanta prisa, ¿no estará cansada?
Claro que no, sólo un poco, mucho, no importa.
O lo ama o está encaprichada.
En las buenas, en las malas y por el amor de Dios.



Wislawa Szymborska

Versión de Gerardo Beltrán



Luis Jorge Boone




Ataduras



En la pared del traspatio,
dentro de la argamasa que une los tabiques,
mi madre enterró una parte de sus hijos al nacer
—líneas de sangre que los alimentaron
antes de llegar al mundo,
cuerdas que atan más allá
de la fuerza de los nudos—,
como anclándonos unos a otros
y a la tierra oscura de nuestra infancia,
y a esta casa que hace cuarenta años abandonamos
como si fuéramos a regresar al poco rato,
siendo que jamás nadie
volvió para habitarla.

Hoy vuelvo a este refugio y su catástrofe.
A enredar el hilo del carrete de mis venas.
A mirar la lluvia, cómo desgasta el adobe
cubre las paredes del polvo
que tomo con los dedos
y pongo en mi lengua,
para volver del todo.
Justo como a los cinco años,
cuando, sin saberlo, éste que ahora soy
era entonces el futuro.



Luis Jorge Boone



Vicente Gallego




Noviembre 15



Con esta mano
me fatigo al amarte desde lejos.
Tendido bajo el viejo ventanal,
espero a que el sudor se quede frío,
contemplo el laberinto de mis brazos.
Soy dueño de un rectángulo de cielo
que nunca alcanzaré.
Pero debemos ser más objetivos,
olvidar los afanes, los engaños,
el inútil deseo de unos versos
que atestigüen la vida. Celebrar
el silencio de un cuerpo satisfecho,
esa altura sin dios a la que llega
nuestra carne mortal. Saber así
la plenitud que algunos perseguimos:
un hombre, bajo el cielo, ve sus manos.



Vicente Gallego



















Guido Argentini







Lucía Rivadeneyra




Chequeo médico



Si ignoras el horror,
si quieres olvidarte de la vida
un rato, entra al hospital más próximo.
Y busca la zona de corta estancia.

Prohibido equivocarse, fumar, llorar a gritos.
Intérnate. El horror estará cerca.
Enférmate, y entonces
arrancarán tu ropa de colores
pesarán tus desmanes y tus dudas.

Escucharán, extraños seres, tu corazón.
Pincharán, sin piedad, todas tus venas.
Querrán de tu dulzura saber todo.

Contarán tus huesos a contraluz
Matarán tu pudor herido y gris

Recibirán completos tus deshechos.
Pondrán anestesia en tu memoria.
Despertarás en blanco
frente a un ramo de minutos muertos.

Todo bien, dirán en algún instante.
Si te puedes ir, no olvidarás nunca.



Lucía Rivadeneyra



Luis Felipe Fabre




Imagen de la desconocida

(A partir de un poema de Juan Carlos Bautista)


Un zapato rojo de tacón alto

que es, en sí mismo,
el fantasma de su par ausente.

Un zapato perdido a mitad de la noche,
perdido, entre un paso
y otro, a mitad de la calle.

Un zapato del que se puede deducir una mujer
súbitamente coja
y posiblemente trágica.

Más que un zapato: una pista para resolver un crimen.

Un zapato que es una pregunta
cuya respuesta es otro zapato.



Luis Felipe Fabre


















2008-10-01

OCTUBRE 08

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Imágenes de Ralph Gibson




Rubén Bonifaz Nuño Juan Gelman

Luis Cernuda
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Eliseo Diego Adonis
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Cesare Pavese
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Jorge Eduado Eielson Jennifer